LEONARDO GUZMÁN
Desde esta Banda Oriental, cuesta comprender el culebrón de YPF, Repsol y una familia Eskenazi, proyectados a la primera plana mundial por consecuencia del decretazo expropiador K. con saca fulmínea de los Directores.
Nos cuesta entender los vericuetos jurídicos, económicos y políticos que en 20 años han oscilado entre el estatismo, la privatización y la participación de influencias en una empresa con la envergadura de YPF. Es que en el Uruguay desde hace más de un siglo sentimos una vocación muy definida por poseer, en temas claves, empresas del Estado fuertes y controladas: mejor o peor manejadas, pero nunca inmersas en entregas accionarias turbias a pagar con utilidades forzadas ni sometidas a la voluntad omnímoda del Presidente. Mujica parece acompañar ideológicamente a Cristina Fernández, pero su Poder Ejecutivo no podría efectuar aquí lo que ella acaba de hacerle a la empresa española: la Constitución se lo prohíbe.
A la vista de lo que vive hoy YPF y los riesgos de las respuestas de España y Europa, nosotros debemos sentir legítimo orgullo de que aquí en el Uruguay, por encima de partidos, las empresas del Estado estén al abrigo de semejantes manejos y no sean aptas para el bochorno.
Pero no nos quedemos en la superficie de ese orgullo. No nos conformemos con que las empresas públicas saquen buena nota internacional en seguridad jurídica. No tomemos esa buena nota como un activo fijo que se vigila solo por haberse acumulado en más de un siglo aparentemente sin erosiones ni amortización. Advirtamos que ese es el fruto de la reciedumbre de grandes hombres que hicieron honradamente grandes cosas. Y sobre todo, tengamos presente que la limpidez de las empresas estatales es un capítulo importante pero no único de la vigencia del Derecho en general. ¡Y en esa materia andamos a los tumbos, por haber aflojado los sentimientos normativos! ¿O acaso no nos flaquean a la vez el Derecho y la moral -un homicidio diario, rapiñas, fuga en el INAU- más las buenas costumbres -mugre en las calles- y los usos del buen gusto -palabrotas y ofensas desde púlpitos públicos? ¿O acaso no nos flaquea lo humano?
Felizmente, podemos anotar éxitos: en 2002 el Presidente Batlle y sus ministros manejaron la crisis mucho mejor que Grecia y España ahora. Felizmente también, ciertas aberraciones no nos ocurren: nunca soportamos un rey que en plena crisis se haya ido a cazar elefantes, gracias a que por mandato artiguista somos República y no monarquía y merced a que nuestros Presidentes ni pueden irse al África en secreto ni se enferman de frivolidad.
Pero no nos quedemos orondos con esas comparaciones. Mejor, recordemos que si como país hemos sedimentado virtudes, ello ha sido el fruto de la energía puesta al servicio de principios fuertes y reflexiones profundas. Recordemos, sí, que mucho antes de construir refinería y represas, el Uruguay tuvo una fecunda matriz energética: el espíritu de su gente. Entonces, si queremos mirar más allá de lo que pueda traer la coyuntura 2012, debemos fortalecer al Derecho entero, apoyándolo en la institución que ni se instaura ni se deroga: la persona.
Porque si con cristales opacados por la ideología insistimos en mirar al colectivo o a la sociedad y continuamos aceptando callados lo que arroja el sistema, seguiremos hablando de espectros y no de nuestro destino como criaturas y como nación.