Izquierda sin utopías

Durante los últimos días se ha manifestado un alto nivel de preocupación por la elevada desaprobación del Gobierno. Adicionalmente, desde el propio Gobierno y el Frente Amplio, de manera directa e indirecta, se ha colocado al Presidente de la República como principal foco de esta situación.

Esta imputación de responsabilidad presidencial parece injusta y una mera excusa para no ingresar en la profunda crisis de identidad en la que se encuentra la izquierda uruguaya.

La apatía de la izquierda con su propio gobierno se fundamenta en una enorme crisis de identidad y en la ausencia de nuevos sueños. Esta circunstancia estructural tiene su reflejo en el Gobierno, pero no como causa, sino como consecuencia.

El asunto ya se encontraba manifestado durante la propia campaña electoral. Ante la ausencia de grandes reformas o “buques insignia”, se prometió la “Revolución de las Cosas Simples”: ya no había utopías, ahora tocaba ir por lo simple.

Esta observación no es necesariamente una crítica a la evolución de la izquierda en Uruguay, sino la constatación de dos características que esta ha desarrollado luego del reiterado ejercicio del poder. Por un lado, la izquierda gobernante se ha mostrado madura, realista, aplomada y conservadora; así lo han demostrado sus sucesivos gobiernos. Sin embargo, sigue anclada a las emociones, utopías y fibras nerviosas de un mundo que ya no existe o que ya fracasó, e incapaz de construir una nueva cosmovisión aspiracional. De esta manera, su madurez y sensatez le impiden proponer aquellas utopías que la harían latir.

Con esa contradicción entre emoción y responsabilidad, encuentran el santo grial electoral en “la Revolución de las Cosas Simples”. Sin embargo, en Uruguay revolucionar las cosas simples implica necesariamente revolucionar al Estado, su eficiencia y sus servicios. Y sabemos, en detalle, que ello es prácticamente imposible para cualquiera; muchísimo más para una fuerza política que ha construido un aura de buenismo y santidad sobre todo accionar estatal, sin perjuicio de sus lazos carnales con corporativismos ocupados siempre en su propio bienestar.

A quince meses de la asunción de este Gobierno, es primordial entender que este desencanto se fundamenta en causas estructurales e identitarias de toda su fuerza política, y no sólo del Gobierno, que también tendrá espacios de responsabilidad, pero seguramente mucho más parciales de los que se le pretende imputar.

Finalmente, la coyuntura de malestar ha estado marcada por acciones de Gobierno en defensa del Uruguay que hemos construido entre todos. El Gobierno se ha negado a avanzar en medidas demagógicas, como solucionar la pobreza infantil con un impuesto a los ricos; se ha negado a romper relaciones o condenar de manera feroz al Gobierno de Israel; ha accedido a gestos de amistad con los Estados Unidos de América; y ha propuesto una tibia reforma en relación con las AFAP. Si Orsi hubiera resuelto mantener su popularidad, alentando las medidas reclamadas por su fuerza política o por “el campo popular”, hoy seríamos un peor Uruguay.

Los motivos coyunturales de desaprobación por parte de la izquierda son, precisamente, la causa de Orsi presidente: una persona moderada, de la cual se espera un gobierno moderado.

Uruguay tiene luces amarillas y anaranjadas, pero ninguna de ellas responde a los motivos que hoy se pretende imputar al Gobierno, sino a causas tan imputables a este Gobierno como a los anteriores; graves y estructurales hasta la médula de nuestro ser uruguayo.

Los relevantes episodios presidenciales de estos últimos días agravan la circunstancia, dado que su alto impacto coloca el foco en la coyuntura, quitando el foco en la crisis estructural que precede, excede y motiva esta opinión.

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