Publicidad

Joaquín Secco García

SEGUIR Joaquín Secco García Introduzca el texto aquí Las condiciones económicas globales han venido cambiando lenta pero persistentemente en los últimos cinco años, favoreciendo el inicio de una nueva oscilación del péndulo que está modificando fuertemente a las economías menos afortunadas del planeta. Como siempre ocurre, las modificaciones del contexto global tienen diferentes consecuencias en función de la pericia con la cual se lleva a cabo el ajuste a las nuevas condiciones. Las sociedades con mayores capacidades para estabilizar el funcionamiento de las economías y de las sociedades son aquellas con mayor capacidad institucional. Esto implica que son capaces de imponer reglas de juego estrictas, aunque amigables con el ciudadano. Leyes, disposiciones y sistemas de control silenciosos aunque efectivos. Por el contrario, y desafortunadamente, son también las sociedades con mayor propensión a proclamar las instituciones las que menos rigor ponen en el asunto y donde la dialéctica desborda. A medida que las condiciones se hacen más severas, van apareciendo nuevos síntomas del deterioro. Así ocurrió en Europa y América del Norte y hoy se manifiesta en nuestra región y en nuestro país. En el trayecto nos vimos afectados por escalones de cierta gravedad cuyos efectos se han ido acumulando y se han ido manifestando a lo largo de plazos extendidos. La caída de los precios de nuestros productos exportables afectó el empleo y los ingresos de una mayoría de la población de la agroindustria, y golpeó más duro a los empleos de menor calificación. A la caída de los productos exportables, se sumó la finalización de las inversiones en las industrias forestales por un lado y de los aerogeneradores eléctricos por otro. La aceleración del crecimiento se manifestó por el aumento de las exportaciones motivadas por el mejoramiento de los precios, por las inversiones en plantas celulósicas y eléctricas, y por los innumerables efectos multiplicadores que estos sectores motivaron. Cuando las condiciones cambiaron el efecto se registró en el sentido inverso. La desaceleración y las repercusiones de esta desaceleración se manifestaron en la pérdida de los efectos potenciadores que se manifiestan hoy con mayor intensidad. Habría que agregar que en la medida que el Estado fue presionando sobre su recaudación, se sumó otro factor de desaceleración que sigue presionando a la baja la economía y el empleo. Ahora sumamos varias causas de desaceleración, varias de encarecimiento, de pérdidas de multiplicadores, el aumento de las tasas de interés y muy especialmente en la coyuntura, los efectos de la sequía que han afectado a los cultivos de verano, la lechería, la granja y varios etcéteras. Los efectos se hacen notar en múltiples hechos: la rebelión de quienes ven los resultados de tantos años de oportunidades perdidas, la vergüenza de los detalles de la corrupción y la pérdida de compostura de quienes más deberían respetar la tranquilidad. El sistema político se hunde y también lo hace el partido de gobierno. Es tiempo de repasar las maneras de enfrentar los problemas.
SEGUIR Joaquín Secco García Introduzca el texto aquí Nuestro país es especialmente vulnerable a los efectos de políticas económicas implementadas por países de altos ingresos, economías diversificadas, poblaciones integradas y de alta productividad, que los hacen sumamente competitivos e influyentes en las tendencias mundiales. Luego de la crisis de Lehman Bros. (2008) y con el objetivo de evitar el contagio hacia el sector financiero, los bancos centrales de los principales países adoptaron medidas para facilitar el acceso al crédito de manera de evitar la cesación de pagos generalizada. Muchos analistas pronosticaron el riesgo de que se generase una nueva burbuja financiera debido al notable aumento de la liquidez mundial derivada de tasas de interés que tendían a cero. Este desbalance entre tasas de interés y rendimientos de los activos reales llevó a una escalada de los precios de los acciones, mientras los papeles de rendimientos constantes —bonos— permanecían estables. En 2017 las acciones subieron un 27% mientras los bonos de los Estados Unidos a 10 años quedaban a menos del 3%. La normalización de este desequilibrio era cuestión de tiempo y el mismo era el motivo de las especulaciones acerca de un desenlace que no debería demorarse. Estas decisiones que tienen que ver con la salida de la crisis de los países centrales, favorecieron el crecimiento de las economías emergentes de Asia y África y el aumento de las exportaciones de materias primas de América Latina por el crecimiento de la demanda y los precios de alimentos, minerales y energía. Así como con el aumento de liquidez nuestro país —junto con el conjunto de emergentes— experimentó un notable