A cada soldado que enviaban al frente de batalla, le daban un viejo máuser de la primera guerra mundial y una llave para colgarse a modo de amuleto, diciéndole que era la que abre las puertas del cielo donde lo recibiría Alá si moría como mártir combatiendo a los herejes iraquíes.
Esa llave encendía una emoción fanática que un jugó un rol importante en la guerra entre Irán e Irak, iniciada en 1979 cuando Saddam Hussein invadió los territorios en litigio en el estuario del Shatt al-Arab. Irak contaba con aviones Mig23 soviéticos, fusiles AK-47 y tanques, lo que le daba una superioridad abrumadora sobre el ejército de la recién nacida República Islámica de Irán. Sin embargo, a pesar de la ayuda occidental y soviética a Irak, la guerra duró ocho años y acabó en una suerte de empate técnico.
Hoy el régimen de los ayatolas cuenta con un poderío militar importante y ha desarrollado hasta misiles hipersónicos. No obstante, si Israel decidiera responder de manera aplastante el ataque iraní, podría resultar devastador, ya que Irán no tiene un sistema de defensa antimisiles tan eficaz como el israelí, que contuvo más del noventa por ciento de los proyectiles que le dispararon
Oriente Medio puede ser el epicentro de una guerra global, pero hay razones para esperar que la escalada se detenga si Netanyahu hace lo que le está reclamando Estados Unidos: no responder a la acción iraní con un ataque directo sobre el país de los ayatolas.
En el 2020, como respuesta al asesinato del Qassem Soleimani, Irán respondió atacando a Estados Unidos en Irak. Lanzó misiles sobre la base aérea de Al Asad, en la provincia de Ambar, y sobre un cuartel norteamericano en Irbil. Pero avisó dos horas antes, lo que Washington interpretó positivamente y no respondió el ataque iraní, que causó sólo pocos daños materiales, porque los marines habían salido de ambas bases.
En febrero de 1991, Yitzhak Shamir, un halcón del Likud, era el primer ministro de Israel cuando Saddam Hussein le lanzó misiles Scud. Con sus fuerzas siendo barridas de la invadida Kuwait, el dictador iraquí buscó provocar a Israel para que se sume al conflicto y de ese modo una a los países árabes y los haga intervenir en su favor. Pero Shamir entendió que no debía responder esa provocación y no respondió el ataque iraquí. Por razones geopolíticas diferentes, también hoy tendría que contenerse Israel. ¿Lo hará Netanyahu?
No está claro el daño que los drones y misiles iraníes causaron en territorio israelí. Quizá nunca se sepa con exactitud, porque habrá dos versiones opuestas al respecto. La impresión es que Israel lució más su moderno sistema de defensa antiaérea que lo que Irán pudo lucir su poder de devastación. Pero las certezas quedan malheridas en acontecimientos bélicos como éste. La única posible es que Irán ha realizado su primer ataque directo a Israel, tras una larga lista de ataques tercerizados que incluye las masacres perpetradas en Buenos Aires. Aunque parezca nimia, la diferencia entre atacar a través de terceros y hacerlo de manera directa, es significativa.
Israel lleva años lanzando sobre Irán ataques cibernéticos y eliminando jerarcas militares, a lo que agregó semanas atrás el primer bombardeo sobre territorio, según lo establecido por la Convención de Viena de 1961, al atacar la embajada iraní en Damasco.
Más allá del largo enfrentamiento irano-israelí, la carga simbólica de lo que ocurrió en el amanecer del domingo es un punto de inflexión. La incógnita es lo que viene como consecuencia.
En principio, las posibilidades son dos, y totalmente opuestas: Una, el ataque de Irán a Israel es el Big Bang de una guerra con potencialidad de globalizarse, incluyendo a China, Rusia y Corea del Norte del lado iraní, y potencias noroccidentales del lado israelí. La otra posibilidad está en las antípodas y es que, ante el riesgo de una guerra global de consecuencias impredecibles, las superpotencias obliguen a las partes enfrentadas a una negociación que saque al mundo del umbral de una conflagración global.
No se pueda descartar que ocurra lo segundo. El ataque iraní fue masivo, pero con componentes que parecen indicar una intención más política que letal. Teherán anunció el lanzamiento de drones y misiles con siete horas de antelación a su llegada al territorio israelí. Además es posible suponer que, si la intención del régimen chiita hubiera sido provocar una devastación, habría usado sus misiles balísticos hipersónicos, que quintuplican la velocidad del sonido y por ende se vuelven inconteniblea para los sistemas antimisiles. Y también habría ordenado que Hezbolla desde el Líbano, las milicias pro-iraníes de Irak y Siria, y los hutíes desde Yemen disparen lluvias de misiles sobre el norte y el sur de Israel, saturando la capacidad de intercepción de la Cúpula de Hierro, lo que tampoco ocurrió.
El dispositivo proxy que armó el general Qassem Soleimani contra Israel habría lanzado un centenar de proyectiles, que sería en comparación con lo que poseen sus arsenales una cantidad módica. Sumada a los proyectiles disparados por Irán, resulta claramente insuficiente para saturar el dispositivo israelí antimisiles.
Por eso hay razones para pensar que Irán ha respondido de manera limitada el ataque israelí contra su embajada en Damasco y por lo tanto estaría dispuesto a dejar todo como está, si Israel no responde con un ataque directo.
La pregunta que recorre como una sombra el mundo por estas horas es si habrá respuesta de Israel. Es posible que el gobierno de Netanyahu se conforme con haber lucido su asombrosa capacidad de neutralizar bombardeos, pero también es posible que se tiente con devolver el golpe, porque puede hacerlo.
En ese caso, podría lanzar un ataque devastador aprovechando que los iraníes carecen de un sistema anti-misiles tan eficaz como la Cúpula de Hierro.
Lo tranquilizador es que las superpotencias no quieren una escalada que puede globalizarse. Estados Unidos y Europa se lo están diciendo a Netanyahu, mientras que China hace lo mismo con Irán.