Alfonso Lessa
Todo indica que el país se encamina a un gobierno con gabinete del oficialismo y participación de la oposición en empresas públicas y órganos de contralor.
La implementación de este modelo terminaría de distender un clima político que cambió sustancialmente desde el momento en el que se conoció el resultado del balotaje y los cuatro miembros de las dos fórmulas que competían por la Presidencia y la vicepresidencia, realizaron discursos conciliadores.
Unas pocas pero muy sustanciales palabras del presidente electo, José Mujica, y su contrincante, Luis Alberto Lacalle, frente a sus militantes bastaron para dejar atrás la dureza de una campaña electoral que no se destacó por su brillantez y unas cuantas veces se descarriló. La reunión que ambos mantuvieron el viernes pasado consolidó el rumbo.
La participación de la oposición en el gabinete no parece esperable por un conjunto de factores: 1) el oficialismo tiene mayorías propias en el Parlamento y, por lo tanto, no necesita ceder espacios en los ministerios ni en la puesta en práctica de sus políticas; 2) porque dadas esas circunstancias, son muchos los intereses internos que el propio Frente Amplio tiene que atender, incluso en la distribución de cargos; 3) porque persisten diferencias políticas e ideológicas sustanciales que dificultan esa coparticipación; 4) porque seguramente a la oposición tampoco le resultaría cómodo participar de un gabinete que le limitaría su acción opositora. Nada de esto, sin embargo, implica descartar alguna excepción en particular en alguna subsecretaría.
Mientras se concretan las conversaciones dentro del Frente y con la oposición en procura de los acuerdos que todos parecen decididos a concretar antes de fin de año, los partidos procesan lo ocurrido en este ciclo electoral.
La contundencia del resultado del balotaje sin dudas tendrá impactos en una interna blanca en la que razonablemente surge con más fuerza la figura de Larrañaga.
Después de las internas de junio nadie esperaba un resultado como el que finalmente tuvo lugar. Los blancos tuvieron un impecable punto de partida, con el recordado abrazo entre Lacalle y Larrañaga, mientras sus adversarios se internaban en un mar de problemas para intentar un acuerdo entre Mujica y Astori. Y hasta el presidente Vázquez, muy molesto, llegó a criticar con dureza al candidato del oficialismo. Sin embargo, luego de una impecable campaña interna, Lacalle tuvo un cambio que asombró a propios y adversarios. Los acertados pasos de la interna, dejaron lugar a una sucesión de gruesos errores, difíciles de entender en un político de su trayectoria. Y ni siquiera pudo aprovechar los yerros que también cometió Mujica, porque a cada equivocación del candidato frentista seguía un nuevo tropiezo de Lacalle.
En la campaña por el balotaje, el comando frentista tuvo la habilidad de percibir a tiempo las vulnerabilidades de Mujica y rodear al candidato, conteniéndolo y proyectando la idea de un equipo cuyo principal y obvio socio era Astori.
Entre los blancos, sin embargo, siguieron los tropiezos: nunca hubo una estrategia clara ni capacidad para imponer la agenda y machacar sobre temas centrales como la seguridad pública.
El Partido Nacional tiene por delante las elecciones municipales, en las cuales se terminará de establecer la nueva ecuación de poder para el próximo quinquenio en el Uruguay. Pero ese reto, requiere de un paso previo e ineludible: un análisis del resultado, sereno sí, pero con una autocrítica profunda que le permita detectar lo que ocurrió y actuar en consecuencia.