Es posible proponer puntos de referencia cualitativos, que no se pueden traducir en cifras, pero que seguramente reflejan con la mayor fidelidad el estado cultural de un país. En uno de ellos afortunadamente tenemos buenas noticias. Como lo revela una reciente entrevista que le realizó El País, al director de la Biblioteca Nacional, Raúl Vallarino.
Dentro de muy poco tiempo la Biblioteca Nacional contará con un sistema de catálogo accesible mediante terminales de computadora (gracias a un acuerdo con la Unión Europea); se abrirá al público una página en Internet (algo que facilitará las consultas); se instalarán modernos sistemas para "digitalizar" (reproducir electrónicamente los textos para generar imágenes accesibles mediante la computadora) documentos históricos y los materiales especiales (una donación del Japón); y se establecerá un sistema de comunicación más eficiente con más de tres decenas de bibliotecas municipales en el Interior. A todo lo cual debería agregarse el hecho de que ya se cuenta con un moderno servicio de microfilmación (donado por el Japón). Muchos de estos avances serían considerados, en la biblioteca de cualquier otro país medianamente adelantado, como instalaciones o servicios totalmente normales, parte de la gestión usual en un centro cultural de importancia nacional e internacional. En el caso del Uruguay —un país que suele hacer alarde de su nivel cultural—son verdaderas conquistas logradas con grandes esfuerzos, luego de largos trámites y, frecuentemente, con el generoso apoyo del exterior.
Una Biblioteca Nacional debería cumplir dos grandes funciones. Una de ellas es servir como el depositario de una proporción sustancial del patrimonio cultural e histórico de nuestra sociedad. La otra es funcionar como una herramienta esencial para generar nuevo conocimiento y, de esta forma, contribuir al desarrollo intelectual, social y económico. No es por simple capricho que instituciones como la Biblioteca del Congreso, en Washington, o la British Library, en Londres, reciban un considerable apoyo público y hayan adquirido una importancia nacional y global. Forman parte de la identidad nacional de cada uno de esos países, son una expresión de su nivel cultural y de las escalas de valores dominantes en el seno de sus sociedades.