Disponemos nuevamente de la excelente biografía de André Maurois para conocer a cabalidad a Marcel Proust. Es un análisis razonado de su vida y de su obra, que, originalmente, viera la luz en 1949. El libro que menciono se titula: "En busca de Marcel Proust" (Vergara/ Ediciones B). Y en sus páginas el académico francés, que enriqueciera notablemente el género biográfico, se adentra en el mundo del biografiado, para recrear el universo interior del artista, pasando revista a sus ideas y sentimientos, ofreciendo asimismo otros enfoques sobre el quehacer del gran escritor.
Nacido en París en 1871, Marcel Proust era hijo del profesor Adrien Poust y de Jeanne Weil. A partir de entonces, André Maurois realiza, en sus exquisitas páginas, el largo peregrinaje en torno a los distintos momentos de la vida de su personaje central, sin omitir, naturalmente, a todos aquellos que de una manera directa o, a veces a la distancia, tuvieron importancia en la vida del escritor al cual evoca.
En consecuencia, repasa, de manera pausada, la vida de un hombre que amó con ternura el mundo de su infancia. Y es que, niño, rápidamente aprendió a identificar costumbres y rasgos de su tiempo. Maurois revisita los días del jovencito que comienza a cultivar la literatura y que comienza a trazar unas siluetas refinadas, a fuerza de palabras, para luego, con una erudición extraordinaria, con sensibilidad, agudeza y un estilo calmo y fluido que invita a la lectura, acercarse al creador que diera forma a esa obra monumental, "En busca del tiempo perdido", para terminar convirtiéndose en un maestro de la literatura universal.
A los cincuenta y dos años, el sábado 18 de noviembre de 1922, por la tarde, a causa de una pulmonía, murió Marcel Proust. Había trabajado hasta el último suspiro. Con "su voz extremadamente apagada, un poco jadeante y muy dulce" (según la recordaba su prima Suzy), había dado a Jacques Riviere recomendaciones para la edición de "Albertine desaparecida". Los amigos se fueron comunicando telefónicamente, con tristeza, la noticia. Muerto, Proust tenía los cabellos estirados y el bigote arreglado en punta; a los pies de la cama, en aquel sencillo dormitorio, había un enorme ramo de violetas, sobre la mesa estaba la pluma y, en un rincón, varios libros amontonados, unas hojas sueltas y algunos cuadernos.
Las exequias se realizaron en la capilla de Saint Pierre de Chaillot. Entre otros, había varios duques, príncipes, embajadores y los miembros del Jockey, con sus monóculos. El largo cortejo marchó luego lentamente por Champs Elysées. Tres horas más tarde todo había terminado, y la multitud se fue dispersando silenciosamente aquel día neblinoso y gris, alejándose de la última morada de Proust, que estaba cubierto de flores.
Por cierto, para escribir esta renovadora biografía, André Maurois consultó documentos personales, libretas de apuntes, cuadernos inéditos, notas del autor y hasta su correspondencia privada. También se entrevistó con todos aquellos que conocieron a Proust. La vida de este escritor ayuda a comprender su obra. Ella explica la sensibilidad cultivada desde la infancia, su comprensión de los diversos matices de los sentimientos humanos, sus alegrías, sus dolores, y su imperiosa necesidad de dejar impresas en la memoria de sus lectores las complejas y fugaces sensaciones de la vida.
Póstumamente aparecieron, cabe señalar, "La prisionera", "Albertine desaparecida" y, finalmente, "El tiempo recobrado", dando así su verdadero sentido a "En busca del tiempo perdido".
Digamos que Andrés Maurois afirma que ningún otro escritor, como Proust, estuvo más enteramente consagrado a su obra literaria.