Algo como un testimonio

Enrique Beltrán

Con los años que tengo he vivido algunos volúmenes de la historia patria: Desde aquellos en los que nos creíamos un ejemplo en el continente, y seguramente lo éramos —la Suiza de América—, hasta los del descreimiento, desesperanza, y en algunos, secreta maldición. Calamos tal vez la lupa para ver nuestras carencias, nuestros desaciertos, y nos invadió una extraña miopía para reparar en nuestros logros. Porque atendimos a desmesurar más a aquéllos que a poner cuidado en conservar y en perfeccionar a éstos, es que por años nos sentimos privados de muchos de esos logros y ahora sentimos el desafío de nuevos cuestionamientos.

La declinación de la fe acompañó el proceso. Con él fue creciente el desconocimiento de nuestra historia, hasta la idea de que sólo éramos una travesura diplomática. Con nuestras raíces al viento, las crisis, los fracasos, las dificultades, los errores, se hicieron menos soportables y una mentalidad de huida sin nostalgias, fue desplazando a la de arraigo.

La política cargó con todas las culpas, pero eran muchas más las compartidas de lo que se suele reconocer. Hubo quienes encontraron el ambiente propicio para asomarse como redentores: unos fueron minorías marxistas que graduaron su violencia en la escuela de la tiranía cubana para mejor embestir contra las instituciones del país. Tras ellos, otros, también redentores, trajeron la dictadura militar.

Restablecido el juego democrático, aquellos sectores de izquierda que siguieron congelados en su marxismo leninismo, lejos de la que tanto había evolucionado en los países europeos, reasumieron ser el foco del progreso y de la esperanza. Seguían erigidos no obstante, en cultores del odio y del desaliento. Hicieron una oposición implacable a todos los gobiernos, hasta ver de paralizarlos, aunque fuese casi existencial la encrucijada que viviera la comunidad nacional. Basta recordar que cuando el país lograba salvar su crédito, su economía y su esperanza en las horas más oscuras de la crisis, mediante la ejemplar operación del canje de la deuda, su candidato presidencial Dr. Tabaré Vázquez proclamaba la bancarrota nacional a todos los vientos.

Sólo a lo largo de mi vida, sin proyectar la mirada más lejos, el Partido Nacional conoció las divisiones profundas que muchos creyeron que terminarían con él: derrotas electorales que resultarían aplastantes para otras fuerzas políticas; proscripciones y persecuciones bajo la dictadura; la muerte de Wilson en la hora que con él asomaba la victoria, después de su dura lucha por la libertad librada desde el exilio y la cárcel, y de su lucha no menos sacrificada por conservarla, con la ley de caducidad; la oposición implacable a los gobiernos blancos, profundamente transformadores, en la que se confundieron con frecuencia la izquierda con el partido colorado. "A este gobierno ni un vaso de agua", fue la frase con que una senadora, entonces batllista, definía la actitud de su partido frente al gobierno nacionalista, que años después se transformaría en algo como "a este gobierno ni un día de pausa", partiendo de tiendas sindicales para el gobierno del Dr. Lacalle que recién asumía.

Más allá de augurios, deseos y adversidades, trampas y sentencias, el Partido Nacional se vuelve a proyectar como una fuerza arrolladora. Porque sigue siendo partido de la libertad, de la tolerancia, de la vocación nacional. Porque ha sabido desde el gobierno renovar al país, y desde sus filas renovarse por dentro. Porque jamás apostó su poderío a las desdichas nacionales. Porque cada vez que flota en el horizonte la sombra de una amenaza a esos valores, se yergue la vieja colectividad. Cuando se proclama como estrategia política el ejemplo de la tiranía cubana por esconder sus propósitos y "no asustar a los burgueses" ¿cómo no ha de ponerse de pie el partido de la libertad, y de la verdad del sufragio?

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