Dos gobiernos o ninguno

Por un lado el Dr. Batlle da curso a su responsabilidad de conducir la cosa pública hasta que el primero de marzo transfiera el poder. Es lo que manda la Constitución y lo que corresponde. No importa que su peso político sea hoy muy menor, si por este tomamos los resultados de la elección del 31 de octubre. El presidente representa a un partido que sacó apenas el 10% de los votos y su sector, la 15, menos de la mitad de esto, aunque sumándole aliados la relación sea otra. Pero a los efectos institucionales lo que importa es lo que fue y no lo que es hoy, y esas son las reglas de juego que todos conocen.

Por otro lado el EP y el Dr. Vázquez participan ya de las cosas cotidianas de gobierno opinando sobre los temas de actualidad y advirtiendo, en cada circunstancia que discrepan, que se los debe consultar. Aducen, no sin lógica, que no se deben tomar decisiones que los condicionen y que menos deben hacerlo quienes han tenido un duro traspié electoral. En materia política puede ser que estos razonamientos de quienes acceden al gobierno con un significativo respaldo sean de recibo, pero desde la óptica constitucional no.

Así de los dos gobiernos, el que está en funciones está dispuesto a seguir adelante con la habilitación de la nueva línea de celulares, y el electo, o por lo menos parte de éste, no. El Dr. Batlle asume una interpretación de la reforma constitucional del agua y el Dr. Vázquez que en principio había dejado en manos de éste la resolución del tema, una vez conocida ésta avisó de su discrepancia y reclamó no innovar hasta que él asuma el poder.

La administración en funciones designa, vaya a saber con qué fundamentos, algunos funcionarios técnicos en instituciones descentralizadas, y parece que algún que otro empleado no tan técnico en la administración central y el EP les pide que dejen sin efecto las mismas. En fin, desde hace ya un mes el país vive en la incertidumbre de tener dos gobiernos, que en la práctica es como no tener ninguno, porque aquí sí que lo que abunda daña.

Todo este problema radica en el largo período que media entre la elección y el 1º de marzo. Si hay balotaje la distancia es de tres meses y si no lo hay, como en esta circunstancia, es de cuatro. Ahora un tercio del año conviven estas realidades. Es un trecho largo para ser tan infértil, para que nuestro país se detenga en cansinas idas y venidas. Cuatro meses es demasiado para que toda la administración sienta que está en período de sospecha por cada paso que da, para que se le cuestione su legitimidad y por lo tanto el enfrentamiento abunde, como ahora, y la paralización se imponga.

Es bueno ir pensando en estas cosas y en agregar elementos que hagan al mejor desempeño de los gobiernos.

Sería raro que en un país donde hay una tendencia a resolver con reformas constitucionales cada dificultad, no tengamos alguna discusión de este rango en el período que comienza. Si así fuera se podría aprovechar para acortar drásticamente este lapso de forma tal de ganar en eficacia y de no robarle al país un tiempo precioso. Cuatro meses es mucho para hacer pancismo de gobierno.

También habrá que respetar la letra constitucional en su totalidad. Los períodos de mandato, una vez fijados, quien los asume legítimamente tiene el deber y la obligación de cumplirlos enteramente y quien lo reemplaza, comprender que el suyo empieza cuando el del otro termina y no hay razón para acortar por vía política lo que se obtuvo por derecho.

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