En su gira por China, el Presidente Yamandú Orsi visitó en Beijing la Universidad de Estudios Extranjeros. Una estudiante, Lu Yuelin, le cantó Tu Vestido. El profesor Orsi se emocionó y llamó a su creadora, Ana Prada, cantautora y psicóloga, para compartir la alegría de que en el otro lado del mundo resuenan sus acordes uruguayos.
La llamada del Presidente a la señora Ana Inés Prada Montauba tiene -más allá de la afinidad política- el valor del apoyo a lo auténtico y el reconocimiento a todo lo que aporta el arte a la construcción de los sentimientos personales y la identidad nacional, también desde la mezcla de ritmos, instrumentos e inspiraciones del nuevo folklore oriental.
La canción es apenas un soplo inmaterial. Su vibración no se ha de computar entre los logros económicos de un viaje gubernamental, emprendido con fines precisamente económicos. Sus tres minutos no han de figurar en los millones de dólares que fuimos a buscar allende el Pacífico y su letra en español no ha de llegar a los 1.400 millones de chinos. Pero cumplirá la irremplazable función del arte: abrirnos desde lo particularísimo a lo ajeno y universal, dando vida a los duendes de la ilusión por encima de limitaciones, enfermedades y penurias de nuestros cuerpos y nuestra economía.
La grandeza con modestia del episodio se me recorta contra un recuerdo que es personal pero con mensaje permanente y hasta de orden público: la vez que el profesor de Historia Universal nos dijo en el Instituto Vásquez Acevedo -hoy reducido a IAVA- que para ser realmente universal la historia debía incluir China, India y Japón, que eran las potencias que advendrían. Nos explicó que en ese año, iba a comprimir Grecia y Roma en el primer semestre e iba a dedicar el segundo a explicar el Lejano Oriente por fuera de las rutinas del programa. ¡Y vaya si fue por fuera! Desde julio, el Dr. Lincoln Machado Ribas empezó a entrar al aula con un cuaderno donde anotaba nombres y fechas de lo que iba aprendiendo para enseñar, en 1953, la historia del mundo que iba a venir, en vez de limitarnos a dar historia de Europa proclamándola universal.
Con ese ejemplo nos enseñó educación permanente décadas antes que la proclamara René Maheu desde la UNESCO. Nos enseñó apertura mental y nos dio rudimentos de comprensión sociológica de lo diverso. Nos impartió las bases del ideario de Lao-Tsé y del tao; y del llamamiento de Confucio que, despojado de metafísica, convocaba a tener conciencia del centro y de la igualdad, preludiando por siglos el sentimiento de fraternidad y equivalencia. Socialista amigo de Emilio Frugoni, Lincoln Machado Ribas era laico, pero en sus clases confrontaba el ideario cristiano con el budismo. Educador de alma, pasaba de lo genérico a lo intimo sin que se notase: corregía la ortografía, enmendaba la puntuación y reclamaba caligrafía “porque hay que escribir para que los otros entiendan”.
Al año siguiente el experimento no pudo continuarse por motivos burocráticos deleznables.
Pero el precedente dejó testimonio de una actitud abierta y creadora, en la cual, por encima de partidos, teníamos fe en que el encuentro de las culturas iba a sacarnos adelante como personas y como pueblo.
Todas las cuentas hechas, esa actitud sigue haciendo angustiosamente falta.