Gobernar es poblar, sentenció lúcidamente Alberdi hace algo más de siglo y medio, con frase que se hizo célebre y que era válida en aquellos tiempos, en países de grandes extensiones despobladas. Pero gobernar es también, desde una óptica más permanente, actuar. Es decir, obrar. Al Poder que está en el vértice del gobierno no por casualidad se le llama Ejecutivo. Es que, además de su rol de colegislador, respecto de las leyes su cometido básico es "ejecutarlas y hacerlas ejecutar", según se lee en el num. 4 del art. 168 de la Constitución.
Lo contrario de la acción ejecutiva que debe signar la gestión de todo buen gobierno es el hablar, con discurseo o sin él. Kelsen enseñaba que el lenguaje del Estado es el Derecho. El gobierno, entonces, que es el depositario del poder coactivo del Estado y que constituye su expresión necesaria y visible, actúa y dirige los asuntos de la sociedad —arbitrando sus conflictos de intereses y administrando los dineros públicos— dictando actos jurídicos.
El pez por la boca muere, reza antiguo y sabio dicho. Y los gobernantes suelen meterse en dificultades, por hablar de más. Bien que se comprobó esta verdad durante el anterior gobierno. Cuando un presidente perora, casi invariablemente emite juicios que suelen ser controvertidos, encomia o defiende su gestión —lo que irrita a la gente que no la comparte—, y, peor aun, formula anuncios y hace promesas.
Peor aun, porque muchas veces tales anuncios luego no se concretan y las promesas resultan incumplidas. Las expectativas generadas por unos y otras, defraudados a menudo por fuerza de las circunstancias, conducen así a un estado colectivo de frustración y de malestar con el mandatario parlanchín que está al frente del gobierno. "U séase", el señor presidente. Sobre todo en un país cuya gente está habituada a aguardar y exigirlo todo del gobierno. Máxime, cuando el que ahora está de turno fue crítico implacable de cuantos le antecedieron, achacándoles todos los males que su electorado —y no sólo éste— aguarda que él ahora resuelva.
Todo esto viene a cuento, por supuesto, de los dos discursos que el doctor Vázquez pronunció el 1º de marzo. El primero, ante la Asamblea General, no salió de las definiciones y conceptos generales, manejados —con alguna excepción— con bastante acierto. El segundo, a nuestro juicio sobró. Sobró no por el marco espectacular en que fue escenificado y pronunciado ni por el gasto que seguramente generó, meros detalles anecdóticos, sino por otras dos razones. Fue un discurso político, dicho ante y para su electorado, cuyos votos son ya un dato del pasado y ahora no precisa. Los tiempos electorales están concluidos para el señor presidente. Su tiempo, ahora, es el del obrar. No el de discursear.
En segundo lugar —y no menos importante—, su oratoria estuvo poblada de anuncios y de promesas. ¿Podrá concretar los primeros y no defraudar las segundas? En algunos casos sí, pero en los otros, que serán la mayoría, probablemente no. Recuerde el presidente su discurso en la plaza Lafone, cuando accedió a la Intendencia en 1990 y qué resultó de las villas y castillos que entonces prometió.
Los poderes de un gobierno, de todo gobierno, son limitados. Es harto difícil transformar una realidad en ciertos aspectos penosa, enfrentando necesidades casi ilimitadas con recursos siempre limitados. Hable poco o nada, pues a sus palabras, por ser suyas, no se las llevará el viento. Y le serán recordadas y refregadas si los hechos, con el rápido paso de los años, no las confirman.
Entonces, calle cuanto pueda. Y limítese a obrar.
Permítame, por último, recordarle el sabio proverbio árabe según el cual "el necio perora, el hombre de talento discurre y el sabio calla".