crecimiento económico, también hay que esperar que el debilitamiento de las políticas haría conveniente prever cambios significativos para los próximos años cuando nuestros negocios serán más complicados y para el gobierno hubiera sido mejor tratar bien a la competitividad y al futuro en lugar de hacer apuestas tan masivas al populismo. Vamos entrando lentamente a un clima de complicaciones económicas que ya hace tres o cuatro años que lo tenemos en el horizonte, pero a las tendencias que eran advertidas por todas las academias y todos los políticos del mundo, ahora se le suman nuestras propias confusiones. No podría haber existido un déficit fiscal tan elevado y persistente que desacreditaba todas las previsiones del propio PE. No podría haberse financiado con endeudamiento y atraso cambiario. No podrían haberse elevado los salarios muy por encima de lo que estaba previsto. A lo largo de décadas se incrementó permanentemente el déficit de la seguridad social, llegando a la situación actual donde nada parece suficiente. Para culminar, nuestras actividades más competitivas están en crisis de mercados, de precios, y finalmente también de clima. Las exportaciones bajarán, igualmente lo harán los ingresos y aumentará el desempleo y la inflación. Y todo ello sin mencionar la inseguridad, el déficit educativo, la corrupción en las empresas públicas o la pobreza que perdura al clientelismo. Todas condiciones que harían necesaria una mayor empatía por parte del Estado.
SEGUIR Joaquín Secco García Introduzca el texto aquí Nos acercamos a un epílogo ruinoso de nuestra economía, después de haber atravesado por una fase de condiciones excepcionalmente favorables para el desarrollo, las cuales se dilapidaron como se había reiterado en el pasado. Desde comienzos del siglo XXI la economía mundial se modificó profundamente. Especialmente destacable ha sido la expansión del comercio mundial de bienes y servicios y el cambio en la especialización productiva de los países y regiones. Aunque estas tendencias obedecieron a numerosas causas, no deja de ser destacable el efecto de la gradual liberación del comercio mundial que entre otras causas tuvo hitos como la creación de la OMC, la ronda Uruguay del GATT y la activa tendencia a la realización de acuerdos de libre comercio entre países o bloques regionales. China en particular pero el Asia en general, favorecieron la urbanizaron de su población para estimular el empleo de mayor productividad a partir de la industria manufacturera, la cual ha tenido un crecimiento constante e intenso desde los años 90s. El crecimiento del ingreso generado en países que se contaban entre los más pobres del mundo, generó demandas por alimentos, energía, minerales y formas de organización cada vez más productivas. Junto al aumento de manufacturas de los países en desarrollo, América Latina aumentó su oferta de alimentos, energía, minería. Por su parte, Oceanía y América del Norte, alimentos, energía, minerales e innovaciones. Los precias se elevaron, se redujo la pobreza mundial, aumentó el empleo, mejoró la alimentación y el bienestar de la mitad de la población del mundo. Pero también, en los países menos prudentes Argentina, Venezuela, Brasil…. también crecieron los costos y los gastos clientelistas. Nuestro país, luego de un despegue vigoroso a partir de 2002, volvió a caer en los errores de siempre poner por delante máscaras populistas que nos vuelven como en el juego de la oca- muy cerca del principio. Siempre es difícil conocer los errores de los mensajes equivocados, pero al final, más tarde que temprano, se reflexiona. Parecería que está llegando eso momento a partir de la movilización que primero fue del campo y cada vez alcanza a otros sectores de la economía. Las tres cuartas partes de las exportaciones del país nacen del campo y las cadenas productivas que se generan tienen repercusiones que condicionan al conjunto de la economía. Cuando los precios de exportación bajan en forma generalizada, sería el momento de ajustar los gastos del conjunto de la economía para sostener el empleo y hacer posible la reactivación. Si ajusta el sector privado pero el sector público eleva el gasto manteniendo el discurso equivocado- se produce lo que estamos viendo, lo que ha sido reiterado a menudo en el pasado. En 2002 nos provocó una catástrofe y muchos pensamos que no nos volvería a pasar por un tiempo más largo. No pensamos un renacimiento tan temprano del peor ANCAP o de un gerente ganando USD 25000 por mes. Cada uno bloquea los premios a los que accede, para que se hagan permanentes. En estas condiciones, los ingresos del campo bajan mucho más que proporcionalmente y se produce además una fuerte desafectación del empleo. Pero además hay condiciones que provocan una cierta inercia. Cuando cae el ingreso, encuentra a las