Cambios en la región

Es muy difícil entender lo que ocurre a nivel regional si se lee la realidad con ideológicas gafas izquierdistas. Pero es muy necesario comprenderlo, porque la elección del 26 de octubre en Argentina nos termina de poner frente a un enorme desafío.

En primer lugar, hay que apreciar bien lo de Argentina. Su estabilización financiera y económica, con claroscuros, fue exitosa. El liderazgo presidencial, a pesar del golpismo kirchnerista, se afirmó, y con él se afianzó la agenda de profundas reformas prometidas en 2023. La alianza Buenos Aires- Washington es la más honda y sustancial de toda la historia: es financiera, comercial y de inversiones, pero sobre todo será civilizacional, geopolítica y estratégica. No para quitar del medio al comercio con China, pero sí para asumir un rol clave entre los pilares que Occidente precisa para expandir internacionalmente sus mejores valores.

En segundo lugar, el continente va reduciendo su perfil izquierdista. Por un lado, si la administración Trump realmente avanza decididamente, es posible que caiga la narco-dictadura venezolana: dependerá, periféricamente, de los acuerdos bilaterales Washington-Moscú centrados en Europa del este. Si cae Maduro, caerá naturalmente la tiranía cubana. Se abrirá así un tiempo removedor en esa natural zona caribeña de influencia estadounidense: Miami es la capital cultural y económica hispanoparlante de esa región, y hace lustros que se prepara allí la transición democrática cubana.

Por otro lado, se sabe que Brasil no quedará internacionalmente aislado en un lugar anti-estadounidense: no hay por qué pensar que la sempiterna capacidad diplomática norteña se transforme, por causa de una ceguera ideológica zurda de pacotilla, en una caricatura que olvide cuáles son sus intereses nacionales en este nuevo tiempo. Además, con una región sudamericana del Pacífico volcada hacia la derecha -el Chile de derecha, en este sentido, será clave-, y con una Argentina socia estratégica de Estados Unidos (EEUU), a nadie inteligente se le ocurrirá en Brasilia apostar a una radicalización pro-China y pro-BRICS si ello implica, por cierto y en paralelo, abandonar su lugar de influencia regional en favor de Buenos Aires.

Así las cosas, el seguidismo mercosuriano-brasileño, que es desde siempre el norte de la política exterior del Frente Amplio, quedará obsoleto. Primero, porque Buenos Aires abrirá su comercio a un mayor protagonismo bilateral con Washington. Segundo, porque la apuesta ideológica-latinoamericanista irá perdiendo atracción a medida que se perciba que EEUU está de regreso y sin contrapeso alguno, máxime cuando con el paso del tiempo se vaya develando la trama regional corrupta por lustros generada desde Caracas. Y tercero, porque la Sudamérica que muy mayoritariamente terminará de virar hacia la derecha con la elección presidencial chilena seguramente mostrará además buenos resultados económicos tras el liderazgo argentino-estadounidense.

Montevideo debe revisar su sistemático alineamiento tras Brasilia y su Mercosur. Si se lee la realidad internacional sin las gafas latinoamericanistas del comité de base, queda claro que esa no es la estrategia que mejor satisfará nuestros intereses de política exterior. Guste o disguste, Trump y Milei lo cambiaron todo.

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