Acá, Chile y Argentina

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tomás linn
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Una consulta constitucional este domingo en Chile y un clima político perturbador en Argentina, agravado con el atentado a Cristina Kirchner, están complicando la realidad regional de la que Uruguay no puede ser ajeno.

Si bien las reglas de juego en el funcionamiento democrático del país se atienen a lo clásico, hay una cierta crispación (todavía lejos de lo que se ha visto en Argentina en la última década) que debería llamar la atención y poner a la dirigencia política en estado de alerta y de prudencia.

La radicalización del Frente Amplio lo ha llevado a un abusivo cuestionamiento a cada paso que da el gobierno, incluso criticando aquello que antes, cuando el propio Frente gobernaba, también se hacía.

La última perlita, tonta pero presentada con capciosa malicia, fue preguntar por el costo de una recepción realizada en la embajada uruguaya en Argentina el Día de la Independencia, a la que además asistió el presidente Lacalle Pou.

Como parecería no tener nada que ocultar, el embajador uruguayo Carlos Enciso rápidamente presentó las cifras, desglosadas por rubros.

Siempre se dijo que más allá de quien gobernara, la celebración del 25 de agosto era la recepción diplomática más grande que se hacía cada año en Buenos Aires. El dato impresiona si se tiene en cuenta que embajadas de países más poderosos tal vez superaran ese récord. Sin embargo, teniendo en cuenta la cercanía, es posible que así sea: son muchos los contactos culturales, sociales y empresariales (además de políticos) que explican un festejo tan masivo. Según el embajador Enciso, en gobiernos anteriores se llegaron a hacer dos festejos en la misma jornada: uno a mediodía y otro de noche.

En este contexto, ¿qué de especial pudo tener esta recepción como para provocar la suspicacia del MPP? Es obvio que su objetivo es horadar por el solo placer de hacerlo.

Por eso, insisto, Uruguay debería tener más cuidado en como discute, debate y expresa su actividad política. Hay quien gobierna y hay quien se opone, sin duda, pero no es necesario llegar a los niveles de exasperación que empiezan a notarse, todavía con cierto recato, y son moneda corriente en países vecinos.

Lo de Argentina no deja de sorprender. Cada día hay un nuevo sacudón que hace pensar en una implosión política y social que nunca llega. A medida que los juicios por los casos de megacorrupción avanzan, los denunciados contraatacan.

Solo una izquierda local y regional “ingenua”, por no querer usar otros adjetivos, puede suponer que Cristina Kirchner es víctima de una persecución de “la derecha”. Son tan contundentes las evidencias, son tantos los casos, es tal el desparpajo con que se actuó que parece mentira que haya quienes acá, la defiendan. También asombra que en su propio país, muchos ciudadanos perjudicados por ese gigantesco tramado de corrupción, la sigan apoyando.

Hace dos décadas Argentina gira en torno a los caprichos, exabruptos y manipulaciones de los “K” (y en especial de la actual vicepresidenta) y nada indica que eso terminará.

Tras la presentación de un minucioso alegato del fiscal, que pidió prisión para Cristina Kirchner, en Argentina solo se habla de su reacción furibunda ante tal planteo, usando para ello burdos argumentos, muchas veces fabricados que no buscan desmentir la acusación, sino descalificar a quienes la acusan o a quienes eventualmente deberán decidir si es o no culpable.

Ya nadie habla de si el presidente Alberto Fernández está o no debilitado o si el flamante superministro de Economía Sergio Massa podrá o no enderezar la crítica situación económica. Solo se habla de Cristina, que con histriónica malicia se colocó en el centro del escenario.

Un escenario que, por otra parte, está peligrosamente caldeado como lo demuestra el peculiar atentado que sufrió el jueves.

Mañana los chilenos decidirán qué hacer con su Constitución. Si bien se trata de una situación distinta a la de Argentina o al acoso constante (y por asuntos irrelevantes) de la oposición al gobierno uruguayo, está en juego la necesidad de devolverle a Chile una cierta racionalidad a la política.

El texto a refrendar está muy lejos de ser una constitución republicana, liberal y democrática. Y si bien es necesario que Chile deje atrás la heredada de Pinochet (a la que se le fueron haciendo algunos ajustes), resulta absurdo caer en algo que tampoco apunta a una mejor calidad democrática.

Según las encuestas, existe la posibilidad de que sea rechazada. Mañana, una vez contados los votos, se sabrá. Esto, según los analistas, sería un duro golpe para el gobierno de Gabriel Boric, ubicado en una supuesta postura de izquierda radical. Sin embargo, me pregunto si más allá de un inicial impacto negativo, no será ese el resultado que Boric prefiere.

Si mañana los chilenos rechazan el proyecto, por cierto habrá que ponerse a trabajar en otro texto. Pero también habrán enviado un mensaje muy claro en el sentido de que urge volver al sentido común como forma de hacer política en democracias que pretenden ser sanas.

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