Buses y taxis

En vísperas de la campaña hacia la elección del nuevo gobierno municipal capitalino convendría que los candidatos a ocupar cargos centraran su atención en las carencias del sistema público de transporte, ese que utilizan a diario cientos de miles de montevideanos.

Si así lo hicieran descubrirían que existen errores en la fijación de las frecuencias y un incumplimiento reiterado en los horarios, particularmente en ciertas líneas. Fuera de ello, hay detalles que incomodan al usuario y que la intendencia debiera corregir. Por ejemplo, la constante exhibición de pegotines y cartelitos que expresan las afinidades políticas del conductor o del guarda. Otro caso es el de las afinidades musicales de los trabajadores, legítimas por cierto, pero que no les otorgan derecho a flagelar a la gente con sonoras emisiones radiales. Tampoco debería admitirse ese permanente desfile de vendedores ambulantes y artistas que terminan por acosar al atribulado pasajero.

En cuanto a los taxis, Montevideo tiene bien ganado el récord mundial de la incomodidad gracias sobre todo a las mamparas que convierten cada viaje en una auténtica sesión de acrobacia. Unidades ruinosas, con fallas tales como asientos vencidos o cinturones de seguridad que no funcionan, suelen transitar las calles sin que ningún inspector municipal repare en ellas.

En suma, está claro que tanto en los taxis como en los autobuses de esta ciudad la clásica norma comercial parece haberse invertido: el cliente no sólo nunca tiene razón sino que, además, muchas veces es la víctima de servicios inadecuados. Semejante panorama debería ser motivo de preocupación de la comuna, inquietud que en la actualidad brilla por su ausencia.

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