El caso de la camioneta trágica del presidente Orsi ha puesto sobre la mesa otro tema de fondo que empieza a afectar a la política uruguaya. Y no es algo que toque tanto al FA sino a la oposición.
Si uno prestaba atención a ciertas redes sociales, o estaba expuesto a algunos grupos de whatsapp, podía ver que en varios sectores de la oposición se mostraba una virulencia particularmente intensa. Primero, exigiendo ir hasta el hueso, casi que demandando un juicio político al presidente. Luego, la furia derivó hacia la cúpula opositora, y los medios de prensa, por no ser más radicales en sus denuncias.
Es curioso, porque si no hubiera sido por esos mismos medios tradicionales, a los que se tacha de “ensobrados” o “pauteros” (qué daño hace el consumo de prensa argentina a algunos), y a los que se llega incluso a acusar de haber hecho una especie de pacto de impunidad con el gobierno, nunca se hubieran enterado de la declaración jurada, de la camioneta, de nada.
Desde ya que se trata de un fenómeno propio de un nicho muy puntual, y la abrumadora mayoría de la sociedad nunca se enteró de esto. Pero el hecho refleja un tema que tiene el potencial de ser mucho más serio a futuro.
Es que en todo el mundo vivimos un proceso de polarización de las sociedades, y de un desprecio por los medios y las formas políticas tradicionales, que cada día es más chocante. Y que como con aquel viejo chiste de la persona a la que diagnosticaban una enfermedad terminal en Europa, y se venía a vivir a Uruguay porque acá todo llega 10 años más tarde, parece que empieza a sentirse en estas costas.
Acá hay que marcar un detalle importante. No hablamos en este caso de una diferencia de estrategia, eso que ha dividido tradicionalmente a los políticos entre “principistas” y “posibilistas”, por decirlo de alguna forma. Entre quienes creen que lo importante es conectar con las mayorías y llegar al poder para ir aplicando allí las ideas propias. Y quienes piensan que de nada sirve llegar al gobierno si no es para aplicar a rajatabla sus valores ideológicos.
Ese es un debate eterno y sin respuesta final, ya que el mix de eso es lo que convierte a un político en exitoso o fracasado.
Acá hablamos de una especie de “foquismo” de derecha que se empieza a percibir en algunos sectores contrarios al Frente Amplio, que siguiendo lo que se ha visto en el mundo, desde Argentina a Chile, de España a Gran Bretaña, se ensañan más con los liderazgos propios, tradicionales y dialogantes, que con el adversario que supuestamente vienen a combatir.
En Chile, a Piñera le decían “la derechita cobarde”, en Argentina acusaban directamente de “viejos meados” a quienes pese a tener décadas de combate al kirchnerismo, no agachaban la cabeza frente a algunos excesos de Milei.
A ver... es comprensible que en el mundo aparezcan voces que demanden posturas más duras ante los excesos de la “nueva izquierda global”, que ha impuesto una dictadura de pensamiento único “correcto”, y políticas que chocan con avances civilizatorios históricos. Que alienan a amplios sectores sociales, y muestran muchos más fracasos que éxitos.
Lo tóxico de estos discursos es que dañan algo esencial de la democracia, que es la posibilidad de negociación entre gente que piensa distinto. Cosas que hoy son vistas como traición y deslealtad.
Es fácil argumentar que pese a ser este un fenómeno global, en Uruguay el mismo está lejos de encontrar (todavía) un sustrato social que le permita crecer demasiado. Pero hay algo aún más curioso que ocurre aquí. Y es que ese tipo de división interna dentro de un bloque ideológico es lo que históricamente ha golpeado a las visiones que podríamos llamar “de izquierda”.
Y que en Uruguay, el éxito del la herramienta política llamada Frente Amplio es que ha permitido unificar esas visiones, y gobernar casi 20 años. Al punto que otros países de la región, desde Chile a Perú, han intentado copiar el modelo, y hasta el nombre, con resultados diversos.
La gran pregunta es cómo reaccionará el arco hoy opositor uruguayo ante este desafío. ¿Logrará mantener su eje racional y dialogante, a la vez que su competitividad política? ¿Sucumbirá ante la ola de radicalismo? ¿Aparecerá un liderazgo por afuera que se lleve todo por delante?
La verdad que esto último se ve lejano, aunque algunos politólogos oficialistas ya se froten las manos ante la posibilidad de salir a agitar el cuco de la “ultraderecha”, que se ha convertido en tabla de salvación, y excusa ante la derrota, de varios liderazgos “progresistas” en el mundo.
Si hay algo sobrevalorado es el excepcionalismo uruguayo. Pero también es verdad que ha sido una realidad en muchos aspectos durante muchos años. ¿Será que nos hará inmunes a los tiempos convulsos que se viven hoy en la política global?