RUben Loza Aguerrebere
Levantó vuelo el historiador y ensayista argentino José Ignacio García Hamilton. Este ilustre intelectual liberal era dueño de una visión lúcida y contundente, a la que debemos libros que destellan por su profunda mirada sobre esta convulsionada Sudamérica de hoy, así como celebradas biografías: de Sarmiento, Alberdi, Bolívar y San Martín. Tenía 65 años. Fue velado en el Parlamento argentino, al que pertenecía, por el Partido Radical. Sus restos descansan en su Tucumán natal.
Periodista desde muy joven, abogado, profesor universitario, fue perseguido por la dictadura argentina, pero nada doblegó sus ideas libertarias; todo lo contrario. Queremos recordarlo mencionando algunas de esas ideas, desarrolladas en especial en uno de sus libros emblemáticos, "Por qué crecen los países". En el primer capítulo, siguiendo su peripecia personal y, asimismo, la familiar, ofrece el retrato de una vida y de una generación. Y de esa manera analiza el desarrollo, el crecimiento y la declinación de naciones latinoamericanas.
García Hamilton observa el "Martín Fierro" como arquetipo del gaucho que se hizo violento, y analizó la personalidad de Eva Perón, a la que definía como "La Dama buena que regala lo ajeno". A ambos los destaca como paradigmas de aquellos países que sustituyen el trabajo por la dádiva.
Hablando de Estados Unidos escribe García Hamilton: "el funcionamiento del esquema institucional basado en la descentralización y la vigencia competitivos resultó tan apto que, al cabo de poco más de un siglo, al terminar en 1918 la Primera Guerra Mundial, el país ya había sobrepasado a Inglaterra y ocupaba el primer puesto en la economía mundial". Y, como contracara, ve en los países cuyo sello es la concentración del poder, lo contrario: "En la realidad rusa, Lenin y Stalin ejecutaron a millones de seres humanos con el fin de construir la utopía de un mundo ideal, sin lo `tuyo y lo mío`, a través de la dictadura del proletariado".
En cuanto a los sistemas dictatoriales en nuestra América, decía que han procurado la "felicidad de los pobres"; analizaba a Velasco Alvarado en Perú y la dictadura cubana de Fidel Castro, señalando, en ambos casos, que estos regímenes afectaron profundamente el derecho a la propiedad y las garantías cívicas. A este defensor de los caminos de la libertad, naturalmente, hace unos años no le permitieron entrar en Cuba.
García Hamilton pensaba de los sistemas autoritarios y populistas, que: "aunque sus dirigentes se llenen la boca con expresiones retóricas de amor al pueblo, no sólo impiden las libertades sino que condenan a las poblaciones a vivir en la pobreza".
Esta era, y seguirá siendo, la esencia de su pensamiento liberal. Y ahora que no está entre nosotros, sus libros trabajan por él.
Una larga y estrecha amistad me unía a García Hamilton, con quien compartíamos desde hace años una tertulia literaria (con Alejandro Paz, Gustavo Bossert, Rodolfo Rabanal, Sergio Renán), en Punta del Este, de la que decía: "es lo más parecido al primer mundo que tenemos en Sudamérica". Y era un admirador del Uruguay. Este adiós, entonces, tiñe mis palabras de dolor. Si las cortaran, sangrarían, como decía Rilke. Debería haber una tinta cenicienta para estas ocasiones. La suya era una voz necesaria por su higiene civilizadora.