LEONARDO GUZMÁN
Como nuestros Difuntos valen más que disfraces y calabazas, en estas fechas estremece lo dejado por nuestros muertos queridos. No Halloween, caricatura de una persecución religiosa impropia del alma liberal.
Atahualpa Yupanqui enseñaba: "Si los caminos son leguas en la Tierra y nada más, a qué le llaman distancia -eso me habrán de explicar". Tenía razón más allá del texto, trasladable a: `Si la muerte nos despide de la Tierra y nada más, a qué le llaman ausencia -eso me habrán de explicar".
Siempre se supo que perviven voces, ideas y ejemplos de los muertos. La mitología condensó la comunión del pensar y el sentir veinticinco siglos antes de que se hablara de la continuidad del plasma y se sobreviviera por trasplante de órganos. Somos más que el tironeo de las pulsiones primarias, más que el producto de nuestro medio y más que la cruza de arquetipos: somos gesto, respuesta, actitud, libertad creadora. Y eso lo adquirimos de entrecasa, del aula, del trabajo, del encuentro con el prójimo que nos machaca conceptos o nos regala frases que captamos al vuelo y se quedan a iluminarnos.
El inmenso valor de ese tejido íntimo es supinamente ignorado por las descripciones de la especie, las estructuras y la sociedad que prescinden de lo que llevamos dentro. Lo "subjetivo" es mentado a veces, pero sólo como herramienta para la adaptación y la funcionalidad -ignorando que es allí donde nos forjamos como persona y como trascendencia.
Contra esa reducción de lo humano se alzaron sucesivamente Dilthey -vertebró las ciencias del espíritu-, Croce -enseñó a sentir la historia como pensamiento que se hace acción-, Bergson -reivindicó la intuición-, Bachelard -valorizó al sujeto hasta en las ciencias duras- y Benedicto XVI, que hace unas semanas llamó al Uruguay a sentir la trascendencia.
Hoy sus mensajes triunfan desde YouTube. Sí. El otro día uno buscó en Internet a George Enescu y, apretando unas pocas teclas, apareció Sergiu Celibidache, muerto hace doce años, dirigiendo hace más de treinta la Rapsodia Rumana. Celibidache abominaba las grabaciones: argumentaba que pierden material sonoro y no logran el ángel del concierto: la trascendencia. Pero más allá de su prédica, ahí está él trascendiendo en grabaciones, clandestinas, en blanco y negro, todo espíritu, gitano y culto, alumno de Husserl, moviéndose como si algo respirara en él, con un logos dirigiendo al Director… Y en la vida activa, ahí está él, trascendiendo en la valía consagrada de sus alumnos, como nuestro Roberto Montenegro -que dirigió a Dvorak nada menos que en Praga- y el chileno Francisco Rettig -siempre inspirado con la Ossodre, a condición que haya orquesta…, y tantos otros.
Cuenta Rettig que Celibidache les pedía a sus alumnos "Sean más que Beethoven". Sonaba a disparate. Pero no pedía que fueran más en talento, mensaje o marketing. Llamaba a que se elevaran desde el pentagrama -como en Derecho debemos elevarnos desde el texto-, ampliando una conciencia sin fronteras, capaz de recuperar al genio muerto en la ruta sin límites de nuestro Gorgias altivo frente a la cicuta: "Por quien me venza con honor en vosotros".
En ese proceso, cada uno es único pero está tejido por las voces y los ademanes que recibió de antepasados y maestros.
Por eso, la frontera de la vida con la transfiguración y la resurrección es dolorosa, pero tanto es tenue que hasta vienen borrándola los espectros mundiales de Internet.