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Hay maneras y maneras

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Nuestro país tiene una larga y enjundiosa memoria política. En esta tierra hay partidos más que centenarios que siguen siendo actores principales; la confrontación política tiene un background importante y honorable: hay que respetarlo.

Lamentablemente la tramitación de la actual campaña electoral de las primarias lleva un sesgo que afrenta aquellos antecedentes. No se están contraponiendo temas de gobierno o problemas del país sino que se ventilan y se disparan chats viejos, del año pasado o del otro, sustraídos de dependencias oficiales (¿fiscalía o policía?) por funcionarios venales y utilizados prestamente por periodistas perezosos que sirven el plato recalentado.

Esta situación -o estas prácticas- están produciendo una crispación y una bronca en todos los partidos, mucho mayor que lo que sucedería si el enfrentamiento fuese por temas políticos o diferencias de enfoque en los problemas nacionales. Es comprensible -nunca justificable- que para actores políticos de segundo orden resulte comodísimo utilizar ese material subalterno como munición. No advierten cuánto se degrada la actividad política en ese uso y cuánto se apartan de la mejor tradición del país.

Luchas políticas, confrontaciones políticas, los uruguayos hemos conocido muchas, prácticamente desde nuestra génesis como nación; algunas llegaron hasta el enfrentamiento armado. Pero siempre, en todos los casos, en la mente de los principales dirigentes tuvo lugar la preocupación por el después, por los efectos sobre la unidad nacional. Y esto porque los contendientes reconocían que, al final, si no era con todos el Uruguay no tenía futuro.

A continuación voy a traer a colación un documento, parte del tesoro de la memoria del Partido Nacional, cuya lectura -y comparación con la situación actual- nos hará reflexionar con provecho.

Terminada súbitamente la revolución de 1904 con la muerte de Aparicio Saravia en Masoller, Lamas, al mando de las tropas derrotadas, se retira hacia el Olimar y dicta allí la última Orden General al disolverlas el 1 de octubre. Lamas se estaba dirigiendo a ese montón de voluntarios que habían pasado meses juntos, todos los días a caballo y todas las noches durmiendo al raso, siguiendo al caudillo que de golpe y para siempre empezó a faltarles. En su numeral 7 la Orden General de Lamas dice: Con esta orden general considera el que suscribe su misión terminada. Solo le resta despedirse de sus compañeros de campaña, agradecerles la confianza en él depositada, y recomendarles para las luchas cívicas del porvenir lo mismo que ha hecho durante el período de la guerra: el mayor orden y disciplina, que coloque los intereses de la Patria por encima de los intereses del partido…

…No conservemos rencores. Los ejércitos dirimen sus contiendas en los campos de batalla; terminada ésta debemos ser los primeros en declarar que el adversario, a la par que nosotros, ha luchado cumpliendo su deber como partidarios o como soldados. La sangre derramada por ambos combatientes nivela todo”.

Esto, que me emociona de nuevo al transcribirlo, es un pedazo de la gloriosa tradición del Partido Nacional, viejo Partido inspirador de heroísmos y de canciones, ennoviado desde siempre con la libertad. Este es el tesoro de la memoria de nuestro partido. Los otros contarán su memoria. Está bien. Yo cuento la mía y vibro con la mía.

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