La visita del papa Benedicto XVI a Cuba comenzó entre impresionantes medidas de seguridad adoptadas por un gobierno temeroso de que se repitan ahora los gritos de libertad que resonaron catorce años atrás durante la visita de su antecesor, Juan Pablo II. Centenares de activistas de derechos humanos fueron detenidos preventivamente antes de la llegada del pontífice y se ordenó a todos los sindicatos que movilizaran a sus afiliados para que colaboraran en el control de la multitud. Todas trazas de una dictadura temerosa de cualquier manifestación popular.