A tan solo quince meses de comenzado el cuarto gobierno frenteamplista las alarmas saltan por todos lados. Los índices de aprobación caen en picada como nunca se vio en los anteriores gobiernos del FA.
La insatisfacción no solo aumenta entre quienes no los votaron, sino también en el electorado oficialista. Por primera vez un gobierno frentista tiene muy enojados y avergonzados a sus votantes más duros, esos que poseen fuertes convicciones de izquierda.
No es necesario leer encuestas para verlo. Alcanza con hablar con algunos de ellos. Hace pocos días protagonicé algo que nunca me había ocurrido: un dirigente medio del FA a quien conozco, se refirió al presidente con un insulto que no se puede reproducir en esta columna.
En este escenario resulta interesante observar el desconcierto de la dirigencia frentista, tal como ocurrió con Mario Bergara, quien declaró que no puede entender por qué los votantes frentistas dejaron de apoyar a sus gobiernos, cuando antes “casi no lo dudaban”.
Mayor aún es el desconcierto entre esos votantes, quienes no entienden por qué este cuarto gobierno del FA se muestra incompetente para resolver problemas elementales, es una máquina de cometer errores (muchos de los cuales dan vergüenza ajena) y sus integrantes son noticia por comportamientos inapropiados, extravagancias o actitudes miserables hacia quienes trabajan con ellos.
Esta situación tiene una explicación muy simple. Dura, desgarradora y muy frustrante para el frentista que ama su fuerza política: aquel Frente, que nació con la promesa de una esperanza, hoy está en decadencia.
Pero no es cualquier decadencia. No es la pérdida de poder real, porque el FA sigue siendo la fuerza política más poderosa del país en muchos aspectos: votantes, logística y penetración en las organizaciones de la sociedad civil (los sindicatos, la academia, la cultura, etc.)
Su decadencia va por otro lado. Es moral, de proyecto y de recursos humanos.
Cuando se fundó el FA en 1971, una consigna ampliamente difundida sintetizó la promesa de sus fundadores: “Hermano no te vayas, ha nacido una esperanza”.
Esa promesa se sustentó en tres columnas, de las que solo quedan ruinas apenas perceptibles: un proyecto transformador hacia una sociedad más justa, una élite intelectual de primer nivel preparada para gestionar ese proyecto y un compromiso con elevados estándares morales en la gestión pública.
Fue este compromiso el primero en hacerse pedazos. La corrupción emergió en el segundo gobierno departamental de Montevideo, cuando el llamado caso Arean.
Fue algo emblemático, no tanto porque un gobernante frentista rompió la virginidad moral (un caso aislado lo puede tener cualquiera) sino porque la fuerza política protegió al infractor, aún al costo de que dos prestigiosos dirigentes históricos renunciaran al comité de ética.
Después vino el caso Bengoa, la colocación en el Estado de parientes y “amigovios” de hijas, la organización para delinquir liderada por Sendic, la joda de Envidrio, los dirigentes que evaden aportes al BPS e impuestos municipales, los directores de ASSE multi-empleo, las ministras que reducen sanciones a conocidas, los presidentes electos que se benefician de descuentos, y una larga lista de inmoralidades en la gestión pública.
Otra columna de la promesa, el proyecto transformador, comenzó a diluirse rápidamente después del primer gobierno frentista, al que el FA llegó cargado de ideas, muchas de los cuales implementó con entusiasmo.
Ese impulso transformador se frenó rápidamente en la presidencia de Mujica, agonizó en la segunda presidencia de Vázquez y murió definitivamente con este gobierno.
Ni en el programa que difundió en la campaña electoral de 2024, ni en los planes del gobierno hay nada que se parezca mínimamente a un proyecto transformador.
Finalmente, la columna de los recursos humanos valiosos se fue deteriorando en sus cimientos a medida que la militancia por ideales fue siendo sustituida por la militancia motivada en la ambición personal. Los técnicos e intelectuales del discurso fundacional hoy han sido desplazados por dirigentes poco calificados, pero llenos de ambición.
En este gobierno, a excepción del Ministro de Economía y algunos otros jerarcas, la mediocridad campea a sus anchas en ministerios, agencias de gobierno, empresas públicas y otros organismos del estado.
El FA se convirtió en una fuerza política decadente, sin proyecto, sin dirigentes calificados para gobernar y sin conciencia moral. Lo único que puede esperarse de su gobierno es que las cosas vayan a peor.