Jaque al régimen de los ayatolas persas

Si Washington quiere tener algún rol en la posible caída de la teocracia chiita persa, tendría que estar tanteando la posibilidad de reemplazar al ayatola Jamenei por algún clérigo reformista, como el ex presidente Mohamed Jatami, un ulema experto en Filosofía que gobernó entre 1997 y el 2005. O por Mir-Husein Musavi, arquitecto reformista que fue, en la década del ’80, el último primer ministro y enfrentó con coraje al ala más oscurantista del régimen de los ayatolas.

Pero si actúa como en Venezuela, es posible que negocie la continuidad de Alí Jamenei y su teocracia represiva a cambio de acceso al manejo del petróleo iraní.

De todos modos, las oceánicas multitudes que protestan probablemente terminen cediendo ante la criminal represión de un régimen que ya ha sobrevivido a anteriores mareas humanas que quisieron derribarlo.

Así ocurrió en el 2009 cuando se perpetró el fraude que mantuvo al recalcitrante ultraconservador Mahmud Ahmadinejad en la presidencia, a pesar de haber sido derrotado en las urnas por el reformista Mir-Husein Musavi, y también cuando estalló la indignación por la muerte de joven kurda Mahsa Amini a manos de la policía de la moral.

Los reformistas y esa porción de la sociedad que quiere el cambio, se ilusiona al considerar la debilidad política y económica que atraviesa el régimen. Lo debilitaron las derrotas de sus brazos sobre el Mediterráneo, Hizbolá en Líbano y Hamas en Gaza, duramente golpeados por Israel, país al que tampoco pudo doblegar el brazo yemení de Irán: los hutíes.

A eso se suma la imagen de derrota que dejó a Irán la llamada Guerra de los Doce Días, que devastó buena parte de sus arsenales y puso en retroceso su proyecto nuclear.

Ahora, las protestas llevan más de dos semanas resistiendo una brutal represión. Las prisiones se van colmando de activistas y manifestantes apresados, heridos y muertos se cuentan de a miles en Teherán, Tabriz, Shiraz y decenas de ciudades más.

Las manifestaciones que comenzaron con una protesta de los comerciantes por la devaluación del rial, la enflaquecida moneda iraní, alcanzaron el punto en que el reclamo es la caída del ayatola Alí Jamenei.

En las aguas turbulentas de este país con la economía golpeada por los aparatos militares que subvenciona, la guerra perdida y las sanciones económicas, intenta pescar desde el exilio Reza Pahlevi, el príncipe destronado que pretende recuperar la corona que perdió su padre por la revolución de 1979.

Tenía 19 años cuando tuvo que irse de Irán con su progenitor, Mohammad Reza Pahlevy, y su madre, la emperatriz Fara Diba. Su única chance está en ser visto por los iraníes como un factor de unidad en la diversidad que abarca la disidencia. Pero sería una salida gris por las manchas que oscurecen la dinastía a la que pertenece.

Su abuelo es Reza Sha, un militar al que los británicos pusieron en el trono tras derrocar con un golpe de Estado al rey Ahmad Shah Qayar. Pero el fundador de la dinastía Pahlevi pronto mostró su adhesión al nazismo, por lo cual británicos y soviéticos lo hicieron abdicar en favor de su hijo, Mohammad Reza, quien además de haber colaborado con la CIA y el MI-6 en el golpe de 1953 contra el primer ministro Mohamed Mosadeq, no tardó en convertirse en el déspota que intentó imponer su “revolución blanca”: occidentalización forzosa de la sociedad iraní.

Eso hizo estallar la revolución con que el ayatolla Ruholla Jomeini lo derrocó en 1979.

El pasado está demasiado oscurecido de ilegitimidad, traiciones, entreguismo y despotismo represivo, como para que el descendiente de esa opaca dinastía aspire a liderar Irán.

La pregunta del momento es qué hará Donald Trump para cumplir su palabra de que si el régimen mataba manifestantes, su país intervendría a favor del pueblo. Las morgues ya están colmadas de cadáveres por la brutal represión de las fuerzas policiales y las fuerzas de choque Basij, y no está claro que Trump tenga un plan para cumplir con su advertencia.

Las multitudes llevan semanas resistiendo la brutalidad represiva. Pero el pasado está plagado de masivas protestas que, finalmente, sucumbieron a la persistencia del régimen.

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