Hace unos días se anunció la noticia de que el Pit-Cnt y algunos sectores del Frente Amplio juntaron más de 430.000 firmas para impulsar un plebiscito donde se derrumbe la reforma de la seguridad social votada por el Parlamento hace no mucho tiempo.
Sin fatalismos ni grandilocuencias hay que decir que es el acto de irresponsabilidad política más grande que conozca mi generación. Es la oda a la demagogia, pero no la gratuita y tribunera a la que nos tienen acostumbrados. Esta va a ser carísima, para los uruguayos en su bolsillo y para el Uruguay como país, desde su institucionalidad jurídica y financiera. Generará sin dudas una grave y profunda inseguridad social.
Los que piensan solo en las próximas elecciones y jamás en las próximas generaciones dan por tierra al Uruguay de las certezas, de la seguridad normativa y las garantías financieras. Creen que dañan al gobierno, pero al que dañan es al país. Mucho y gravemente.
Creen ir contra el gobierno, pero en realidad van contra un sistema que da certezas a los uruguayos que van a poder jubilarse, van contra el ahorro individual, van contra las pensiones universales, van contra la posibilidad de muchos compatriotas que están jubilados y sienten ganas de seguir trabajando en paralelo. Van contra los valores de trabajo, de sacrificio individual y contra el país del equilibrio.
Los colectivistas que construyen castillos en el aire, porque en su concepción filosófica voluntarista está bien ignorar y castigar el esfuerzo individual, no valoran lo logrado.
No son 2 pesos lo que cuesta esta aventura, son en primera instancia 22.000 millones de dólares de ahorro individual, más lo que puede llegar a costar financiar esta aventura, la que no tienen idea cómo sostener. Nos ponen frente a la encrucijada del financiamiento del desfinanciamiento. El sumun de la mala Política, la que pone intereses partidarios sobre intereses nacionales. La peor versión de esta actividad, en la peor versión del Frente Amplio.
Cómo será el acto de irresponsabilidad que ni el MPP con Orsi a la cabeza se animó a acompañar esta aventura. Y le sumo, cómo será la cosa para que Cosse haya firmado pero desde una estrategia enigmática y desconcertante de no decir si apoya o no. Cinismo electoral en su máxima expresión.
Lo que queda claro es que ninguno de ellos se animó a apoyar explícitamente la derogación del sistema. Mi abuelo decía “cómo será la cañada que el chancho la cruza al trote”.
Cada vez más claro el cruce de caminos. Es entre la razón y la manija.
Ganan fuerza los radicales en el Frente Amplio, le marcan la cancha a los moderados (en extinción) y se llevan puesta la sensatez de un sistema que busca consensos y políticas de Estado.
Las tres patas del monumento a la demagogia son: que ninguna jubilación o pensión sea inferior al salario mínimo nacional, que la edad mínima de retiro sea 60 años y la derogación del ahorro individual con fines jubilatorios (Afaps).
Obviamente no dicen cómo solventar económicamente esta receta mágica. Tampoco lo hicieron cuando gritaban a viva voz por la Renta básica universal en plena pandemia. Diría que es infantil el planteo, pero es cínico. Porque hasta un niño sabe que si quiere una bicicleta de algún lugar deberá salir el dinero para comprarla.
Hay hechos incontrastables: vivimos más y tenemos más calidad de vida, gracias a la ciencia y al avance de la tecnología. Especialmente en Uruguay donde tenemos de las tasas de envejecimiento más altas del continente.
Tenemos a su vez tasas de natalidad bajas (nacen 20.000 niños menos que hace 20 años), que comprometen el trabajo de capital humano a futuro para volcar sus aportes al sistema de seguridad social. Si a esto le sumamos la tecnología y su impacto en la mano de obra estamos frente a una situación alarmante.
Cada vez más gente cobrando del sistema de seguridad social y cada vez menos gente aportando al mismo. No hay que ser un Nobel de Economía para llegar a la conclusión de que el sistema colapsará más temprano que tarde. Lo alertaron Tabaré Vázquez, José Mujica y Danilo Astori, pero ninguno se atrevió a ponerle el cascabel al gato, seguramente porque el corporativismo sindical les ganó la pulseada o porque directamente temieron por costos electorales. La cuestión es que fracasaron con total éxito en la tarea de hacerse cargo de un problema inmenso de la sociedad uruguaya.
La reforma que planteó el gobierno es justa, es solidaria, es sostenible y es extremadamente necesaria.
Plantear eliminar el sistema mixto que tenemos en Uruguay para saltar a uno exclusivamente estatal, es eso: un salto al vacío.
Los planteos de este tipo se hacen desde la miopía ideológica que aún ve en la lucha de clases un sustento filosófico. Se hacen desde frases de un simplismo insuperable como la de “hay dos posibilidades: trabajar más o disfrutar de los últimos años de la vida”. Razonamientos tan pobres como el financiamiento económico que plantean.
En la década del 50 había 6 personas en edad de trabajar por cada persona de más de 65 años, hoy hay solo 3, y vamos rumbo a 2. Es clara la cuestión, ¿no?
El planteo de derogar el sistema de las AFAP es la crónica de una muerte anunciada. Basta con mirar lo que pasó en Argentina, cuyo gobierno perdió un juicio millonario ante el Tribunal Arbitral del Banco Mundial por la nacionalización de los fondos de jubilaciones durante la presidencia de Cristina Kirchner. Es decir, estatizaron las AFJP (administradoras de fondos de jubilaciones y pensiones), la versión argentina de nuestras Afaps, y perdieron. Nada nuevo bajo el sol, si los iluminados que las quieren derogar insisten en ello, no podrán excusarse en la ignorancia. Ya sabemos cómo puede terminar la película.
Hay quienes piensan en las próximas generaciones, hay quienes piensan en las próximas elecciones, y tres pasos después están quienes carecen del sentido de responsabilidad patriótica que demanda la realidad. Ahí están parados, firmes y con el puño en alto, los impulsores del plebiscito.