LUCIANO ÁLVAREZ
Bajo ciertas condiciones, la estafa es un delito aceptado con indulgencia, incluso con simpatía. Su ingeniería no es un componente menor, pero debe ser subsidiaria del carácter de la víctima, que habrá de ser castigada por su vanidad o su ambición desmedida. La literatura y el cine han apelado una y otra vez a estas historias sin haber fatigado el interés que despiertan.
Louis René Éduard de Rohan, príncipe de Rohan-Guemenée (1734-1803), cumplía con las condiciones de víctima. Sus blasones se remontaban a los comienzos de la Edad Media, era cardenal y obispo de Estrasburgo, pero su carácter de religioso era un accidente y su vida transcurría, como en aquella letra de tango "en orgías desenfrenadas, con mujeres alquiladas, entre música y champagne". Todo esto, sin embargo no mitigaba una profunda frustración: el estancamiento de su carrera política. Aspiraba ser primer ministro, a pesar de sus escasas dotes intelectuales y su torpeza diplomática. Para colmo de males, la reina María Antonieta le odiaba. Sus riquezas e influencias habían sido inútiles y sus esperanzas flaqueaban, hasta que conoció a Jeanne Valois de La Motte (1756-1791), descendiente de Enrique de Valois-San-Rémi, hijo natural del rey Enrique II, rey de Francia (1519-1559). Ahora solo le quedaban sus rimbombantes títulos: su padre se había casado con una prostituta, perdió su fortuna, murió en un hospicio y sus tres hijos Jacques, Jeanne y Marie Anne se convirtieron en mendigos hasta que se cruzó en su destino la marquesa de Boulainvilliers, que les consiguió una renta pequeña y educación. Jacques y Marie Anne tuvieron una vida honrada, en cambio Jeanne, a los veintidós años se lanzó a la aventura, se casó con un oficial llamado De la Motte y alegando, falsamente, su pertenencia al círculo íntimo de la reina María Antonieta, lograban préstamos y pequeñas prebendas.
El dúo se transformó en trío cuando se les sumó Marc Rétaux de Villette, amante de Jeanne, con la complacencia de su marido. También formará parte de la intriga un célebre charlatán internacional, el Conde Alessandro di Cagliostro, amigo del Cardenal. Jeanne prometió que habría de lograr que la reina se reconciliara con Rohan. Lo que sigue es una larga lista de engaños: un supuesto intercambio de correspondencia con María Antonieta, dinero para obras de caridad y hasta una cita galante durante una noche de verano en los jardines de Versailles. En realidad la persona a quien Rohan encontró esa noche era una prostituta, convenientemente parecida y vestida como la reina.
Pero el mayor golpe de fortuna para los estafadores sucedió cuando supieron de la existencia de un fabuloso collar que el rey Luis XV había encargado a los joyeros de la corte, Charles Boehmer y Marc Bassenge. El costo era fabuloso: 1.600.000 libras, el valor de dos navíos. Pero la muerte del rey, en 1774, había dejado a los joyeros sin comprador ya que ninguna corte estaba dispuesta a asumir tamaño gasto. Se disponían a desguazar el fabuloso collar y vender sus diamantes cuando Jeanne de Valois de la Motte supo de su existencia, habló con el cardenal Rohan y lo convenció de que la reina necesitaría un nuevo favor de su parte: María Antonieta pretendía comprar el collar, pero debía hacerlo discretamente, mediante su intermediación. Rohan aceptó, se acordó el pago en cuatro cuotas que la reina entregaría por su intermedio y recibió el collar. Jeanne de Valois sería la encargada de entregarlo a María Antonieta.
A los pocos días Rétaux de Villette ofrecía los diamantes a los joyeros de París a un precio de ganga. Su torpeza era evidente. El 12 de febrero, un joyero se presenta ante el inspector de policía de Montmartre y le comunicó sus sospechas, pero Rétaux de Villette fue liberado luego de un ligero interrogatorio. Jeanne decidió no tomar más riesgos en París y envió a su marido a Londres con el resto de los diamantes. Los reducidores ingleses preguntan poco. Mientras tanto Boehmer y Bassenge luego de esperar en vano el primer pago, se presentaron directamente ante la reina que no solo negó el más mínimo involucramiento en el asunto, sino que se imaginó víctima de un intento de Rohan para desprestigiarla. Los joyeros se vuelven sobre Jean-ne quien confía que el cardenal pagará, por el solo prurito de no quedar como un tonto. No lo hace, pero tampoco escapa de las iras de la reina. El 15 de agosto de 1785, cuando Rohan -que es capellán del rey- se prepara para celebrar la misa de la Asunción, es arrestado en presencia de toda la corte y va a parar a la Bastilla. También son detenidos Jeanne, Cagliostro y la infeliz prostituta que fingió ser la reina. El marido y el amante de Jeanne están a salvo en el extranjero.
Sin embargo María Antonieta en su sed de venganza no ha reparado en los odios profundos que ha cultivado en la nobleza, que no acepta que uno se sus miembros haya sido humillado de tal manera. El juicio se transforma en la comidilla de París. El Conde de Aranda, embajador español, le escribe a un amigo: Rohan "está limpio de la menor picardía pero sucio y cargado de cabeza a pies de imbecilidad, ignorancia, torpeza y ambición o bajeza". Finalmente, el tribunal dejó libre al prelado, condenó a cadena perpetua a Jeanne, quien misteriosamente huyó a Inglaterra a los pocos días y embarró, más aun a la figura de la reina por su ostensible deseo de venganza, más allá de culpas. En 1791, en plena revolución, la Convención invitó a Jeanne Valois de La Motte a regresar a Francia con todos los honores pero, poco antes de regresar, se arrojó por la ventana de su casa de Londres.
Umberto Eco (Migraciones de Cagliostro, 1998) hizo esta reflexión: "Que un aventurero o una aventurera urdan intrigas, a veces sean arrollados por las mismas, a veces obtengan beneficios, es normal. Pero que una persona presumiblemente de mediana inteligencia, con deberes políticos y religiosos, quede convencido por esas intrigas, fascinado, obnubilado, y consiga consagrarse en la historia como monumento de imbecilidad, esto no cesa de preocuparnos. Los Estados no caen cuando los Cagliostro (o los De la Motte Valois) traman desde fuera, sino cuando los De Rohan debilitan desde dentro la credibilidad de las clases dirigentes".
El Cardenal aspiraba a ser primer ministro a pesar de sus escasas dotes intelectuales y su torpeza diplomática.