Este año se puso en marcha la reforma de la educación, que incluye los niveles de primaria y secundaria. Algunos cuestionarán si lo propuesto es la mejor solución, pero hay un consenso claro en la necesidad de adaptar lo que se estaba haciendo a un mundo en transformación. La educación superior no está exenta del mismo desafío. La inteligencia artificial, el acceso infinito a la información y el permanente cambio del contexto exigen un repensar la formación universitaria. Estamos en un momento de la historia donde el mundo enfrenta tantos desafíos que la necesidad de cada uno de repensarse es clara y urgente y la formación profesional no es la excepción: los avances tecnológicos brindan mejoras generalizadas en la calidad de vida, pero también presentan grandes desafíos de implementación para que no potencien desigualdades; en un mundo cada vez más interconectado, las personas y las organizaciones tenemos oportunidades increíbles de crear un cambio positivo y, al mismo tiempo, de provocar destrucción duradera. Y es ahí donde el profesional universitario, como agente de cambio, tomador de decisiones y gestor de responsabilidad, tiene un rol fundamental mucho más allá de ser acumulador de conocimiento en un área de especialidad.
Pero además, se vuelve cada vez más importante cómo todo esto se alinea con el propósito personal. Un criterio que cada vez toma más importancia a la hora de elegir dónde trabajar y qué tipo de profesional se quiere ser, es cómo nuestro trabajo impacta en el mundo. En una reciente encuesta de Mc Kinsey en Estados Unidos, casi 2/3 de los trabajadores dijeron que el Covid-19 los había hecho reflexionar sobre su propósito en la vida y casi la mitad dijo estar reconsiderando el tipo de trabajo debido a ello.
En este contexto, las universidades tienen la oportunidad y la responsabilidad de potenciar a los futuros profesionales, como actores relevantes en la construcción de la sociedad del futuro. Eso implica una doble responsabilidad: generar nuevos conocimientos que informen y transformen la forma como hacemos las cosas en la sociedad; y apoyar a los futuros profesio- nales para que lleven adelante estrategias concretas para abordar problemas críticos.
Para ello debemos educar líderes que sean capaces de integrar y combinar conocimientos de diferentes disciplinas, no para acumular información, sino para resolver problemas concretos; que busquen soluciones creativas, al mismo tiempo que las integran con sus capacidades intelectuales, afectivas y volitivas, es decir, sus mentes, corazones y voluntades; que esas soluciones generen valor, sin comprometer los recursos de las generaciones futuras; que sepan integrarse a su comunidad y creen conexiones para servir al bien común; que entiendan el trabajo no solo como medio para ganarse la vida, sino como parte de su sentido de la vida y de realización personal; que tengan visión global como ciudadanos del mundo, lejos de la miopía del entorno inmediato; y, sobre todo, con un fuerte componente ético, que es mucho más que discutir sobre lo que dijeron los grandes pensadores. Es adquirir el discernimiento y desarrollar el coraje moral que implica la tarea y el ejercicio profesional.
Porque “llegar a ser” es más importante que “saber”.