FRANCISCO GALLINAL
El pasado jueves, junto al Dr. Lacalle, efectuamos la presentación pública de los equipos técnicos de los Institutos Oribe y Aportes, que trabajarán en la elaboración de la plataforma de gobierno de Unidad Nacional, y contribuirán a su ejecución. En ese marco, confirmamos que el IRPF será derogado, para los pasivos de inmediato, y para el resto de los alcanzados por este impuesto determinaremos las condiciones dentro del primer año de gobierno.
Este pronunciamiento concitó, naturalmente, la requisitoria periodística sobre las implicaciones y condiciones de este compromiso político, por lo que entendemos oportuno hacer algunas consideraciones sobre el tema.
Hay que destacar un concepto medular, que va más allá del IRPF, que se expresa en muchos otros planos, porque la aplicación de esta herramienta, tal como ha sido planteada por el gobierno, revela el cimiento ideológico de un modelo de país que no es el nuestro. Es imperioso dejar de acosar a la clase media, de denostarla por "platuda", de empobrecerla material y culturalmente, cuando ella representa la garantía de la movilidad social y la gran reserva de estabilidad democrática, y por consiguiente debe ser fortalecida, ampliada y protegida.
La derogación del IRPF debe verse en el contexto de los lineamientos que seguirá la política fiscal de nuestro gobierno. Ella habrá de apuntar a reducir la presión fiscal, que se encuentra en niveles elevadísimos. Las magnitudes y los tiempos en que ello será posible estarán determinados por las condiciones en que recibiremos la cuentas públicas del gobierno frenteamplista, luego de años de manejo imprudente.
Véase que hay coincidencia de los especialistas en que, despejados ciertos artilugios de la contabilidad pública, el déficit fiscal real estaría en el orden de entre 2 y 3% del PBI, y esto después de todos estos años de formidable bonanza externa y masivo aumento de la recaudación.
Entonces, a la pregunta de "¿cómo se piensa sustituir el IRPF?" no podemos contestar, como hubiéramos querido, "con nada".
Primero tenemos que sincerar los números y ver cuán grande es el agujero fiscal que heredaremos y que seguramente exigirá un ajuste, que deberá realizarse por el lado del gasto, porque no es posible pensar en seguir aumentando tributos, no hay margen para eso, lo que postulamos es justamente lo contrario.
Al mismo tiempo deberemos evaluar la situación de la economía internacional y regional y su incidencia en la proyección de nuestro crecimiento, que influye directamente en la proyección de la recaudación fiscal.
Con esos elementos construiremos un presupuesto austero que apunte en primer lugar a equilibrar el resultado y, a partir de ahí, con una regla fiscal muy estricta, aplique los futuros incrementos de recaudación, los "espacios fiscales" (reales y no virtuales), a la disminución de impuestos y/o de la deuda pública y su carga de intereses.
Allí estableceremos las pautas de sustitución del IRPF por otras fuentes, en la esperanza de que sean transitorias, siempre con el objetivo de que, al pasar raya al final del gobierno, hayamos logrado el objetivo de disminuir impuestos y de que la sociedad en su conjunto experimente un alivio de la muy pesada carga tributaria que soporta.