Cambió el clima político

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tomás linn
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A medida que avanza la discusión sobre la Rendición de Cuentas, avanzan también (a veces en forma agresiva) los reclamos de diferentes sectores del Estado por sacar la tajada más grande.

Este es un ritual de todos los años y concierne a la actividad pública en la medida que la Rendición de Cuentas trata sobre cuánto se adjudica a quién dentro de ese enorme aparato del Estado.

Hace unos días comenzó la ocupación de distintas facultades de la Universidad de la República para reclamar una partida más grande. Este año, en materia educativa, el gobierno le dio prioridad a sus transformaciones en la enseñanza primaria y secundaria y en particular a los Centros Espínola que empiezan a funcionar en barrios socialmente postergados de Montevideo y también en el interior.

Ocupar facultades para reclamar más presupuesto para la Universidad es una práctica anacrónica e ineficiente. No sirve para nada y solo logra enojar al estudiantado que no se puede dar el lujo de interrumpir sus cursos.

La ocupación de facultades es inútil a la hora de lograr una mayor parti- da. Ella se negocia en otro terreno. Por un lado, las autoridades universitarias deben persuadir a los legisladores que merecen más recursos. Por otro, también debe haber un trabajo de persuasión anticipado, para que sus necesidades sean incluidas en la Rendición mucho antes de que salga del Ejecutivo hacia el Parlamento.

Las autoridades universitarias saben, además, que hay años en que tendrán más suerte que otros en relación a otros organismos del Estado. Los recursos son finitos y todos quieren ser los favorecidos con dinero que no hay. Cuando se da más a unos, a otros toca esperar. Los rectores saben que es así.

Hay otra razón por la cual la ocupación es una medida anacrónica y es que el clima político del país cambió. Hoy, mucha gente entiende que una ocupación vulnera su derecho y no tiene miedo a decirlo. Esto llevará a que esa gente presione a quienes actúan como si vivieran en el pasado, y los obligue a revisar sus tácticas.

Desde la salida democrática hasta el triunfo electoral del Frente Amplio en 2004, los partidos Colorado y Blanco gobernaron en otro contexto. Tuvieron los votos, es cierto, pero la gente no exteriorizaba con entusiasmo su apoyo a esos gobiernos. Más bien, era indiferente.

Se hicieron cambios importantes (en especial durante el período de Lacalle Herrera) pero siempre con temor, timidez y hasta algo de culpa. Es que el ruido opositor era más fuerte que la adhesión explícita de quienes los habían votado.

Hoy eso no es así. Sin duda el ruido opositor es fuerte, quizás más que antes, pero también hay un sector de la población que se siente identificado con este gobierno de la coalición y lo expresa en voz bien alta.

Esto no solo se ve en las redes. En las reuniones sociales y familiares, quienes tienen simpatías “oficialistas” se expresan sin complejos de que alguien los tilde de “derechistas” o incluso “fascistas”. Es que no lo son. Cualquier sea la categorización, en cualquier lugar del mundo a este gobierno se lo definiría como uno de centro, levemente inclinado a una derecha moderada. Sin embargo, calificarlo así no le sirve a la oposición, obstinada en presentarlo como algo que no es.

Bastó que aparecieran temas como la reforma jubilatoria o educativa para que la gente exprese su apoyo.

Es notorio que el Frente Amplio no se acostumbra a esta nueva realidad de un oficialismo muy respaldado y al negarse a verlo, tiene problemas en diseñar sus estrategias.

Desde el retorno de la democracia es habitual que al comenzar su tercer año, cada gobierno entra en un letargo que dura ese año. Este gobierno no fue la excepción y así arrancó el 2022.
Sin embargo bastó que pusiera sobre la mesa algunas iniciativas como la de la reforma jubilatoria (te-ma sensible si lo hay) y el de la transformación educativa, para que ese letargo quede a un lado y la gen- te exprese su apoyo. Algunas encuestas venían señalando un moderado descenso de su popularidad, pero al impulsarse estas iniciativas registraron un repunte.

La gente que apoya al gobierno quiere verlo en acción y tiene claro que aún siendo complejos, estos dos grandes cambios hay que hacerlos. En consecuencia, confía en que el gobierno no se detenga.

Si el sindicato de los docentes se opone, a nadie le importa. Si se ocupan liceos, se apoya a quien los desocupe. Por algo este gobierno fue votado y por algo volvió a contar con la confianza en las urnas al plebiscitarse la LUC.

El Frente no termina de entender esto y en su fastidio radicaliza su discurso. Piensa que de ese modo intimidará a quienes apoyan al gobierno. Logra el resultado contrario: los envalentona. Y en algún caso, en un efecto nada deseable, los radicaliza.

Este cambio de clima político se ve a simple vista. Solo los dirigentes frentistas y sus militantes no lo visualizan. Creen que están en la década de los 90.

Mientras así perciban la realidad y así respondan ante ella seguirán fortaleciendo el apoyo explícito que recibe este gobierno.

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