De menudeo y dignidad

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LEONARDO GUZMáN
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Por un tema de oftalmología, para evitar la demora de su mutualista, el Dr. Luis Calabria Barreto se hizo atender en el Hospital Policial. No tenía derecho. Y apenas aparecido, renunció al relevante cargo de Director General del Ministerio del Interior.

Pudo quedarse. Pudo acomodar el cuerpo y entreverar su nombre en la zaranda de acusaciones minoristas que se entrecruzan en estos días. Pudo hacerse ovillo hasta que amainara el temporal. Pudo interpretar las normas a retorcijones y pudo apostar al país donde “no passsha nada”.

No hizo nada de eso. Con llaneza admitió el error y con la frente en alto se fue.

El motivo de su dimisión era menor y hasta subsanable, pero la lección de su gesto es mayor e inmarchitable.

El Director General del Ministerio que tiene por competencias regir a la Policía y custodiar la legalidad no puede tener su nombre entreverado ni su conducta en entredicho. Por eso, la actitud del Dr. Calabria ha tenido en estas horas el reconocimiento del ministro Heber, de Alianza Nacional y de voces provenientes de todos los partidos.

Es que esta salida abrupta sobrepasa lo sectorial y aun lo partidario. Rescata a la persona, no sólo del protagonista a quien le tocó el sufrimiento de pagar con su cargo una consulta médica, sino a la persona de cada uno de nosotros.

Se vive de transa en transa. Se camina entre despojos humanos. Se argumenta con mentiras y se falsea hechos, generando conflictos y distorsionando procedimientos. Se impersonaliza hasta la portería de los edificios. Cuando en este panorama aparece alguien capaz de erguirse frente a un error propio, capaz de amar la regla de Derecho más que a su interés y capaz de sacrificar lo inmediato para salvaguardar un bien común permanente, todos debemos aplaudir.

Con su autocrítica y su toma de distancia, el Dr. Calabria proclamó que no todo es funcionalidad negociable y no todo es interés. Al hacerlo, revivió una tradición política y no política que supo hacerle levantar la mira al Uruguay.

Quienes estamos convencidos -y somos muchos- de que antes que problemas económicos estamos sufriendo una patética caída cultural, debemos regocijarnos cuando, tras una errata, un servidor público se juzga y se alza por encima de sí mismo.

En esta clase de posturas confluyen siglos de sabiduría. Para Montesquieu, el principio fundador de toda república es la virtud de cada ciudadano. Para Kant, el yo no solo piensa y hace sino que se desdobla para juzgarse reflexionando. Para el cristianismo, es primordial el examen de conciencia. Para el liberalismo, la mayor esperanza finca en la lucidez reformadora.

Y más acá y más allá de las doctrinas, en gestos enaltecedores como éste resuena la tradición nacional de política hecha de cara a la gente, respondiendo ante la ciudadanía -que es más que la población-, compuesta de señoras y señores -que son más que vecinos- y proponiendo modelos para admirar -que es más y compromete más que proponerlos como referentes.

La dimensión moral y espiritual del Uruguay se logró no solo por quienes insistieron en quedarse de cualquier manera, sino merced a quienes supieron sacrificar el ego inmediato en nombre de su yo superior.

Y visto el panorama nacional, eso no debe pasarnos inadvertido.

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