Luciano Álvarez
Dicébamus hesterna die... "Decíamos ayer..." Con esta frase, tantas veces usada y a tantos atribuida, dicen que Fray Luis de León reanudó su cátedra, una mañana del frío invierno castellano de 1576, en la Universidad de Salamanca. Su "ayer" sucedió el 27 de marzo de 1572; habían transcurrido cuatro años y ocho meses. Pero así condenaba al basurero del olvido los años de cárcel, y a quienes le habían llevado a ella: "Aquí la envidia y mentira / Me tuvieron encerrado", escribió en un muro de su celda.
Hijo de un abogado y consejero de la Corte, Fray Luis de León nació en 1527, el mismo año que el emperador Felipe II y veinte antes que Cervantes, en Belmonte, un pueblo de la manchega llanura que fatigaría el Quijote. Bachiller en Toledo, a los catorce años llegó a Salamanca para hacer su doctorado en Teología, ingresó a la orden de los agustinos y dedicó su vida a la actividad académica.
Su cátedra de "Exégesis de la Sagrada Escritura" no implicaba una mera tarea erudita, sino que estaba en el centro mismo de las tormentas políticas y religiosas que sacudían a Europa.
Martín Lutero y el protestantismo habían proclamado la libre interpretación de las sagradas Escrituras y su traducción a las lenguas vulgares.
El propio Lutero tradujo la Biblia al alemán (1521), poniendo, al mismo tiempo, los cimientos del alemán moderno.
La respuesta de Roma terminó siendo la imposición de un texto único en latín: La Vulgata, una traducción de la Biblia realizada a principios del siglo V por San Jerónimo.
El Concilio de Trento la revisó y desde entonces la llamada Vulgata Clementina fue la única versión aceptada por La Iglesia Católica, hasta el Concilio Vaticano II. Consecuentemente se impedía la traducción de cualquier texto sagrado a las lenguas profanas.
En medio de ese proceso, Fray Luis participó, entre 1569 y 1571 de un comité de teólogos encargado por la Inquisición de revisar la llamada "Biblia de Vatable", (el abate Francois Vatable era un notable hebraísta del "Collège de France").
Fray Luis de León postulaba la primacía de los textos originales hebraicos de la Biblia, como fuente de exégesis. Lógicamente, discrepaba con una decisión que consagraba los numerosos errores de interpretación de la Vulgata, al tiempo que clausuraba la investigación académica sobre los textos bíblicos en sus fuentes originales.
En Salamanca, ejemplo eterno del mundo universitario, las venerables y razonadas discusiones, los empeños académicos más legítimos, convivían con las luchas de poder entre las diversas órdenes religiosas, las envidias y la mala fe.
Las rivalidades se expresaban en sus peores versiones, incluidas la calumnia y la delación.
La "Biblia de Vatable" fue criticada sin contemplaciones por el domínico León de Castro, catedrático de griego, apoyado por su orden y la de los Jerónimos; en opuesta tesitura estaba Fray Luis de León y otros profesores que compartían sus postulados hebraístas. El debate creció en dureza y los contrincantes "vinieron a malas palabras", declararía León de Castro.
El domínico trajo artillería pesada y acusó a los hebraístas salmantinos de tener tendencias "judaizantes, lo que era menos un argumento que una denuncia, dirigida, precisamente hacia quienes -como Fray Luis- habían votado contra la imposición del estatuto de limpieza de sangre en la Universidad.
Fray Luis de León también sabía ser áspero y descalificó a su contrincante: primero le dijo que "no tenéis aquí autoridad más de la que aquí os quisiéramos dar" y luego le amenazó con quemar su obra más reconocida, un tratado sobre el Profeta Isaías.
De Castro le respondió que, "con la gracia de Dios" antes se prenderían fuego "sus orejas y linaje". No volvió al debate, pero anotó con prolijo rencor tanto los argumentos como los agravios recibidos.
Fray Luis de León, aquel hombre inquieto, apasionado y vehemente, que defendía con ardor sus opiniones, no salía ileso de sus batallas. El debate, la polémica, la confrontación, le agotaban y sumían en el desasosiego, somatizado en un estado nervioso e insomne.
Por eso, solía retirarse a una finca cercana a Salamanca, "La Flecha", buscando paz y sosiego: "Vivir quiero conmigo / gozar quiero del bien que debo al cielo / a solas, sin testigo / libre de amor, de celo, de odio, /de esperanzas, de recelo".
Así nacieron poemas a la noche estrellada, al efecto de la música en el espíritu y a la curiosidad intelectual. "Beatus Ille" (paz espiritual) y conocimiento (lo que él llamó la verdad pura sin velo): he aquí sus temas preferidos.
Su obra académica era bien conocida, pero su poesía -la más alta cumbre de la literatura española del siglo XVI- apenas era conocida por su círculo de amigos más cercanos.
Fueron estos, los humanistas de la llamada Escuela de Salamanca, quienes la hicieron circular, de forma manuscrita.
Esa divulgación manuscrita de sus poesías incluyó una traducción privada, destinada a una religiosa amiga, del texto bíblico "Cantar de Cantares", en 1561. Un amigo lo tomó de su celda y contra la voluntad del autor, comenzó a difundirse de copia a copia.
En diciembre de 1571, los domínicos Bartolomé de Medina - con quien había tenido un conflicto por una cátedra- y León de Castro acusan a Fray Luis y a tres de sus colegas ante la Inquisición, por defender opiniones heréticas sobre la Escritura y por la traducción y difusión del "Cantar de Cantares".
Es encarcelado y su cátedra asignada al denunciante Bartolomé de Medina.
A lo largo del juicio, sus acusadores revolvieron cielo y tierra en busca de las copias manuscritas del "Cantar de Cantares", incluso encontraron una en América, en Cuzco. Serían justamente, estos ejemplares incautados los que salvarían aquella obra para la posteridad.
Su prolija defensa, durante la cual no abdicó de una sola de sus posiciones, alargó el proceso. En la cárcel escribió una de sus obras mayores -"Exposición del libro de Job"- y siguió escribiendo poesía.
El 7 de diciembre de 1576, luego de casi cinco años de cárcel, la Inquisición lo absolvió con la recomendación de que "sea reprendido y advertido de la necesaria moderación y prudencia".
Al abandonar su celda, dejó escrito en sus paredes: Aquí la envidia y mentira / me tuvieron encerrado. / ¡Dichoso el humilde estado / del sabio que se retira / de aqueste mundo malvado, / y, con pobre mesa y casa, / en el campo deleitoso, / con sólo Dios se compasa / y a solas su vida pasa, / ni envidiado, ni envidioso!
Pero Fray Luis era incapaz de refrenar ese maravilloso espíritu dual que lo oscilaba de la confrontación pública a la soledad. En 1584, el Santo Oficio volverá a amonestarlo, "benigna y caritativamente" advirtiéndole que se abstenga de defender opiniones comprometidas en las disputas teológicas de la Facultad.
Su poesía siguió difundiéndose de mano en mano entre amigos y admiradores, pero permaneció inédita hasta 1631, año en que Don Francisco de Quevedo las imprimió.
Fray Luis de León falleció en Madrigal de las Altas Torres, Ávila, en 1591, a la edad de 64 años.