Cameos de la nieve

Más allá de los pueriles debates ideológicos recientes, hablemos de La sociedad de la nieve como lo que realmente es: una obra maestra del cine.

Si aún no la viste te encarezco que no sigas leyendo, porque las referencias que daré aquí te arruinarían el impacto emocional que provocan varios de sus mejores momentos.

La genialidad del director y coguionista J. Bayona y del autor del libro Pablo Vierci no está solamente en esa combinación perfecta de verismo narrativo y contenido existencial. Hay detalles de guion dignos de análisis. Como la escena inicial en la Iglesia, donde se escucha en segundo plano el sermón de un cura que literalmente narra todo lo que va a acontecer en la película, en clave cristiana.

Como el magistral paralelismo entre la acción de primer plano de esa misma escena (los chiquilines pasándose un papelito que llega por fin a Numa Turcatti, donde reclaman al amigo que viaje con ellos) y la escena cercana al final, cuando Numa acaba de morir y los sobrevivientes se pasan un papel similar que él les había escrito como mensaje póstumo. Igual a lo que ocurre en la Iglesia, el último en recibirlo lo muestra al espectador: “No hay amor más grande que el que da la vida por los amigos”. Pensar que esa frase no fue ideada por los guionistas, sino que reproduce lo que Numa escribió de verdad, resulta sobrecogedor.

Otro hallazgo notable es el de los cameos de los verdaderos sobrevivientes.

Este recurso proviene del teatro inglés del siglo XIX y consiste en insertar apariciones fugaces de personalidades famosas en medio de una obra de ficción.

En general, los directores de cine lo han utilizado con fines humorísticos: un caso emblemático fue el de Alfred Hitchcock.

Los de La sociedad de la nieve, en cambio, están estratégicamente colocados en la historia para potenciar su valor simbólico. Son varios, pero solo tengo espacio para comentar algunos.

Cuando Enzo Vogrincic llega a su casa en bicicleta, saluda a un vecino que venía caminando por la vereda: ese muchacho es sobrino del verdadero Numa Turcatti. Un encuentro que la injusticia del accidente impidió que se concretara, pero que fue así recompensado en la ficción.

Otro: la llegada del actor que interpreta a Fernando Parrado al aeropuerto de Carrasco con su madre y su hermana. La persona que les abre la puerta es el verdadero Parrado. Ellos entran y él sale. Dolor por la pérdida, resignación por un destino inmodificable: la metáfora de la partida de ellas y de su retorno en soledad es escalofriante.

En la parte final, el actor que interpreta a Roberto Canessa es ayudado a subir a la ambulancia por el verdadero Canessa, de túnica blanca, sonriente. Parece decir con la mirada: él y yo somos uno; gracias a que él volvió, soy este médico que dedicó su vida a sanar niños.

Todos los que conocemos la hazaña de los Andes tenemos grabado el testimonio de Carlos Páez Vilaró, cuando evocaba la emoción y el miedo de leer los nombres de los sobrevivientes por teléfono al periodista Tomás Friedmann. Era como la lista de Schindler: los que no estaban allí habían perecido. Ver en la película al verdadero Carlos Páez interpretando a su padre y leyendo dos veces su propio nombre (“Carlos Miguel Páez, mi hijo”), es el homenaje más impresionante que puede hacerle a quien nunca abandonó la esperanza del reencuentro. Quienes conocimos y admiramos al autor de Entre mi hijo y yo, la luna, no podemos menos que romper en llanto en esa escena descomunal, un cruce casi místico entre ficción y realidad.

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