Ecos de un reportaje

Un distinguido y extinto profesor de Derecho Administrativo, Héctor Frugone Schiavone, solía abordar los temas de su disciplina con acento apocalíptico. Así, no era raro que criticara despiadadamente ciertas soluciones legislativas y jurisprudenciales. Pero su colega Cajarville Peluffo, en un estudio que publicó en el volumen que la Ucudal dedicó a la memoria de Frugone, opinó que ese estilo virulento no era sino una herramienta que éste utilizaba conscientemente para que la práctica moderara los inconvenientes de dichas soluciones, cuando no las compartía.

Algo similar me ocurre cuando leo o escucho a Ignacio Posadas. Por cierto que su modalidad temperamental es harto distinta de la mía. Es avaro en el elogio y dispendioso en la censura. Su latigazo restallante suele no distinguir entre tirios y troyanos. Yo no me olvido de encomiar a quien creo que lo merece y los años me han hecho moderar los furores críticos de los tiempos juveniles. Nuestro ex Ministro de Economía parece no dudar de casi nada. Yo, a esta altura de mi vida, parafraseando la célebre oración de Irureta Goyena al abandonar la cátedra, siento que la seguridad que quizás alardeaba en mis años mozos, "me empieza a faltar bastante, al fin".

Esta reflexión viene a cuento de que, frente a los asertos categóricos de Ignacio, me siento como Cajarville frente a las catilinarias de Frugone. Porque me cuesta creer que un hombre inteligente como él —lo que nadie discute— se sitúe en las antípodas de Sócrates. Pienso, por ello, que se trata de una postura deliberada. De un hipercriticismo a lo Quijano —claro, desde una tesitura ideológica casi antagónica—, destinado a intentar conmover y agrietar las bases del conservadurismo y el estatismo anacrónicos de la sociedad uruguaya.

Ignacio, en el muy interesante reportaje que le hizo y publicó El País el sábado, negó que la recesión económica haya llegado a su fin. Simplemente, agregó, "Si uno ha tocado fondo, hay indicadores que ya no pueden seguir cayendo". Trátase de una frase ingeniosa, efectista, pero desajustada a los hechos. Si la desocupación llegó al 20%, ese no es el piso. Puede caer a 25%. Y si el riesgo país anduvo hace pocos meses por 2.000, o más, ¿por qué no puede superar la barrera los 3.000? Al 30 de abril, casi todas las series de Bonos del Tesoro se cotizaban al 60% o al 50% de su valor nominal. Y aún a menos. ¿Qué les impedía caer más en su cotización?

De la desocupación no he retenido datos frescos. Y creo, por desgracia, que no ha mejorado. Pero el riesgo país, que ya se situaba en 793 puntos el 29 de mayo, cayó a 688 el último miércoles. Y los Bonos del Tesoro están en franca recuperación. Por ejemplo, de los llamados Bonos Globales, el que amortiza en el 2015 subió de 72% el 29 de mayo a 81%. Y el que lo hace en el 2033, ascendió, en igual período, del 62% al 69,5%.

Mientras tanto, el Banco República adelantó sorpresivamente el reintegro, a sus ahorristas, del 25% de sus plazos fijos, que debía pagar en agosto próximo, de acuerdo a la reprogramación de depósitos en la banca estatal, establecida por la ley que permitió reabrir sus puertas. Ello refleja la recuperación y crecimiento de sus depósitos, así como importantes pagos de sus deudores, por señalada mejora del sector primario exportador. ¿Que esto último es reflejo de la mejora de las paridades cambiarias en el ámbito regional, lo que no es un fenómeno permanente ni estable? Cierto, pero tampoco hay por qué ignorarlo ni minimizarlo.

En cuanto a Atchugarry, cuyo estilo dice Ignacio no compartir, él va tratando de resolver los problemas de a uno. Y a menudo lo logra. Porque "a chaque jour suffit sa peine", dicen los franceses.

En suma, es cierto que la recesión no terminó y que no hay margen para tirar manteca al techo. Recién salimos del CTI, aunque con buen aspecto. Entonces, realismo sí, pero catastrofismo no.

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