familias, a los empresarios y a las unidades que forman las cadenas, transformados en rehenes de su oficio y de sus inversiones, equipos y saberes. En esas condiciones apuestan a un golpe de suerte con el clima, el repunte de precios o de los rendimientos. Quienes enfrentan mayores dificultades suelen ser también quienes postergan pagos, ven deteriorar sus activos y acumulan deudas de difícil amortización. Hoy lo vemos entre los productores lecheros pequeños, entre los agricultores de arroz, de trigo o de soja y entre los ganaderos que optan por apostar a golpes de suerte. Todo además coincide con que el estado y las intendencias pueden prevenirse antes de los riesgos y mientras los privados apuestan a la suerte, el estado apuesta a esquilmar a los empresarios. Son malas políticas. Hace muy pocos años, el ministro de Economía nos aconsejaba que pagaran todos para hacer posible que todos pagaran menos. El tiempo nos fue diciendo con mucha claridad que también ahora se abortaría la potencialidad de sostener el crecimiento. Hace tres años que no crece el producto del campo y la suma de fracasos y deudas hará que esta tendencia se continúe. Los gobernantes ya no pueden decirnos que la crisis del campo es necesaria porque hay que mejorar las condiciones de vida de los pobres. Como dice un amigo, el gobierno gastó desde 2005, como un marinero borracho, pero realmente no consiguió resultados en términos de riqueza, educación o fortalecimiento de capacidades. El gobierno opta por alargar los plazos. En noviembre dijo que atendería los reclamos en febrero. Cuando la claridad de cómo y cuánto y estaba sucediendo, recién aceleró los plazos y buscó otras dilaciones, mientras las políticas siguen acentuando el atraso cambiario y la ineptitud de las soluciones.
SEGUIR Joaquín Secco García Introduzca el texto aquí La gente del campo está reaccionando frente a las políticas que han atrasado el tipo de cambio, elevado los precios de la energía y los impuestos, aumentado el endeudamiento, el cual crece para pagar el déficit y en términos generales, aumentando el gasto de baja productividad de la economía, desalentando por esa vía la inversión y el crecimiento. Lo cierto es que ni las manufacturas, ni la agropecuaria han atravesado por un ambiente de políticas favorables a la inversión, el crecimiento y el empleo. Operan como causa y también como consecuencia el distanciamiento de las capacidades humanas respecto del patrón predominante entre los países que más innovan, más crecen, más invierten y también los que crean mejores oportunidades laborales para su gente. Un resultado de estas tendencias radica en las limitaciones de nuestra gente para alentar el espíritu emprendedor, la innovación, la creación de complejos productivos que superen por el asociativismo las limitaciones de las microempresas que siempre remuneran muy mal el empleo. En 2017 crecimos el 3 por ciento y las cúpulas ministeriales tiraron cohetes. Este crecimiento fue un producto de más consumo y menos inversión. En el fondo, fue un crecimiento financiado con endeudamiento —para hacer frente al crecimiento del déficit público— y escasa participación de la mayor producción, empleo y productividad. Todas las fichas están jugadas a los inversores extranjeros que nos ponen condiciones exageradas para hacernos el favor. Nuestro país ha descubierto desde épocas coloniales las oportunidades para el crecimiento de la producción de alimentos. En algún momento desde la segunda mitad del siglo XIX, la modernización permitió el aumento de la productividad y del ingreso de ganados y cultivos. Los fuertes cambios que trajo la globalización permitieron consolidar otra etapa de fuerte tecnificación, elevación de la productividad y creación de redes empresariales que marcaron un salto productivo que abrió oportunidades que parecían duraderas, pero la voracidad de los gobiernos ensombreció el futuro. Hace tres años que el Producto Interno Bruto agropecuario no crece y probablemente tampoco lo hará en este 2018. No hubo capacidad estratégica para asegurar la continuidad del crecimiento en una coyuntura que ofrecía grandes posibilidades. No hubo conducción del proceso de desarrollo. El Ministerio de Ganadería y Agricultura esbozó por momentos alguna idea; pero siendo el único centro pro agro de poder político, no atinó a ordenar las claves de la competitividad y el desarrollo. Los aplausos corrieron por cuenta de los ministros y jerarcas. Tampoco podemos decir que se sacrificó la veloci- dad de crecimiento para favorecer motivaciones sociales. No mejoró la educación —sin duda la propuesta más importante para un país, que no tuvo progresos— ni mejoró el acceso de la gente a mejores empleos. Solamente más salarios y más gasto para hacer lo mismo. Corremos hacia la meta de reiterar una década perdida.
