Washington Beltrán Storace
Cuando Vázquez rechazó la posibilidad de presentarse a la reelección, dejó el camino abierto a la lucha por su sucesión. Dos candidatos plantearon de inmediato sus aspiraciones a postularse: Danilo Astori y José Mujica. Y a partir de esta decisión, hace más de un año, ambos empezaron la lucha por la nominación. Cada uno con su estrategia y con la idea de ampliar la base de apoyos.
Argentina fue una de las prioridades del ex ministro de Ganadería. Al fin y al cabo la masiva presencia de votantes de la vecina orilla fue uno de los factores fundamentales para el triunfo del Frente en la primera vuelta en el 2004, donde superó la barrera del 50% por escasos 9.000 votos. Lanzado en su carrera, Mujica olvidó la política de prepotencia y hostilidad hacia Uruguay que han permitido -y estimulado- los inquilinos de la Casa Rosada a raíz de Botnia, el corte de puentes, la asfixia del canal Martín García, el encono personal -agravios incluidos- hacia el presidente Vázquez y se dedicó a cultivar una relación fluida con el matrimonio Kirchner.
Cruzó varias veces el "charco"; se entrevistó con la presidenta y su esposo, posaron para los fotógrafos, planificaron movilizaciones políticas en Buenos Aires. En síntesis, forjaron "una linda amistad", en base a la cual Néstor Kirchner se sintió en la obligación de mandar un mensaje a los uruguayos en este año electoral: "¡Qué gane Mujica!" ("La Diaria", jueves 23 de abril). A lo que se agregó la posdata del líder piquetero oficialista, ex ministro de Kirchner, Luis D`Elía: "Mujica es el candidato que se lleva todas las preferencias del kirchnerismo" (…)
Tanta demostración de cariño, agobia y de este lado del río no es muy bien vista. Molesta que algunos argentinos piensen que el Virreinato continúa, molesta que se metan en nuestros asuntos particulares y molesta mucho más que quien lo haga sea un enemigo acérrimo del Uruguay. Mujica se rasgó las vestiduras cuando vio la difusión de la noticia. No porque le haya sorprendido ese apoyo por el que tanto abrevó, sino porque Kirchner no tenía porqué salir a "bocinarlo". Alguien lo debe haber convencido que aquí era muy popular y quiso ayudar al amigo. Es cierto, es muy popular, todos los conocen, pero ¿alguien -con excepción de Mujica- le tiene aprecio o simpatía? No es que seamos rencorosos, pero tampoco unos estúpidos olvidadizos y los puentes siguen cortados.
Baquiano viejo, Mujica intentó desviar el foco de atención sobre los dichos de Kirchner y eligió atacar a El País por la difusión de la noticia. No importaban sus sinrazones, le servía para asumir una vez más su papel preferido: el de "ser víctima", como antes los fueron sus plañidos de que no tiene pinta de presidente, que no habla inglés, que no es universitario, que Vázquez no lo quiere, que la propia izquierda no lo quiere… Es conmovedor ver como, a pesar de eso, el rústico floricultor que está en política "para hacer una changa" se dedica las 24 horas del día a su campaña política, los siete días de la semana. Como quien dice, una changa "full time" que, además lo obliga a la insalubre tarea de "abrazarse con las culebras".
Pero no vale la pena detenerse en los vaivenes del, o los, discursos de Mujica, esa incertidumbre permanente sobre si lo que dice es en realidad lo que piensa, o ello está sujeto a revisión y cambio. Él lo ha reconocido con una histórica frase de "como te digo una cosa te digo la otra", una patética confesión de su hablar improvisado, carente de seriedad y sinceridad, como si la Presidencia de la República -al fin y al cabo a eso aspira- pudiera manejarse bajo esa premisa. Es la tugurización más asombrosa del valor de la palabra.
El tema ahora es que no son sólo las palabras o las actitudes de Mujica las que mueven al recelo. Son también "sus amigos". El interés del candidato frentista para asegurar la presencia electoral de 300 o 400.000 uruguayos que residen en el vecino país, le abrió otra vez a Kirchner las puertas de nuestro país. Esas mismas que el presidente Vázquez se había encargado de cerrar de un portazo -muy aplaudido por cierto- cuando lo vetó para la Secretaría del Unasur. Y eso es peligroso. Pedir favores enfrente, es dar la espalda a lo que ha sido la prácticamente unánime posición de todos los uruguayos frente a los desplantes del matrimonio Kirchner. Es hincarse ante el agresor obstinado e impenitente. No se sabe qué fue lo que ofreció como contrapartida, pero ya ha entregado algo a cambio: un pedazo de dignidad.
Lógico desde su lógica: la dignidad no tiene credencial cívica ni vota. En esa filosofía de "como te digo una cosa…" y del "abrazo a las culebras", bien puede quedar por el camino, porque el fin justifica los medios y la historia la escriben los que alcanzan el poder. Eso es lo que hemos aprendido en los últimos años.
Y tras escribir lo que escribí y volví a leerlo, solo me queda decir: muchas gracias Kirchner. Su adhesión a Mujica ha servido más que todo este palabrerío. Aquel viejo refrán de "dime con quién andas y te diré quién eres", sigue siendo infalible.