En Zapicán

Llamaría enormemente la atención —y hasta causaría asombro— que el gabinete británico, con Tony Blair al frente abandonara un día el londinense Nº 10 de Downing Street y sesionara en el poblado de Jadburg, en las muy escocesas "Highlands" del sur. O que el gobierno francés se mudara un día a Bezières, autobautizada "la capital del vino", un simpático pueblito del Rosellón, recostado sobre las verdes aguas del golfo de León.

Lo propio ocurriría si el señor Rodríguez Zapatero dispusiera que su Consejo de Ministros se celebrara cierto día en la hermosa villa turística de Jarandilla de la Vera, en las extremeñas estribaciones de la sierra de Gredos, a sólo cinco quilómetros del monasterio de Guste, en el que Carlos V vivió sus últimos años.

Nadie, en esos países serios, le encontraría sentido a ese imaginario desplazamiento masivo del gobierno. Sobre todo los ingleses, para quienes, como es archisabido, el tiempo es oro.

Pues bien, hoy y aquí, en nuestro Uruguay, el gobierno, todo el gobierno y sus alrededores —"u séase", sus aparatos de seguridad y de difusión— se mudó a Zapicán y está sesionando en una gran carpa. Sí, leyó usted bien: en una gran carpa.

Es Zapicán un simpático pueblito de la zona noroeste del hermoso departamento de Lavalleja. Lo visitamos dos o tres veces, en los pasados y pesados trajines de nuestra vida política. Se llega a él, viajando desde Montevideo por la ruta 8 y doblando a la izquierda, a la altura de su quilómetro 240.

Desde Zapicán, siguiendo hacia el oeste unos cincuenta quilómetros, por serpenteante y polvoriento camino, se llega a Nico Pérez, sobre el lomo de la Cuchilla Grande y en el límite de Lavalleja con Florida. Dicho pueblo goza de cierta nombradía histórica, pues allí fue, a fines de marzo de 1903, que los jefes saravistas aceptaron el pacto que postergó por nueve meses la guerra civil. Y también allí, el 28 de enero de 1919, nació Wilson Ferreira Aldunate.

Que quede bien clarito, pues, que nada tengo contra los zapicanenses ni contra los pobladores de zonas aledañas y vecinas de Florida y Treinta y Tres, que tendrán hoy la oportunidad de plantear sus problemas y sus justas aspiraciones al "superior" gobierno. Las cuales, suponemos, en parte al menos serán atendidas. Grato recuerdo guardo de Zapicán y de la hospitalidad de Pío Juan Miguel Olascoaga y su hermosa familia, en cuya casa pernocté cierta vez con la mía.

Claro que ello no me obliga a aplaudir esta manera heterodoxa de ejercer el gobierno, trasladado hoy a Zapicán, como podría haberlo hecho a cualquier otro punto no muy conocido de nuestro territorio. De acuerdo a la práctica impuesta por el señor presidente, hoy lunes éste debía presidir un extenso Consejo de Ministros, entre las 9 y las 17 horas aproximadamente. ¿Dónde? En el Edificio Libertad, por supuesto, en la sede natural del gobierno y con toda su infraestructura técnica y humana a su inmediata disposición.

¿Contará con ella en Zapicán? No parece posible, pero no es ese el punto. Tampoco lo es el inevitable gasto ocasionado por la ida y vuelta de tanta gente, cualesquiera sean los medios de transporte utilizados. La cuestión es que hoy el gobierno, además de cansar a sus provectos integrantes con el viajecito a Zapicán y el retorno, perderá parte de su tiempo. Lo perderá escuchando los planteos de los locatarios y sus vecinos, así como por la dificultad de comenzar en hora una reunión celebrada a 250 quilómetros de la capital y la necesidad de retornar a ella a una hora razonable y no entre las tinieblas nocturnas.

Para gobernar hay que saber administrar el tiempo y las energías de los gobernantes. Ni aquél ni éstas sobran. Gobernar no es brindar espectáculos innecesarios, por más simpáticos y originales que resulten, en los que se dilapidan las horas y los días de obrar, que es el cometido del gobierno.

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