Canto de sirenas

Álvaro Casal

Dentro del cúmulo de imágenes que llegan de Libia, cada uno de nosotros capta alguna como elemento arquetípico e inolvidable del caos que se ha desatado allí.

Cadáveres de milicianos anónimos olvidados en las calles, rostros sonrientes de periodistas liberados de su secuestro, misiles surcando los aires e impactando en palacetes, el tirano Gaddafi amenazando, rebeldes replicando…

Puede ser también que la captación de una imagen se concrete en la fotografía de dos rebeldes que habiendo entrado en la casa de la hija de Gaddafi, ríen y uno se ha sentado en un extraño sofá: se trata de un enorme mueble de oro (o apenas dorado), en forma de sirena gigantesca cuya cabeza es réplica de la cabeza de la hija de Gaddafi. Esa hija rubia, llamada Aisha, abogada treintañera, ex funcionaria de la ONU (fue despedida), conocida en Libia como la Claudia Schiffer árabe.

Si fuera obra de ingleses, esa sirena áurea podría considerarse como una broma digna de quedar incluida en una novela de Evelyn Waugh.

Pero no es ni remotamente británica, no es ni remotamente un chiste, aunque si Waugh viviera, seguramente, aplicándole su ácido humor le hubiera sacado provecho. Esta es una nueva versión de sirena que asombraría hasta a Casona, el inolvidable autor de "La sirena varada".

El asombro surge porque todo indica que está hecha en serio y así, en cierta forma nos ilustra acerca de los senderos por los cuales transitan las mentes de un dictador y su entorno.

Tal vez el sofá-sirena fue un regalo de cumpleaños de papá Gaddafi, quizás lo encargó a un artesano libio la misma Aisha. Muchas posibilidades surgen frente a esa extraña pieza de mobiliario.

Hasta la de que su construcción haya sido encarada recordando al Ulises legendario que, sintiéndose atraído por el canto de las sirenas se hizo atar al mástil de su nave para evitar ser arrastrado por su seducción.

Uno se queda pensando en esa gente con actitudes brutales, despiadadas. ¿Serían capaces de compenetrarse de la historia del retorno de Odiseo, navegando por el Mediterráneo y tal vez compararlo con la eventual navegación de Gaddafi por el laberíntico inframundo que cavó bajo tierra para una posible huida?

Todo es posible. ¿Acaso no eran aficionados a la más bella música clásica aquellos crueles oficiales alemanes que dirigían los campos de exterminio nazis? ¿Por qué no representarse a Gaddafi en su dédalo leyendo "La Odisea", tal vez reclinado en un sofá-sirena?

Al fin de cuentas, a lo largo de cuarenta y dos años de dictadura hasta para eso tiene que haber contado con un rato. Tuvo tiempo para diseñarse todo tipo de atuendos, incluyendo uniformes sin precedentes, en una tonalidad azul cielo, recubiertos de entorchados multicolores.

No cabe duda que en los grandes bolsillos con que los dotó, podría caber al menos un ejemplar de la obra de Homero, sin dejar fuera ni uno de los diez mil versos.

Aunque atendiendo al perfil más probable de este Midas moderno, uno tiende a pensar que más le gustaría rellenarlos con lingotes.

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