SEGUIR Joaquín Secco García Introduzca el texto aquí En septiembre de 2008 quebró el banco de inversión de Lehman Brothers, lo cual representó un hito para marcar el inicio de una crisis inicialmente financiera pero que más tarde tuvo impactos severos sobre las inversiones, el empleo, la productividad y sus efectos de contagio global a partir del comercio y de las cadenas de pagos.
SEGUIR Joaquín Secco García Introduzca el texto aquí La quiebra de Lehman Brothers significó un símbolo emblemático del inicio de la crisis de 2008 que inició una nueva fase de la economía mundial. Antes de declarar la quiebra, Lehman Brothers era el cuarto banco de inversión más grande de Estados Unidos y tenía 680 mil millones de dólares en activos. La crisis estuvo caracterizada por el debilitamiento económico y financiero de los países centrales y el ascenso de la periferia para asumir roles inéditos en términos de generación de riqueza, aumento del empleo, reducción de la pobreza y modernización social. La profundidad de la crisis financiera que sucedió a la quiebra de Lehman Bros y las amenazas sobre las consecuencias de la misma, creó una obsesión para la academia, el sistema político y las empresas por la implementación de medidas efectivas para neutralizar los desequilibrios. Seguía vigente la discusión acerca de las soluciones que se pretendió darle a la crisis del 29, los fracasos experimentados y la duración de la misma. Por el antecedente, se intentó acelerar la normalización del funcionamiento económico, especialmente en lo referido a manejar el endeudamiento, la reactivación, las inversiones y el empleo, entre las principales. La llave para enfrentar este dilema pasa especialmente por el manejo del crédito, de las tasas de interés, de los plazos y de las condiciones que facilitaran la regularización del mercado. Los bancos centrales redujeron las tasas de descuento en la banca, lo cual tuvo como contrapartida la desvalorización de las monedas que veían reducida su rentabilidad. Al mismo tiempo, las monedas de los países que no veían reducida su tasa de interés se fortalecían. O dicho en el lenguaje más vulgar, la caída de la tasa de interés de la Reserva Federal de EE.UU. significó el atraso cambiario en los países que mantenían su tasa de interés, como Uruguay entre otros muchos. Lo que hay que subrayar es que si bien las historias nunca se repiten, después de una década se han recuperado en los países avanzados los principales valores de la economía. Esta recuperación motiva la gradual recuperación de los valores de antes de la crisis. Aumentó la inversión, el empleo, los ingresos, el crecimiento y la regularización financiera. Pero la tan prometida elevación de las tasas de interés se elevó por debajo de las expectativas. La desvalorización del dólar, que se combinaba con un atraso cambiario en el Mercosur, no se ajustó y hoy cuando nuestra competitividad está cuestionada, las condiciones externas no nos favorecen. Nuestra expectativa era el aumento de las tasas de interés, la valorización de las principales monedas, el "adelanto cambiario" en nuestra latitud y atrás la reactivación de las malas condiciones a la competitividad y al aumento de los costos de los exportables. Hace unos días se publicaron las cifras trimestrales de cuentas nacionales y los analistas observaron que el indicador de consumo privado creció, contra el indicador de inversión que bajó. Más allá de coyunturas cortas que nos permiten elevar el consumo bajando la inversión, esa tendencia no es sostenible. Coyunturalmente eso es posible por el carry trade que se ha generalizado en el Mercosur y que incentiva, junto al aumento del consumo, el déficit fiscal y el aumento del endeudamiento. En algún momento se llega a la imprudencia.
