La cárcel enseña

MARTÍN AGUIRRE REGULES

La tragedia sin precedentes ocurrida en la cárcel de Rocha permite sacar varias lecciones.

Sirve para darse cuenta del pésimo manejo que se ha hecho en los últimos años del tema carcelario. Pese a las condenas internacionales, a las denuncias locales, a los reclamos de los presos y abogados, nuestras prisiones son cada vez más centros de tortura y posgrados en delito, que las entidades reformadoras que exige la Constitución.

Sirve para asumir lo minúsculo que es muchas veces nuestro debate político, donde suele importar más eludir las responsabilidades, cobrarle cuentas al rival de turno, o cubrir de fango la discusión, antes que resolver los problemas.

Sirve para entender que como contrapartida de las exigencias de mano dura y de mayor represión, hay un submundo tenebroso, (en el cual , como dijo el presidente Mujica, nadie está a salvo de "caer" algún día) que ninguna sociedad democrática moderna debería aceptar.

Sirve para despertarse acerca de la hipocresía despreciable de muchos políticos y organizaciones de derechos humanos que siempre están listas para enterrar las discusiones urgentes que se debe el país, pretendiendo cobrar cuentas de hace 40 años, pero que no se les mueve un pelo ante las aberraciones que ocurren hoy en día.

Pero por encima de todo eso, sirve para darse cuenta de algo que me parece mucho más grave aún: el grado de miedo, resentimiento y desprecio por la vida humana que cada día gana más espacio en nuestra sociedad.

Es increíble, pero la reacción más común de la gente, del ciudadano de a pie, en los canales de televisión, en los foros de internet, en las discusiones de vereda, iban en abrumadora mayoría por el lado del "por algo estaban ahí", o "mejor invertir en educación que en mejorarle la vida a esos delincuentes", o hasta por el "menos chorros con los que convivir".

¿Cómo fue que una sociedad que siempre tuvo fama de humanista, de solidaria, de preocupada por el prójimo, llegó a este grado de indiferencia y falta de sensibilidad?

Mi lectura del asunto es bastante inquietante. La ola delictiva que ha azotado al país en los años recientes ha tenido un impacto dramático en las relaciones sociales. Pero más grave aún ha sido la respuesta oficial. Las últimas administraciones, enceguecidas por análisis economicistas simplones, y preconceptos ideológicos, no han encarado los temas de seguridad y delito con el rigor y la decisión que ameritaban.

La consecuencia es una sociedad que se siente agredida, atacada, e indefensa, ante un pequeño sector marginal que se ha aprovechado de la pasividad oficial para imponer la ley del más fuerte en muchas zonas del país. Y una sociedad atemorizada e impotente es el caldo de cultivo perfecto para las posiciones más radicales, para los postulados más inhumanos y peligrosos.

Esa es la consecuencia que nos dejan las visiones románticas e irreales que marcaron las últimas gestiones políticas en materia de cárceles y delincuencia. Esa es la bomba de tiempo que tendrán que desactivar las que vengan de ahora en más.

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