Es sabido que la expresión latina “Cartago delenda est” (“Cartago debe ser destruida”) se atribuye al senador romano Catón el Viejo, quien, preocupado por la amenaza que representaba Cartago para Roma, terminaba todos sus discursos con esta frase, sin importar el tema tratado. Era una declaración de principio, una advertencia y un llamado a la acción ante lo que consideraba un peligro existencial.
Hoy, esa misma obstinación y fijación se trasladaron directamente a la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde el Estado de Israel ha sido convertido en el Cartago moderno. Entre 2015 y la actualidad, la Asamblea General ha aprobado 246 resoluciones de condena contra diferentes países. De ellas, 170 -un abrumador 69%- están dirigidas exclusivamente contra Israel.
Para ponerlo en perspectiva, en ese mismo período, se han aprobado:
• 9 resoluciones contra Irán,
• 10 contra Corea del Norte,
• 12 contra Siria,
• 25 contra Rusia,
• y ninguna contra China, Pakistán, Afganistán, y una larga lista de etcéteras.
Estas cifras no solo revelan un desequilibrio, sino también una intención política de demonizar a un solo país. Esta situación, además de ser injusta, desvirtúa el propósito de la ONU como un foro para la resolución equitativa de conflictos internacionales. En lugar de abordar de manera objetiva las complejas problemáticas globales, las resoluciones se han convertido en una herramienta para perpetuar narrativas parciales y cargadas de animosidad.
Uruguay, lamentablemente, no ha sido ajeno a esta tendencia. Desde 2015, nuestro país se abstuvo en 43 votaciones (5 veces en gobiernos del Frente Amplio, y todas las restantes en el gobierno de Luis Lacalle Pou) y votó a favor de 125 resoluciones contra Israel. Nunca, ni una sola vez, votó en contra. Es cierto que Uruguay ha mantenido históricamente una postura favorable a la solución de dos estados para dos pueblos, posición que comparto. Sin embargo, las cifras actuales dejan en claro que estas resoluciones ya no persiguen ese objetivo. Más bien, han convertido a la ONU, con la complicidad de Uruguay, en un espacio donde el señalamiento a Israel se ha vuelto un fin en sí mismo.
Esta semana, Búsqueda informa que Uruguay planea revertir la tendencia abstencionista de los últimos cinco años, para retomar el camino de avalar con su voto el permanente hostigamiento de la ONU contra el Estado de Israel.
Tenemos la obligación de preguntarnos si el gobierno avala esta obsesión con conocimiento de causa o inadvertidamente. Si lo hiciera inadvertidamente, deberían bastar estas líneas para corregir el error. Pero, no podemos dejar de concluir que el gobierno sabe perfectamente lo que está haciendo. Recordemos las palabras de Elbio Roselli, exrepresentante de Uruguay ante la ONU en el segundo gobierno de Tabaré Vázquez. Consultado sobre el desbalance contra Israel en la ONU en Desayunos Informales en febrero de 2024, lo explicó muy claramente “el 30% de los miembros de las Naciones Unidas son países musulmanes. ¿Tengo que decir algo más?”.
La decisión anunciada por el canciller Lubetkin es un profundo error. Votar en contra de resoluciones que demonizan a Israel no significaría abandonar el apoyo al derecho del pueblo palestino a la autodeterminación, sino expresar una profunda disconformidad con la desproporción y el sesgo que caracterizan a las decisiones de la Asamblea General. Es una cuestión de principios, de justicia y de coherencia con los valores democráticos que nuestro país siempre ha defendido.
Cartago fue finalmente destruida, pero no por ello Roma garantizó su seguridad ni aseguró la paz en el Mediterráneo. De igual forma, la demonización de Israel no llevará a la solución del conflicto en Oriente Medio. La comunidad internacional debe centrarse primero en destruir la principal causa de esta guerra, que es el terrorismo, y luego en promover un diálogo genuino y equilibrado. No en perpetuar una narrativa que ignora las complejidades del conflicto y favorece la polarización.
Uruguay tiene la oportunidad de dar un paso al frente y marcar una diferencia. Es hora de decir basta a la desproporción. Es hora de que Uruguay diga, con claridad y firmeza: esta tendencia debe ser destruida.