Anecdotario del Partido

Reto a duelo. Tenían sus respectivos estudios de abogados en Salto, Asdrúbal Delgado y Guillermo Burmester y ambos se encontraban enemistados. En un asunto en que defendían distintas partes, Burmester presentó un escrito en el cual había términos que Delgado consideró injuriosos para su persona. En consecuencia de ello, el Dr. Delgado lo retó a duelo, designando sus padrinos a los correligionarios José Avellanal y Enrique Berro, quienes se trasladaron en la tarde de ese mismo día al domicilio del Dr. Burmester, donde fueron informados por su empleado, Américo Olivera Lima, que aquél se había embarcado horas antes para Montevideo, agregando que se le comunicaría el motivo de la visita. El Dr. Delgado a renglón seguido, pasó una nota a sus padrinos haciéndoles saber que era su deseo, teniendo en cuenta la enemistad que lo separaba de Burmester, que el duelo se efectuara en condiciones enérgicas y severas y exigía que fuera a pistola, a veinte pasos y apuntando. Pasaron tres, cuatro, seis días y Burmester no regresaba de Montevideo. Un gran amigo de Delgado, quien se encontraba en Montevideo, le informó que Burmester se pasaba todas las tardes tomando lecciones de sable en la sala del Jockey Club. Transcurridos diez días, regresó Burmester a Salto y de inmediato fue visitado por los padrinos de Delgado y una vez cambiados los saludos de estilo, Berro sacó del bolsillo interior de su saco, la carta poder entregándosela a Burmester. Este, la leyó con gran asombro y observó a sus visitantes que aquel era un poder desusado en estos trámites caballerescos. Había ocurrido que Berro, confundiendo las notas, le había entregado en vez de la carta poder, la nota recibida posteriormente, en la cual Delgado exigía condiciones para el duelo. Finalmente, por intervención de distintos amigos —lo que sucedió decenas de veces en otros trámites iguales— y el retiro de términos por parte del Dr. Burmester, el duelo no se efectuó.

No entregaba el Poder. Durante una de las sesiones de la Cámara de Representantes ocurrió un incidente, que da medida de la mentalidad de algunos de los entonces diputados oficialistas. Hablaba el señor Ferrer Olais, contestando al Dr. Juan Andrés Ramírez y manifestaba la seguridad de que ningún gobierno presente o futuro tendría en cuenta razones políticas para proveer la dirección de los liceos. Eso será ahora —le objetó el Dr. Ramírez— pero ¿y si suben los blancos? No sé lo que harán, pero no han de subir. Entonces el señor diputado Ferrer Olais declara que no les entregaría el poder, insistió el Dr. Ramírez. Es verdad, contestó Ferrer. Hago constar señor Presidente que el señor Ferrer Olais declara que no entregará el poder a los blancos, dijo otro diputado. En lo que a mí depende, claro está que no, contestó Ferrer. Pero a esta altura, el presidente Dr. Saldaña cortó la incidencia con el consabido: "está prohibido el debate dialogando".

Presentación. En una de las Revoluciones, la de 1897, llegó un día al campamento blanco una delegación en misión de paz, que la integraba el integérrimo y gran ciudadano que fue el Dr. José Pedro Ramírez.

Departía éste con algunos jefes revolucionarios —el coronel Juan José Muñoz entre ellos— cuando se presentó un joven distinguido, con una vestimenta que daba compasión y saludó al Dr. Ramírez quien, al no reconocerlo en aquel estado, le preguntó su nombre.

Cuando el joven revolucionario lo dio, el Dr. Ramírez, lleno de asombro, sólo atinó a a decirle, palabras más, palabras menos; "pero muchacho, que diría Juan José si te viera en ese estado!"

Pasado el momento, el coronel Muñoz reprendió al joven por haberse presentado con esas ropas. El joven, se llamaba Luis Alberto de Herrera.

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