La bolsa está vacía

Y está vacía de buenas costumbres, de solidaridad, de escuchar cifras que espantan y no tener poder de reacción.

Está vacía de no hacer miradas introspectivas, esas que hacen doler y tener un ego desbordante, que claudica todo raciocinio con sentido común y no nos hace ser auténticos.

El ego es una palabra latina que significa “yo”. Es un mecanismo de defensa que vamos desarrollando inconscientemente para poder sobrevivir al abismo emocional. El ego es egocéntrico. Desde nuestra infancia nos convierte en el centro de nuestro diminuto universo.

Cegados por el ego no vemos a nadie, más que a nosotros mismos.

Los gobernantes del mundo, en términos generales, están poseídos de ese ego que los hace creerse el Mesías en la tierra. El Presidente del Norte, Trump, es un vivo ejemplo. Por lo menos es demócrata (solo en cuanto llama a elecciones); ni hablemos de los autoritarios déspotas que se creen dueños de las almas de sus pueblos. Todo dantesco. La convivencia tiene una infinidad de leyes no escritas a las que debemos ajustarnos so pena de vivir en actitud anárquica y entre esas leyes no escritas, las que derivan de la responsabilidad del ejemplo, suscitan si son violadas, claras situaciones de desacato social.

La solidaridad humana no se satisface solamente con el cumplimiento estricto de los deberes de estado, ni con el respeto a las normas oficiales que imponen obligaciones de tal o cual índole. Va más allá, tiene otro cauce, otra ambición.

A veces esa solidaridad reclama tributos materiales para solventar la necesidad ajena, pero siempre está pidiendo, aunque no lo diga, el tributo moral de la conducta para una docencia sin cátedras ni escaños.

Estamos asfixiados de mercantilismo, sórdido, chato; estamos enfermos de avidez; la obsesión del numerario cierra la puerta a otros desvelos y materializa en términos dominantes todo el panorama de la convivencia. El “tanto tienes tanto vales”, ha echado fuertes raíces y ha deformado la conciencia de las generaciones contemporáneas donde un inmenso porcentaje ha olvidado el sentido profundo y amplio de la frase evangélica, que afirma “ no sólo de pan vive el hombre”.

Cabe hablar de convivencia donde no se respete la verdad? La verdad puede estudiarse como circunstancia subjetiva o como hecho objetivo. Subjetivamente todos tenemos nuestra verdad. La que nos interesa es la objetiva, a la que es igual para todos, a la que hace acto de presencia en el acontecimiento, a la que rebosa del suceso.

Esa verdad palpable, comprobable, es muchas veces adulterada por la pasión y negada por la parcialidad. Existe un estado de espíritu desconsiderado que estima poder deformar a su antojo lo que es y presentarlo aderezado en otra forma; un estado de espíritu irreverente que falsea a conciencia las evidencias, buscando crear una artificiosa categoría de imposturas para que sustituyan en el concepto colectivo aquellas coyunturas reales que por una u otra razón se desea variar.

Estamos ante un grave problema de ética, pospuesto por la inescrupulosidad de los “novelistas” de la anécdota. O para exaltarla o para disminuirla, la desaprensión de muchos altera y modifica la verdad de la incidencia. …. Estamos en una gran decadencia moral, donde

los valores, constitutivos de la moral, necesitan de tierra fértil en donde arraigar o crecer. Los vínculos humanos son esa tierra. Es en la relación entre las personas, en todas sus formas, en donde se ponen en juego los factores básicos de la moral (qué debo hacer) y de la ética (qué elijo hacer).Qué debo hacer o qué elijo hacer en relación con otro, con el otro, con los otros en las múltiples y diferentes situaciones en las que encuentro con ellos. La responsabilidad, la confianza, la gratitud, la empatía, la cooperación, la igualdad deberían tener un rol determinante.

Somos agentes morales porque somos seres ontológicamente vinculados. Los valores agonizan y los tiempos oscurecen cuando el otro desaparece del centro de nuestra escena existencial. Como dice el pensador italiano Francisco Alberoni, para que exista la moral es necesario un poderoso impulso interior, una pasión y una emoción que nos proyecten más allá de nosotros mismos, que nos saquen de la mirada egocéntrica y nos lleven a trascender.

Viniendo a nuestro país, tenemos que empezar a llenar la bolsa de valores, de buenas costumbres, de solidaridad, de pensar (y accionar) de que hay más de 350 mil personas que viven bajo la línea de la pobreza, que siguen pululando los asentamientos.

Tendrá que ser cuestión de Estado, comenzar a paliar la pobreza y sacar de la indigencia a tantos miles. Cuestión de Estado, no lo minimicen.

Y no seamos farsantes. El ego es un falso concepto de identidad. Vivimos con una máscara que adultera nuestro “yo” interior. Erradicarla sería un gran primer paso..., para darnos de bruces con la auténtica realidad.

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