La Academia Nacional de Letras celebró ayer en el Palacio Taranco su sexagésimo aniversario. Nació, sí, en 1943. Tiempos del renacer institucional del Uruguay, que afirmaba con decisión y orgullo su democracia mientras en Europa se entronizaban los más crueles despotismos y se encarnizaba la guerra. Tiempos en que éramos albergue esperanzado para emigrados.
La memoria colectiva nos dice que eran épocas de vacas gordas, con exportaciones agropecuarias que se pagaban mucho y multiplicación de industrias por sustitución de exportaciones. El recuerdo personal nos dice otra cosa: eran tiempos de gasógeno, de modestia económica, en que Giuffra y Di Leoni nos mostraban 19 veces menores en superficie que la Argentina y 45 veces menores que el Brasil y en que el Hermano Damasceno (HD) nos enseñaba que habríamos podido integrar las Provincias Unidas o el Imperio del Brasil... Pero a pesar de esos datos externos, teníamos orgullo, personalidad y carisma porque independizábamos los sentimientos y las ideas a partir de los cuales vivíamos y construíamos camino propio, altamente diferenciado del estado de confusión que entonces vivían vecinos y lejanos.
Si por encima de la guerra interna pudimos edificar la paz a partir de 1904, si pudimos sobresalir en América por cimentar la libertad y si pudimos ser grandes y admirados, no fue porque nos hayan singularizado nuestras desgracias —que en definitiva fueron las propias de la peripecia humana— sino porque hubo sucesivas generaciones dominadas por plumas vigorosas en la descripción y rotundas en la convicción. Plumas aceradas, con hombre entero detrás.
El quehacer de esos ilustres ciudadanos, cuya nómina desbordaría cualquier crónica, se volcó en columnas de diarios, folletos y libros que recibieron el más variado destino. Pero todos concurrieron a que el Uruguay resultase —para los exiliados de España, los perseguidos judíos y tantos otros— una nueva Atenas.
Sesenta años después de fundada la Academia Nacional de Letras, es natural rendirle homenaje en el recuerdo de sus epígonos, tales como Juana de Ibarbourou, Emilio Oribe, Carlos Vaz Ferreira, Fernán Silva Valdés, Carlos Sabat Ercasty... El aniversario la encuentra en pleno reconocimiento en el concierto internacional y en pleno trabajo de detección de uruguayismos y defensa de tradiciones, al punto que acaba de presentar una vigorosa recopilación de "Mil dichos del Uruguay" que recoge la creatividad popular de nuestra identidad.
Y, lo que es aun más importante, la Academia Nacional de Letras entra en su séptima década cargada con la altísima misión de reponer la lógica de las ideas en su debido lugar, batallando no sólo contra las violaciones a la ortografía y los desvíos de la sintaxis sino contra la caída vertical del rigor del pensamiento, del hábito de síntesis y de la fundamentación orgánica de lo que se sustenta.
Porque si el Uruguay alcanzó cumbres por ser Estado de Derecho y tener gobiernos ejemplares, fue porque la educación popular alcanzó niveles de excepción y el discurrir colectivo se nutrió con expresiones creativas en poesía, novela, ensayo, crítica y tesis periodísticas. Letras. Verbo.
Evocar la función germinal que cumplieron las letras no es, pues, sólo mirar hacia el pasado: es, sobre todo, señalar con el dedo las causas de la decadencia que nos atrapó mucho antes que nos lastimase la crisis económica. Esa decadencia no es el fruto de inactividad cultural sino de la falta de peso de esa actividad en un país que resolvió quedarse absorto ante las cifras en vez de cultivar el humanismo para, desde él y con él, modificar sus malos hábitos.
El lema rector de la Real Academia de la Lengua Española es "limpia, fija y da esplendor". Ese lema recoge un propósito universal, digno de algo más que aquella caricatura que de él hacía nuestro pulidor "Loxol", cuando proclamaba "limpia, pule y da esplendor". Merece un trabajo denodado, cuya urgencia se mide en calidad de almas.