Dos décadas después

El 15 de febrero de 1985 fue el día, "fasto" en los anales de la República, en que quedó "reestablecido plena y definitivamente el sagrado e inviolable derecho del pueblo a determinar libremente su destino". Las comillas obedecen a que esas —y no otras— fueron las palabras pronunciadas por Jorge Batlle, tras la ejecución del himno nacional y con el ex vicepresidente de la República Don Jorge Sapelli sentado a su lado, al declarar abierto el primer período ordinario de sesiones de la XLII Legislatura.

Acto seguido, rindió breve y sentido homenaje a Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, a quienes calificó de "legisladores mártires", e invitó al Cuerpo y a la Barra —que estaba desbordante— a hacer un minuto de silencio. Así se cumplió. Luego el doctor Batlle pronunció un conceptuoso discurso, interrumpido por nutridos aplausos, dentro y fuera del hemiciclo. Lo propio ocurrió cuando, acto seguido, hablaron los legisladores Carlos Julio Pereyra, José Pedro Cardoso y Heber Rossi Pasina, por sus respectivos partidos.

Un rato antes, en el Senado, habíamos presentado el doble juramento reglamentario los treinta senadores electos, quedando así investidos de nuestras honrosas y queridas funciones. Por razones de orden alfabético, me correspondió hacerlo en primer término, con la imaginable emoción del caso. Luego juraron los senadores Araújo, Batalla, Capeche, Cardoso, Cersósimo, Cigliutti, Ferreira Sienra, Flores Silva, García Costa, Hierro Gambardella, Jude, Lacalle Herrera, Martínez Moreno, Carminillo Mederos, Ortiz (¡salve Maestro!), Paz Aguirre, Pereyra, Juan Martín Posadas, Pozzolo, Ricaldoni, Rodríguez Camusso, Senatore, Singer, Tourné, Traversoni, Ubillos, Zorrilla y Zumarán.

Acto seguido, su entrañable amigo "Lalo" Paz Aguirre tomó su juramento a Jorge Batlle. La inexorable ley de la vida se llevó de este mundo a diecisiete de los miembros de aquel estupendo Senado, incluido su digno y recordado presidente Enrique Tarigo.

Pasaron dos décadas y, en cumplimiento ineludible y saludable de la Constitución de la República, similares ceremonias se cumplieron en la Asamblea General y en Diputados. De los ciento treinta asambleístas de aquel muy otro 15 de febrero, sólo volvieron a ostentar tal condición Alberto Brause, Juan Justo Amaro y Víctor Vaillant, además de Luis Alberto Heber, el único que inicia su quinta legislatura consecutiva. Toda una hazaña.

Similares ceremonias hemos dicho, porque distintos fueron casi todos sus protagonistas y muy distintas las circunstancias y el contexto político, cuando las fuerzas de izquierda se aprestan a acceder al gobierno por vez primera en la historia del país. Lo más rescatable y destacable se vivió en la sesión del Senado, presidida por José Mujica con circunspección inferior a la estrictamente reglamentaria pero, de todas maneras, con mayor formalidad de la habitual en su pintoresca personalidad, a pesar de ciertas licencias más o menos emotivas y afectuosas, que se permitió al dirigirse a sus distintos colegas.

Corresponde felicitarle por haber declarado, fuera de sesión, que había perdido o tirado a un pozo el talonario de las cuentas viejas. ¿Lo habrá dicho por la gran emoción que vivió, concreción de un sueño fantástico para el ex guerrillero a quien amnistiamos y liberamos veinte años ha? ¿O fue porque siente el sol a sus espaldas, por saberse bastante más cerca de la salida que de la entrada, como dice mi gran amigo la Mona Bianchi? ¿Su enfermedad, que ciertamente ya limita su accionar político y gubernativo, le ha dado una lucidez y una elevación espiritual de que carecía o que, por lo menos, no exhibía?

Sea por lo que sea, tal es la actitud que corresponde en todos los actores políticos y en la sociedad toda, cualquiera haya sido la fiereza y el costo de nuestros enfrentamientos, antes, durante y después de la dictadura. Debemos, todos, dejar de correr tras cuentas morales incobrables y dedicar nuestras energías a mejorar la situación del país y construir un futuro mejor para nuestros hijos.

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