Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Mundo Guasón

Es cierto: Guasón es una gran película. Se sale totalmente del formato de los filmes del género, en una apuesta que inició hace unos años la saga de Batman dirigida por Christopher Nolan.

Pero el motivo de esta columna no es hacer una crítica a esta buena película, sino reflexionar sobre un nuevo giro que está dando la industria global del entretenimiento.

Hollywood sigue preciándose de ser una de las industrias creativas más prósperas del mundo, no solo por la calidad formal y la ambición de producción de sus películas, sino porque tiene aherrojada a su gusto la distribución cinematográfica mundial. Si alguna duda cabe, alcanza con ver la hegemonía de películas norteamericanas de entretenimiento que ostenta nuestra cartelera, y cómo los exhibidores compatriotas terminan programando obras de otras latitudes (algunas de ellas nacionales) en horarios tan insólitos como las 14:30 de un día de semana.

Pero, se equivocan quienes creen que el cine industrial norteamericano es una especie de portavoz propagandístico de la cultura y el sistema económico de esa potencia.

Tal vez lo haya sido en los tiempos en que Frank Capra exaltaba el triunfo del individuo contra la arbitrariedad, en obras mayores como Y la cabalgata pasa o Qué bello es vivir. Ahora, lo único que mueve a Hollywood es el negocio.

El mainstream de la industria no se fundamenta en la libre creatividad de guionistas y realizadores. Investigan el mercado todo el tiempo y fabrican productos para responder a sus demandas específicas.

En ese contexto es que debe analizarse el éxito de Guasón. En tiempos de relativismo cultural y moral, al público masivo le empieza a parecer demasiado estúpido el esquema de superhéroe bueno y supervillano malo. Pide problematizarlo. Los guionistas se devanan el cerebro y llegan a la conclusión de que no basta con asustarnos con un asesino serial. Lo interesante es adentrarse en su mente, para justificarlo.

Hasta ahí, todo bien. Desde el Macbeth de Shakespeare hasta el Psicópata americano de Bret Easton Ellis, los creadores revelan su grandeza cuando logran que el lector o espectador empatice con la mente del criminal. Sin embargo, siento que Guasón da un paso más allá. Porque no solo justifica la conducta del asesino en la alienación que le provoca la sociedad que lo rodea. Utiliza el mismo recurso para justificar la revuelta social contra el orden establecido. Y no una revuelta promotora de libertad y justicia, sino más bien lo contrario: un llamado a romper todo, a subvertir la convivencia democrática. La película tiene algo en común con Psicópata americano, justamente en que instala la confusión entre lo real y lo imaginado por esa mente trastornada.

De lo que no hay dudas, es que acumula datos de la realidad de un país con déficit de políticas sociales (la asistente social que atiende al protagonista le informa un día que el gobierno canceló ese servicio) para justificar el caldo de cultivo de la intolerancia y el crimen. Los manifestantes que se ponen caretas de payasos verbalizan explícitamente que hay que matar a los ricos. Y si uno mira el comportamiento prepotente y despreciativo del millonario Thomas Wayne o del conductor de televisión que interpreta De Niro, prácticamente llega a la misma conclusión. Mirando la película sentí que su trasfondo ético tiene vasos comunicantes con la última temporada de la serie española La casa de papel. Los ladrones vuelven a las andadas en defensa de uno de ellos que ha sido detenido y al que han torturado. Igual que en Guasón, aparecen manifestantes que simpatizan con los delincuentes y se ponen máscaras de Dalí para protestar contra el sistema.

Ambos productos de entretenimiento tienen en común un desprecio manifiesto por las instituciones y las pautas de convivencia de las sociedades abiertas, y una simpatía por expresar el disenso no por la vía democrática, sino por la violencia pura y dura.

Y ese desprecio, cuando pasa al mundo real, alimenta el éxito de sus opuestos, los prepotentes como Donald Trump, los demagogos como Boris Johnson.

A ver si se me entiende: no quiero decir con esto que Guasón o La casa de papel representen malas influencias o que deban censurarse, nada de eso. Lo que sí creo es que, a la inversa, son claros emergentes del proceso de descomposición ideológica que estamos padeciendo en Occidente. Y no es casual que hoy las calles de Santiago de Chile, Quito y Barcelona estén reproduciendo algunas de esas imágenes de destrucción colectiva. Pertenecen a democracias plenas, donde rige la libertad de expresión y de cambiar al gobierno con la fuerza del voto. Pero las protestas saltean esas formalidades y los estados se defienden sacando a las fuerzas represivas a la calle, lo que acentúa la conflictividad como un círculo vicioso.

En los años 70, los uruguayos ya vimos toda esta película.

Incultura y pereza intelectual que, como una fuerza centrífuga, arrojan a la gente hacia los extremismos ideológicos de uno y otro signo.

Si habrá que educar para la democracia.

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