Hace ya varios años, 11 para ser más exactos, un hombre de bigote frondoso y metro noventa de altura ofrendó uno de esos momentos sublimes de la política latinoamericana. Vestía una camisa celeste y tomaba el micrófono con su mano derecha. La televisión transmitía en vivo.
Narra su llegada a una capilla de madera a las 8 de la mañana. Estaba solo. Oraba y recordaba, dice, porque había una foto grande ahí. De repente entra un pajarito chiquito y le da tres vueltas. Lo cuenta mientras mueve su mano izquierda por encima de su cabeza e imita el ruido del pájaro que se parece más a un helicóptero. El pájaro se posa sobre una viga de madera y empieza a silbar. Imita ahora el silbido. Bonito, dice, y tenía razón.
El hombre se lo queda mirando y le silba: “Si tú silbas, yo silbo”. Silba. Mejor imitación que la anterior. El pájaro vuelve a silbar, le da otra vuelta y se va. Entonces siente el espíritu de él, del comandante Hugo Chávez (el de la foto grande), como dándole una bendición, diciéndole que arranca la batalla, que fuera a la victoria porque tenía su bendición.
Esa fue la primera vez que Nicolás Maduro recurrió al pajarito de Chávez para hacer campaña. No dejó dudas de cuál era su principal oferta para los votantes: invocar su espíritu. Tiempo después confesaría que él no es Chávez, sino su hijo. La nostalgia por el líder desaparecido ha sido eje de la propaganda en un país devastado por un cuarto de siglo infausto.
Cuando un cáncer mató a Chávez en 2013, ya había ungido a Maduro como su sucesor. A partir de su fallecimiento, y antes de las elecciones para confirmarlo como presidente, nació una página web dedicada al número de veces que Maduro lo mencionaba en público. Superó las 4.000 alusiones en un par de semanas. En un solo discurso lo recordó 170 veces. Cuando la oposición le decía que dejara a Chávez en paz y que no se escondiera detrás de él, Maduro respondía que se sentía un apóstol del legado de Chávez, a quien llamaba un “Cristo redentor de los pobres”.
Pasaba en 2013 y pasa en 2024. Maduro publicó días atrás en Instagram una foto de un Chávez sacando parte del cuerpo de una camioneta. Está rodeado de gente. Era de un Chávez en su primera campaña electoral, en el ocaso del siglo XX y los albores del socialismo del siglo XXI.
Poco después de inscribir esta semana su candidatura para la cuestionada votación del 28 de julio (anunciada el día de la muerte de Chávez para el día del nacimiento de Chávez), Maduro fue a la cárcel donde se conocieron. Era 1992 y estaba preso por haber liderado un intento de golpe de Estado. Ese fallido golpe lo catapultó a la escena política de Venezuela. El país ya no sería igual.
Cuenta la liturgia chavista que Maduro jamás olvidará la escena casi religiosa en la que se sentó a hablar con Chávez. Hablaría de la impresión que le causó que el preso se preocupara por los otros y les preguntara si habían comido, cómo formaron un círculo en el piso y la forma en que Chávez puso unas bolsas de comida en el centro, las abrió y las repartió.
“Ese día, Chávez, con su tono de cura, nos contó en pequeñito todo el futuro”, recordaría. Le dio su primera orden directa: contactar a oficiales y hacerles llegar un mensaje. Sintió que había esperado una vida entera para recibirla. Era su mensajero.
En una de sus últimas apariciones públicas, y al anunciar al entonces canciller como vicepresidente y a la postre su delfín, Chávez decía que miraran dónde iba Nicolás, el autobusero Nicolás, chofer de autobús en el Metro. Que cómo se habían burlado de él, la burguesía se burlaba, qué pena, decía Chávez, el teleevangelista.
Unos días antes, Maduro se había puesto al frente del volante y asumido el rol de chofer de una suerte de papamóvil austero y tropical, sin cristales ni blindaje, que a paso de camarada partía una marea humana y roja que vitoreaba a Chávez. Al anunciar la muerte de su mentor, su voz se quebró. Poco antes había testificado que Estados Unidos le había inoculado el cáncer a Chávez.
Un escritor que conoció a Chávez en sus inicios dijo: “Tiene diez veces más energía que un humano normal. Lo mismo se decía de Mao. Estos hombres no se sienten humanos. Se sienten dioses”. Ya en su primera campaña Chávez recurrió a la figura de Cristo. Fue varios años después que empezó a manifestar su convencimiento de que Cristo había sido uno de los más grandes revolucionarios de la historia, enemigo de la oligarquía, socialista, comunista y antiimperialista. En algún momento de los 14 años que estuvo en el poder se peleó con obispos y cardenales. Les dijo que si Cristo estuviera vivo en la Venezuela actual, presente físicamente, los sacaría del país a latigazos.
El apóstol Maduro terminó de arruinar un país que se empezó a quebrar cuando desde un pedestal se ejecutaron dogmas absurdos. El éxodo venezolano es vivo testimonio de un régimen cargado de eternas promesas y falsas esperanzas, donde votar se transformó en un vía crucis.
La oposición oscila entre creer en la esperanza de un cambio y arrodillarse frente a la agonía de un sueño. La fe es incierta y frágil. Se tambalea, pero vive. La teología revolucionaria del chavismo dejó una Venezuela con los demonios desatados y lejos de la resurrección.