Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Cultura de la cancelación

Aunque el concepto se viene manejando públicamente desde el año 2015, debo admitir que lo desconocía, hasta hace unas semanas.

A raíz de la polémica en torno al doctor Álvaro Villar y la denuncia de acoso sexual contra uno de sus subordinados en el Hospital Maciel, una dirigente política de su sector realizó un extenso descargo en Twitter, más que del candidato, de sí misma, por el supuesto pecado de seguir acompañándolo. En un pasaje de su argumentación, dice más o menos literalmente: “Les pido que no me cancelen”. ¿Qué quiso decir?, me pregunté. ¿Cancelarla de dónde?

Un reportaje de El País de Madrid a la diputada del PP Cayetana Álvarez de Toledo, publicado días después, me daría la punta de la madeja de dónde tirar: “Cada vez son más las voces (...) que rechazan la deriva reaccionaria emprendida por las élites de izquierdas a finales de los 60 y que hoy se expresa mediante la discriminación, la intolerancia, lo que ahora llaman cancelación”.

Alcanza con googlear “cultura de la cancelación” para ponerse al día con un movimiento mundial, aparentemente espontáneo, que según Wikipedia promueve “retirar el apoyo moral, financiero, digital y social a personas o entidades mediáticas consideradas inaceptables, generalmente como consecuencia de determinados comentarios o acciones o por transgredir ciertas expectativas”.

Recién entonces me enteré que una de las consecuencias nefastas de ciertos impulsores de hegemonía cultural, que en tantas oportunidades denuncié en esta columna, tenía ese nombre.

La sociedad estadounidense ostenta la paradoja de ser una de las más influidas por los estándares de la corrección política, al tiempo que en la última elección ha votado al presidente más políticamente incorrecto de su historia. Valdría la pena analizar hasta qué punto lo segundo no habrá sido en parte consecuencia de lo primero. Lo cierto es que en ese país se ha presionado a empresas productoras para que sepulten obras cinematográficas de Woody Allen, por entenderlo culpable de un delito del que la Justicia lo había absuelto, o para que no contraten al actor Johnny Depp, por una acusación de violencia de género que resultó ser falsa. La cultura de la cancelación no se contenta con denunciar públicamente el mal comportamiento de una persona, sea real o infundado. Lo que postula es el boicot a esa persona, aislándola y privándola, incluso de las oportunidades de trabajo que le permitan sobrevivir.

Las empresas suelen doblegarse ante los designios de esas operaciones mediáticas a través de las redes sociales, donde colectivos biempensantes terminan convirtiéndose en un poder judicial paralelo que sentencia a sus réprobos a una muerte civil.

La cultura de la cancelación no solo afecta a personas vivas, también revisa antecedentes de personalidades históricas, extrayendo algunos de sus dichos y sacándolos totalmente de contexto, para vandalizar o derribar los monumentos que los evocan. Algunas de estas vendettas podrán ser discutibles, pero otras demuestran una ignorancia rayana en la estupidez, como la de las hordas que en Londres grafitearon la estatua de Winston Churchill, acusando de racista al hombre que puso sobre sus hombros la resistencia y el triunfo contra el horror del nazismo. También se cancelan obras de arte: novelas de Mark Twain donde se usa la expresión “nigger”, despectiva de la raza negra. Películas donde actores realizan lo que se llama “black face”, solo porque en cierta época se utilizó esa práctica para mofarse de los afroamericanos y a pesar de que debería admitirse como un recurso perfectamente legítimo para que un actor blanco interpretara a un personaje de esa raza.

La cultura de la cancelación es totalitaria, porque impone censuras y reparte invectivas morales, sofocando el libre intercambio de ideas. Suponer que una narración de Mark Twain o el Otelo de Orson Welles tienen alguna influencia sobre la violencia racista, es de un grado de estupidez tal que no resiste el menor análisis. Sin embargo, la sociedad se va acostumbrando mansamente a estos prejuicios y cada vez más gente se muestra amedrentada a tener actitudes o expresar posiciones discordantes con el mainstream, por miedo a ser vituperada.

Habría que releer Las brujas de Salem de Arthur Miller. Como también 1984 de George Orwell, una novela que, pretendiendo aludir a las dictaduras de izquierda y derecha del siglo XX, terminó tal vez involuntariamente diseñando una clarísima metáfora del presente. Una de las prácticas sistemáticas del gobierno dictatorial que describe Orwell consiste en eliminar de los archivos del Estado toda referencia a personas que sean proclamadas como enemigas del régimen. Se llega al extremo de modificar las noticias de los diarios antiguos, para que hasta la mera mención de esas personas desaparezca. No es nada distinto a lo que hizo Stalin, cuando mandó borrar a Trotsky, Yezhov y otros ex amigos políticos, de las fotografías en que aparecían con él. Cancelar personas, cancelar obras de arte, cancelar ideas. Una nueva forma de dar vida al fascista que algunos conservan dentro.

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