El resultado electoral del domingo pasado me ha resultado, a primera vista, inexplicable. Por qué ganó una fuerza política que todavía no ha podido presentar un plan de gobierno y puso un candidato poco preparado (perdió las elecciones pasadas con un candidato más preparado) frente a otra fuerza política que podía demostrar no planes de gobierno sino realizaciones, contando con alta aprobación popular confirmada en las encuestas y con un candidato preparado y probado en cinco años de gestión (?).
La explicación me va a llevar varios domingos. Creo que haya que buscarla en una mirada amplia, de larga duración (longue durée, según F. Blaudel). En lo inmediato va a haber copiosa oferta de explicaciones prefabricadas. Por ejemplo: la gente vota con el bolsillo y por eso castigó al gobierno. Falso: los indicadores económicos (inflación, puestos de trabajo, salario, etc.) dan positivo y en la calle la gente anda con plata. Otra: en Uruguay la gente vota siempre en contra. Falso: la gente acaba de acompañar al gobierno en el plebiscito de la seguridad social y antes en el de la LUC.: en ambos casos contra una manija meticulosa.
Creo que el resultado de esta elección es ininteligible fuera de un encuadre completo (largo) del Uruguay. Nuestro país está construido-tironeado por la tensión entre dos relatos. Poco antes de estas elecciones -el 17 de noviembre- escribí acá: “En el Uruguay moderno, el que fue matrizado por el batllismo, se consolidó un sentido común colectivo preponderante en el imaginario nacional: se lo puede describir como la aspiración a ser un país al pairo”. Como este término náutico pudo sorprender o desorientar a algún lector lo sustituyo ahora por equivalentes ya consagrados: una sociedad amortiguada y amortiguadora (Real de Azúa), país de comensales (Methol), pasión por el hiperequilibrio (Rama).
Retomo mi cita del 17/11. “Nuestro país construyó un imaginario de sí mismo en esos términos; fue el imaginario batllista que, luego de su ocaso, cayó en manos del Frente Amplio. La izquierda, que después del derrumbe del muro de Berlín no podía seguir sosteniendo ninguno de sus pilares ideológicos, encontró su lugar como sucedáneo y se ofreció como refugio a los uruguayos angustiados por esa pérdida. El Frente Amplio crece en un Uruguay desorientado por el desvanecimiento de las cómodas certezas del batllismo y se convierte en hogar-asilo del viejo imaginario. Pero ese imaginario preponderante en nuestra historia no ha sido el único. También desde muy atrás, desde nuestros comienzos históricos, se registra y vive y pelea un imaginario de libertad, de salir al descampado, de no buscar el refugio de la ensenada sino de animarse al mar abierto y a las velas desplegadas. Es el imaginario blanco, la tradición nacionalista, encarnada en mil gestos épicos a lo Leandro Gómez y en mil páginas escritas por Luis Alberto de Herrera”.
Esta ha sido la dialéctica fundamental en nuestro país, los dos llamados que resuenan siempre. Cinco años atrás perdió las elecciones el medio país que responde al imaginario hoy frentista. Perdió por poquito: le ganó el otro imaginario y el gobierno actual, que nació de aquella elección y del otro relato, mostró una realización material importante… pero la dirigencia política descuidó el relato, no entendió del todo aquello de la libertad responsable. En esta elección, también por poco, ha ganado el medio país identificado con el antiguo relato preponderante. Esto explica lo que, mirado desde lo inmediato, resulta inexplicable. Seguiremos.