Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Borges y nosotros

Me enteré por la excelente columna de ayer de Hebert Gatto, de una humorada de Borges, indicativa de su famosa aversión al fútbol. El mismo día y a la misma hora que Argentina jugaba contra Hungría en el Mundial de 1978, a él se le ocurrió dictar una conferencia sobre la inmortalidad… Investigué un poco sobre el acontecimiento y parece que ese acto de rebeldía intelectual no solo lo fue contra la pasión futbolera de sus compatriotas, que Borges detestaba, sino también contra la dictadura atroz que utilizaba al Mundial para enmascarar sus crímenes. Y eso a pesar del lugar común que atribuye al gran escritor haber apoyado a los militares, por un par de comentarios desafortunados.

Actualmente, no se puede decir que el fútbol exacerbe nacionalismos autoritarios; por lo menos en nuestros países hemos salido de ese brete ideológico. Pero la anécdota de Borges me hizo pensar en lo poco que hace el ambiente intelectual de hoy para contrapesar la oleada de fanatismo irracional que promueven estas celebraciones masivas.

Tal vez nuestro país, con una educación pública devenida en fábrica de excluidos y con bandas de narcos arrasando todo a su paso, necesite más que nunca a algún pequeño anciano ciego que camine contra la corriente, que filosofe sobre la inmortalidad mientras todos hablan del futuro candidato del Frente Amplio y la reciente final de Master Chef.

Una reacción al statu quo sin protestas callejeras, ni insultos, ni tuits acosadores. Un acto de rebelión que no se exprese con puerilidades, sino que apunte a lo contrario: a la celebración de la cultura, el arte, la filosofía, el pensamiento que nos eleva y sutiliza, en lugar de los automatismos que nos hunden y empobrecen.

La palabra "intelectual" está cada día más desprestigiada. Se usa casi siempre con valor adjetivo, calificando a lo aburrido y distante. Las tertulias de los cafés donde antes debatían liberales y marxistas, cristianos y anarcos, hoy se transfirieron a las reyertas en Facebook y Twitter, donde vale más difamar al adversario que oponerle argumentos. Ya no se trata de construir conocimiento a partir del intercambio de ideas, sino de rumiar y escupir falsas verdades a la sombra del pensamiento hegemónico.

Un consejero de Primaria ha dicho que el aumento de matrícula en las escuelas públicas, en detrimento de las privadas, no se debió a la pérdida de poder adquisitivo de las capas medias, sino a la supuesta calidad de la enseñanza estatal. Para evitar las balaceras a las ambulancias, hay quienes proponen cambiar el color de sus luces intermitentes, así no las confunden con patrulleros. Como si hubiera que aceptar pasivamente que los vehículos de la policía no tienen otra chance que bancar lo que sea.

La cultura narco está instalada y naturalizada, en una sociedad somnolienta por la anestesia del entretenimiento. Es que el peor déficit, el que entraña los mayores perjuicios para la sociedad, no es el fiscal sino el cultural.

No perdimos contra Francia. Perdimos contra la ignorancia, la anomia y la soberbia de creernos aún lo que alguna vez fuimos, una democracia con igualdad de oportunidades, "para nuestros hijos y los hijos de nuestros adversarios", con "dignidad arriba y regocijo abajo", a decir de los dos antagonistas que diseñaron el Uruguay del siglo XX.

Por eso hoy falta un Borges, o muchos Borges, que inviertan la brújula y desafíen la inercia con las mejores armas: conocimiento, reflexión y crítica en libertad.

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