En 1967, con una mayoría de edad cercana, con amigos, enterados de que se convocaba personal administrativo para trabajar durante algo más de dos semanas con motivo de una conferencia de presidentes americanos en Punta del Este, nos inscribimos y allá marchamos. Primero hubo una reunión de ministros de Relaciones Exteriores y luego fue la de Presidentes, a la que concurrieron todos los países con excepción de Cuba, ya por entonces ajena al foro continental. A nuestro país lo representaba el Gral. Oscar Gestido, y —salvando otras menciones— a los Estados Unidos de América Lyndon Johnson.
Instalada la sede en lo que era el viejo Casino del Hotel San Rafael presenciamos el evento como "oficiales de sala", encargados de suministrar papel y lápices a los distinguidos presentes. Fue una experiencia grata la que —por otra parte— permitió hacer alguna moneda buena a nuestros entonces siempre desfondados bolsillos.
Al tiempo de exponer algunos presidentes improvisaban en el tiempo reglamentario y los más leían ajustados al protocolo.
Siempre conservé lo que fue entonces idea y sentimiento reiterado, que partía de boca de muchos mandatarios, el que allí comparecían por un lado los Estados Unidos con la sapiencia de su entidad federal, su mercado común, su empirismo y pragmatismo y su fuerza, y por el otro, los estados del sur del Río Bravo apresados por las dificultades internas, la debilidad de la desunión y el freno insuperable que para el desarrollo común y particular representaban cual muralla, sus fronteras.
Siempre hemos convivido con la prédica de José Artigas, inspirada en la experiencia norteamericana y su ensueño federal, atesorado como en pocos corazones, en la existencia del Partido Nacional, cuya razón primera de ser y permanecer enraíza sin vacilación en la vieja consigna reafirmada en el Cerrito: independencia, nacionalidad y americanismo.
Cuando hoy se propone cambiar la fecha patria del 25 de agosto por otra, por sostenerse que más que independencia ella significó ruptura con Brasil e integración a las Provincias argentinas, nos nace una particular rebeldía porque siendo tal conclusión cierta, su rechazo nos provoca la sensación de rechazo al ideal de un destino de integración y grandeza regional y continental que permanece vivo en lo más profundo de nuestra vocación nacionalista. Ello, a esta altura de la vida, a la luz de la experiencia histórica y las alternativas sobrellevadas por nuestros vecinos, no es óbice que nos impida valorar la suerte reafirmada de existir como estado independiente.
En su momento prácticamente 15 años atrás cuando el Mercosur nació, durante la presidencia del Dr. Luis Alberto Lacalle, nos parecía ingenuamente que ingresábamos en la buena senda. Y, la primera etapa del Mercosur, durante la cual casi el 50% de nuestro comercio internacional se canalizó por su intermedio, parecía confirmarlo. Hasta que llegaron las devaluaciones y las crisis de Brasil y Argentina, que enterraron en los hechos las expectativas comerciales que se venían construyendo. Hoy, con el despropósito de las plantas de celulosa, manifestación de la incapacidad negociadora y la falta de visión para resolver cuestiones internacionales por medio de los instrumentos civilizados de la diplomacia y el derecho internacional, todo parece naufragar.
En medio de los malos augurios que surcan el aire, desde una ciudadanía militante y responsable, ante cualquier circunstancia, así sea saliendo del proyecto de integración regional, nos importa reclamar que si se lo hace, se lo haga con inteligencia y cuidado, preservando las posibilidades del libre comercio zonal que aún rigen, las que en cualquier circunstancia, nunca dejarán de ser relevantes.