El fracasado señor del Plata

Luciano Álvarez

El 18 de marzo de 1540, Álvar Núñez Cabeza de Vaca obtenía un condicional título de Adelantado del Río de la Plata y se le otorgaba un generoso diezmo sobre todo lo que encontrase. Como mérito para tal concesión apenas le precedía una larga peripecia por la América del Norte, narrada en su libro "Naufragios" con detalle, verdades y fábulas.

En Cádiz se miraban los preparativos con indiferencia y sorna. Los marineros parecían estar más dispuestos a salir a la pesca del atún que embarcarse para las Indias, "los que saben algo de Indias, ríen mucho de ello", hubo de reconocer el propio Adelantado.

Seis años habían pasado desde aquel enero de 1534 cuando llegaron a Sevilla las riquezas del Perú y muchos, teniendo una buena hacienda, mujer e hijos, dieron "con el juicio al través" y arriesgaban todo para partir a la conquista:

"Hacen unos fines que ningún cuerdo les puede haber envidia sino lástima", escribió el gran cronista Gonzalo Fernández de Oviedo.

El mayor de esos alucinados por el oro del Perú fue Pedro de Mendoza. En ese mismo 1534 armó su expedición al Río de la Plata y reunió un número de gente nunca visto.

Ya no eran los aventureros de costumbre los que se embarcaban, sino hidalgos y caballeros; no pocos acudieron con sus familias. Cuando mil quinientas personas, en trece navíos, se hicieron a la mar, el 24 de agosto de 1535, nunca los puertos españoles habían visto zarpar más poderosa y lucida expedición.

Desde entonces habían pasado cinco años, Mendoza había muerto y desde 1538 no se tenían noticias de aquella gente, ahora al mando de Juan de Ayolas. Por ello, los títulos de Cabeza de Vaca estaban condicionados a que "el dicho Juan de Ayolas no fuese vivo en el tiempo en que vos llegáredes a la dicha provincia".

Cuando, el 2 de diciembre de 1540, partieron los cuatrocientos hombres sacrificadamente reunidos por el eventual segundo adelantado, muchas cosas habían sucedido en el Río de la Plata.

Juan de Ayolas murió en un intento por llegar a las Sierras de Plata, Juan de Salazar fundó Asunción y Domingo Martínez de Irala era el nuevo caudillo.

Este vizcaíno, que sólo había ocupado cargos menores en la expedición de Mendoza, le había disputado el puesto a Ruiz Galán, uno de los principales, dándole cara con apenas treinta hombres. "Mirad que hombrecillo, sabiendo como vino a esta tierra, se quiere (enfrentar) conmigo," dijo Ruiz Galán.

Pero el "hombrecillo" le hizo saber que desaparecidos Mendoza y Ayolas, valía el derecho de los pobladores, de elegir "persona que los gobierne y tenga en justicia como su Majestad lo manda."

Domingo Martínez de Irala -dice Busaniche- "había adquirido gran conocimiento de la tierra y de las tribus indígenas. A estas últimas las mane-jaba con singular habilidad y ellas serían su gran apoyo en la expedición (…), porque sentían, como los españoles, la codicia de los metales preciosos y el atractivo de las regiones desconocidas".

Álvar Núñez desembarcó en marzo de 1541 en la isla de Santa Catalina, frente a la actual ciudad de Florianópolis.

Fiel a su talante caminador y curioso envió parte de la expedición por mar, se quedó con 150 hombres, recorrió mil kilómetros, entró en el país de los guaraníes y se encontró con las cataratas Iguazú:

"…Da el río un salto por unas peñas abajo muy altas, y da el agua en lo bajo de la tierra tan grande golpe, que muy lejos se oye" (...). Y en la ribera del río estaban muy gran número de los indios de la misma generación de los guaraníes, todos muy emplumados, (…) pintados de muchas maneras y colores, y con sus arcos y flechas en las manos, hechos un escuadrón de ellos, que era muy gran placer de los ver".

Mientras Cabeza de Vaca exploraba el territorio, Irala se disponía a tomar nuevamente el camino en busca de las fabulosas minas del rey blanco. La novedad de la inminente llegada le produjo un previsible disgusto: "Ansí, con su venida, nos estorbó el viaje que estábamos por hacer".

La interpretación de los sucesos posteriores está lejos de generar acuerdo entre los historiadores.

Según los apologistas de Cabeza de Vaca, basados, fundamentalmente, en sus "Comentarios" (1555) o en el testimonio de algunos de sus hombres, el adelantado se encontró con lo que llamaron "el paraíso de Mahoma":

"Estaban amancebados cada uno con treinta y cuarenta y cincuenta mujeres (guaraníes); yo puse diligencia en apartarlos de tan grave pecado y ofensa de Dios". El adelantado hubo de reconocer: "Se agraviaron y me tomaron mucho odio".

Más grave aún fue la acusación de malos tratos a los indios. Juan Muñoz de Carvajal -hombre de Cabeza de Vaca- contaría -en 1556- que Irala y su gente robaban y destruían "con tanta crueldad que el día que partían del pueblo donde llegaban, había tantos llantos de los maridos por sus mujeres y las mujeres por sus maridos y por las criaturas que dejaban que parecía romper el cielo pidiendo a Dios misericordia y a (Vuestra Majestad) justicia".

Favoreciendo la tesis opuesta, Ulrico Schmidl, que había venido con Mendoza, dejó anécdotas y juicios condenatorios a la conducta de Cabeza de Vaca:

"Un capitán que quiere gobernar un país debe siempre prestar y dar atención tanto al grande como al chico y hacer justicia, y mostrarse benevolente tanto para el más humilde como para el más alto. Nada de esto hizo él, sino solamente quiso hacer cuanto su orgullo y soberbia le dictaban".

Una cosa es indiscutible: las soñadas riquezas eran el fin último y el principio de toda disputa. En este sentido es fácil de imaginar el resentimiento de los viejos expedicionarios desplazados ahora por un extraño, que habría de beneficiarse del fruto de seis larguísimos años de sacrificios y aprendizajes.

El 8 de septiembre de 1543 Álvar Núñez salió tras las mitológicas riquezas. Embarcó su gente en diez bergantines construidos por Irala para su frustrada expedición; iban también 1200 indios en 120 canoas.

Dejaba a Irala y su gente con sólo seis caballos y bien cultivados agravios que habrían de cebarse seis meses más tarde, cuando el adelantado se vio obligado a regresar a Asunción, sin plata ni oro. Apenas traía unas leyendas destinadas a perdurar: las amazonas y el Dorado.

El 25 de abril de 1544 un grupo de hombres irrumpió en casa de Álvar Núñez. Uno le apuntó al pecho con una ballesta, mientras los otros le gritaban "tirano" y daban voces de "¡libertad!", "¡libertad!".

Diez meses estuvo preso en Asunción el desgraciado Álvar Núñez Cabeza de Vaca. En marzo de 1545 lo enviaron a España. Al año siguiente fue juzgado por el Consejo de Indias, condenado y desterrado a Orán, en el norte de África.

Luego de ocho años fue liberado y desde ese momento se pierden los datos ciertos, salvo la pobreza de sus últimos años y su muerte en Valladolid.

En el Río de la Plata, Domingo Martínez de Irala retomaba el gobierno y mantenía vivo el hechizo del Rey Blanco y las Sierras de Plata.

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