Luciano Álvarez
La expresión griega "mártir" significa "testigo" y refería a quien da testimonio de una convicción religiosa, política o moral, pero el concepto ha virado hasta definir a quien muere o sufre violentamente por su fe.
Hay, al menos, dos tipos de mártires: para unos, es la última consecuencia de sus convicciones, aunque no deseada. Dicen los evangelios que cuando Jesús supo que iba a ser arrestado "pedía a Dios que, a ser posible, hiciera que no sonase para él aquella hora" (Marcos. 14, 35); "Padre, aparta de mí este cáliz." (Lucas, 22, 39-46).
Para algunos alucinados, por el contrario, el martirio es una aspiración en sí, un acto purificador, un suicidio con galones.
Tal es el caso de Jean de Gorze, un monje alemán del siglo X. En aquel tiempo los monarcas más poderosos de Europa eran Abderramán III, imponente califa de Córdoba, y Oton I, fundador del Sacro Imperio Romano Germánico, pomposo nombre que disimulaba un modesto emprendimiento en la Europa bárbara.
Abderramán III, tan hábil diplomático como guerrero, no cesaba de recibir y enviar delegaciones diplomáticas, siguiendo rigurosos protocolos. En el 949 Constantino, emperador bizantino le había enviado una carta en pergamino con caracteres de oro y azul, que comenzaba -así era la regla- con una referencia a su propia fe ("adorador del Mesías"), luego enumeraba los regalos que la acompañaban y terminaba con una propuesta práctica.
Por esos mismos días Abderramán III, envió una delegación a Oton I, siguiendo adecuadamente el referido protocolo.
A la cabeza iba un obispo mozárabe (nombre dado a los cristianos que vivían en el califato), hombre de cultura y experiencia diplomática. Desgraciadamente murió en el viaje y la carta llegó a manos del emperador sin que hubiese quien explicara el verdadero sentido de sus palabras al rústico Oton I. De modo que el protocolar encabezado de fe musulmana y rechazo de la cristiana, fue considerado por el germano como una suerte de declaración de guerra. Retuvo tres años a los embajadores, mientras encargaba a su hermano Bruno, arzobispo de Colonia, la redacción de una respuesta en la que prodigaba toda clase de insultos al Islam. Luego la envió junto a los consabidos regalos y una delegación, que corría el alto riesgo de ser martirizada, una vez que Abderramán III leyera la misiva.
Así aparece nuestro Jean, Prior de la abadía de Gorze, hombre mayor para la época -pasaba los 50 años- adornado de variadas virtudes: piedad religiosa, caridad -cuidaba con dulzura a enfermos y pobres- y riguroso administrador que había sabido renovar su monasterio y convertirlo en modelo para todo el Imperio. En Gorze nada escapaba a su control; dormía poco y trabajaba mucho. ¿Por qué se ofreció a esa misión, tan alejada de su vocación? Los cronistas son unánimes: el buen monje benedictino aspiraba al martirio.
En el 953 se puso en marcha. Se le adelantaron los liberados emisarios de Abderramán III y le informaron sobre el sospechado contenido de la carta de Oton I.
El Califa, que reservaba la violencia como última razón, no tenía ningún interés en sacrificar al bueno de Jean de Gorze, pero los protocolos diplomáticos establecían que no aceptar los presentes equivalía a rechazar el diálogo y la negociación; era prácticamente una declaración de guerra. En cambio, si recibía la carta, los alfaquíes le obligarían a cumplir con la ley islámica y ejecutar al mensajero de los insultos.
El califa encontró un primer pretexto. Jean de Gorze fue instalado regiamente en las afueras de Córdoba y se le comunicó que puesto que sus embajadores habían sido retenidos tres años por Oton, él tenía el derecho de triplicar esa espera. Mientras tanto le hizo saber al monje que estaba dispuesto a recibir los regalos, pero no la carta. Para Jean de Gorze dicha entrega era innegociable.
El obispo mozárabe de Córdoba le explicó que los cristianos de Al-Andalus eran felices y bien tolerados e incluso, sin abdicar de su fe, se circuncidaban y se abstenían de ciertos alimentos por respeto al Islam; trató de hacerle entender que su actitud podría causarles un grave perjuicio.
La respuesta fue que cumpliría con su deber como cristiano y como embajador, estando dispuesto a sufrir los peores tratamientos, a lo que agregó una severa reprimenda a quienes vivían y aceptaban las leyes de Mahoma.
Entonces, tanto los cristianos como el Califa se desentendieron del testarudo germano que se vio obligado a vagar mendigando por las calles de Córdoba.
Como el incidente diplomático seguía sin resolverse, Abderramán envió a su secretario mozárabe, Recemundo, hasta Francfort, residencia de Oton, quien explicó los malos entendidos, se redactó una nueva carta y un tratado de paz y amistad, que pondría fin a los ataque de piratas musulmanes sobre las costas mediterráneas del Sacro Imperio.
Una nueva delegación acompañó el regreso triunfal de Recemundo. Sin embargo Abderramán III se negó a recibirlos: «No consiento en ver a nadie, sin que venga antes ese monje testarudo. Los otros se podrán presentar después».
Todo parecía solucionado. Abderramán le envió a Jean de Gorze diez libras de plata para que se vistiera de acuerdo a los esplendorosos protocolos del palacio. Pero Jean entregó el dinero a los pobres y respondió que si bien "no desprecia los dones de los reyes" sólo se presentará ante el Califa vistiendo las ropas -a esa altura harapos- de su orden. El califa se dio por vencido: "Que se presente como quiera, vestido con una bolsa, si lo prefiere, que no por eso he de recibirle peor". Y así fue. Jean de Gorze visitó varias veces al monarca y tuvieron largas conversaciones sobre el mejor sistema de gobierno y otros asuntos. Cuando regresó a su abadía llevó consigo un tesoro de libros tales como "las Categorías", de Aristóteles, junto a obras de astronomía y matemáticas que aumentarían grandemente el prestigio intelectual de la abadía de Gorze. El tenaz candidato a mártir murió veinte años después, tranquilamente, en su abadía, el 7 de marzo del 974.