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El machismo y su sombra

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GINA MONTANER
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Jane Campion ha tardado más de dos décadas en volver a dirigir una película y ha merecido la pena esperar porque su último filme deslumbra tanto como su cinta más célebre, El piano, que en 1994 le valió tres Oscar de ocho nominaciones.

En esta ocasión la directora neozelandesa ha adaptado para el cine (al ser producida por Netflix también se puede ver en dicha plataforma) El poder del perro, una novela publicada en 1967 del escritor estadounidense Thomas Savage, cuya obra se centró en el género del western y ahondó en los efectos potencialmente devastadores de una cultura que encorseta a los hombres en la cárcel de la masculinidad.

Campion bebe de la novela de Savage, que se desarrolla en los imponentes paisajes de Montana en 1925. En un rancho rodeado de montañas cuyas sombras caen como un peso invisible, la irrupción de una mujer en el mundo de dos hermanos y los vaqueros que laboran en la propiedad, resquebraja un universo de testosterona en el que lo varonil cobra una dimensión mítica.

Pero los westerns que escribió Savage estaban inspirados en la propia naturaleza disidente del autor, quien creció en un ambiente rural en Montana y que, como uno de los personajes clave de su novela y del propio filme, se trasladó a vivir a un rancho con su madre y con el nuevo esposo de ésta tras quedar viuda. Aquel adolescente distinto a todo lo que lo rodeaba aspiraba a escapar y ser escritor. Una vez que comenzó su carrera literaria en una universidad del noreste, en su escritura Savage desató el amor-odio a un entorno en el que la virilidad se ponía a prueba cada día, a riesgo de fracasar en ese asfixiante examen que mide la hombría y que detecta cualquier “desviación” como un mal que hay que erradicar de cuajo.

En El poder del perro se produce el encontronazo entre el cowboy que esconde en lo más profundo de su ser su verdadera sexualidad (arrastra el recuerdo de un amor prohibido que lo tortura por dentro y por fuera), y el de un adolescente dispuesto a desafiar las convenciones y las burlas antes que renunciar a su esencia gay. El primero, atormentado por la represión circundante y la que él mismo se impone, es un depredador en busca de presas a las que martirizar. Es el único modo de sobrellevar la vergüenza interior de saberse distinto. El segundo no está dispuesto a ser sacrificado y comprende que el cazador debe ser abatido.

En medio de este drama, se sitúa la mujer como un animalillo aterrado en la figura de una viuda que ha de complacer al marido inofensivo pero débil; que ha de defenderse del instinto destructor de un cuñado reprimido y amenazado ante una presencia femenina que pone en peligro su dominio. Hasta el lado oscuro de su propio hijo, al que pretende defender de las garras de un enemigo que vive en la propia casa, la hace tambalear por momentos. En un mundo dominado por hombres que se turnan como víctimas y victimarios, la mujer es el cordero que todos están dispuestos a sacrificar de un modo u otro.

No es casualidad, pues, que Campion haya elegido la bella y dura novela de Savage para, una vez más, poner de manifiesto la toxicidad de la misoginia y su onda expansiva. Qué mejor escenificación que el western, donde quedan al desnudo las servidumbres que genera la imposición de la masculinidad desde que te pones el sombrero de cowboy. Una sombra alargada de la que nadie escapa.

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