Gonzalo Aguirre RamÍrez
Ariesgo de que crean que estoy desvariando, escribo hoy, día de la asunción de la presidencia de los Estados Unidos por Obama, hecho que concita la atención mundial, sobre el Cid Campeador. Temas, sobran. La desastrosa gestión del cesante George Bush (h), la sequía y su mal manejo por el gobierno, así como su decisión de subir la tasa de interés, a contramano de lo que se ha hecho en Estados Unidos, Europa e Inglaterra por sus Bancos Centrales.
Tratan, ellos, de combatir y frenar la recesión en marcha. Aquí, parecen creer que ni hay ni habrá recesión. Sólo les preocupa controlar la inflación y, administrativamente, los precios. Es volver a 1968, en un contexto mundial que nada tiene que ver con el de aquel entonces. Es que reconocer que la situación es mala y empeorará, tiene costo electoral. Pero el mismo lo pagarán igual.
Y vuelvo al Cid. A Rodrigo Díaz de Vivar (1043-1099). Llamado "al Sayyid" en árabe -de ahí su apelativo castellano-, lo de Campeador significa "vencedor o señor del campo". Suele recordársele como el protagonista del primer cantar de la gesta de la reconquista española: "El cantar del Mío Cid", que integraban los programas de literatura en mi lejana adolescencia liceal.
En esa obra, la leyenda y la historia se entremezclan. Pero el personaje fue real. E invencible. En 25 años de campañas y en cien batallas, jamás fue derrotado. Por algo, un autor musulmán, Ibn Bassan, escribió de él: "Esta calamidad de su época, por su astucia, por la firmeza de su carácter y por su heroico ánimo, era uno de los milagros de Dios".
Habida cuenta de que sus fuerzas nunca pasaron de 3.500 hombres y de que, con ellos, derrotó una y otra vez a ejércitos enormemente superiores, debe considerársele uno de los genios militares de la historia. Era, además, enemigo de ejecutar a los jefes vencidos o de pedir, por ellos, rescates fabulosos, cual era costumbre de la época. En 1082, derrotó en Almenar a Ramón Berenguer II, Conde de Barcelona. Y nada exigió a cambio de su libertad, que dispuso días después.
A los reyes "taifas" musulmanes -sucesores del disuelto Califato de Córdoba-, entre ellos el de Valencia, que devino en protectorado del Cid tras la victoria de su sobrino Alvar Fáñez -su mejor lugarteniente- sobre el rey anterior, a quien sustituyó por Al Kadir, sólo les cobraba un tributo.
Y lo compartía con el rey de Castilla y León, Alfonso VI, a pesar de que, injustamente, éste le había desterrado y perseguido. Pero, cuando en 1092 el Cid, contra su costumbre, devastó y asoló La Rioja, feudo del odiado Conde García Ordóñez y sus sobrinos -los Condes de Carrión- Alfonso no movió un dedo, perdonó al Cid y se reconcilió con él. Todo ello, aparentemente inexplicable.
Desde 1085, Yusuf, rey de Marruecos, había invadido a España, declarado la guerra santa y ejecutado o desterrado a los reyes "taifas" de Granada, Córdoba, Sevilla y Valencia. Disponía de enormes ejércitos, para la época, y cuando el Cid cercó Valencia, para reconquistarla, en 1094, envió a su jefe Sidi Abu Bekr, con 20.000 hombres que el de Vivar venció en las Almusafes. Lo propio volvió a ocurrir en Bairén (1097).
Todo esto lo he aprendido en el apéndice histórico de una apasionante novela -"Cantar del Dragón Rojo"- que, dadas sus 500 páginas largas, no se lee de un tirón.
Recomiendo su lectura, a pesar de que su autor es mi hermano Fernando, para mi enorme y grata sorpresa. Dejo de lado, pues, las generales de la ley. Y me descubro ante el Cid.