SEGUIR Joaquín Secco García Introduzca el texto aquí Cuando analizamos con cierta profundidad cómo se organizan las cadenas productivas de EE.UU. o de Canadá o de Australia o de Nueva Zelanda y de muchos otros países avanzados, y las comparamos con la organización de nuestras cadenas productivas de los mismos productos, apreciamos las notables diferencias que existen, las cuales repercuten para nosotros en menor valor agregado, menores precios, menor empleo, mayor vulnerabilidad y otras desventajas de nuestro modelo que se deducen de la débil complejidad e inteligencia de nuestras organizaciones.
SEGUIR Joaquín Secco García Introduzca el texto aquí A medida que se acerca el fin del año, los indicadores económicos siguen mejorando contra todos los pronósticos, los cuales a principios de año eran compartidos por la mayoría de políticos, empresarios, trabajadores, profesionales, etc. Bajó la inflación a costa de atraso cambiario y tarifas públicas, creció el PIB el doble de lo esperado, dejó de subir el desempleo, mejoraron las exportaciones y los precios de exportación, subieron los ingresos por turismo, creció el producto y el ingreso de Argentina y Brasil, se desbloqueó la situación internacional, especialmente con los países del Asia que habían sido el gran motor de la primera década del siglo. Pero no todas fueron verdes. La industria y el agro atravesaron serios problemas que derivaron en caída del empleo, aumento de los impuestos y crecimiento de los costos que redujeron la competitividad, las exportaciones y las inversiones. La lechería y la producción de granos fueron especialmente castigadas por los mercados, las opciones de política y los rendimientos. La ganadería de carne y lana se benefició de mejores precios, pero los costos de producción crecieron de manera que fueron absorbiendo la rentabilidad y desalentando las inversiones. Más allá de las variaciones climáticas, los principales parámetros de la producción ganadera —la actividad económica más importante del país— mantienen un crecimiento tremendamente lento. La faena, las exportaciones, los terneros nacidos, el acceso a mercados en mejores condiciones, cuando nuestros competidores están más cerca, producen con mejor tecnología y pagan menos aranceles. Además hemos quedado muy rezagados en materia de acceso y difusión de conocimientos científicos para gestionar eficazmente empresas y tecnología agropecuaria. Basta comparar como crecen y diseñan sus estrategias los 25 países que más crecen, más exportan, más invierten, más innovan, mayores conocimientos ponen al alcance de sus jóvenes, mayores capacidades desarrollan para construir cadenas de valor largas y complejas, que agregan valor y son capaces de elevar permanentemente los salarios. Nosotros seguimos con una estructura de la sociedad muy desequilibrada. Salarios bajos, bajas capacidades, salarios desiguales y una amplia proporción de la fuerza de trabajo con empleos inestables y de bajos salarios. No queda claro que haciendo esfuerzos por el crecimiento y la equidad como los que hacemos lleguemos algún día más o menos cercano a parecernos a los países de primera. Todo aquello más o menos complejo e inteligente se deja para los extranjeros o simplemente se desdeña. El episodio UPM es bastante desalentador. El año próximo será más complicado. Habrá que bajar el déficit fiscal, de manera de reducir los pagos que hace el Estado, o bien bajar el empleo o bien bajar los salarios. No parece haber la tranquilidad para hacerlo. Nuestro manejo del acceso a mercados no transita una senda feliz y nuestros vecinos no nos tratan bien. El frente político no expone las capacidades para ordenar una estrategia efectiva.
SEGUIR Joaquín Secco García Introduzca el texto aquí Este siglo comenzó mal. Nos arrastró la oscura crisis de 2002 que en realidad había comenzado con varios años de anticipación y notorios preanuncios que nadie tomó en serio. Nuestros gobernantes tampoco en aquella oportunidad estuvieron en el grupo de los más despiertos y se demoraron en entender que todo había cambiado. Se continuó aumentando el gasto, la inflación y el endeudamiento. Nunca se había aprendido de las historias que cíclicamente se repetían. Afortunadamente, la coyuntura internacional hizo posible que la recuperación se iniciara muy temprano y muy aceleradamente a partir de 2003. Internamente, se reconoció el liderazgo de las agroindustrias, la diversificación productiva, con tecnificación y la multiplicación de empresarios e inversiones extranjeras todo lo cual permitió acelerar la reactivación. En ancas de un mercado mundial que despertaba del largo letargo proteccionista y ofrecía una apertura que a pocos beneficiaría tanto como a los productores competitivos de alimentos. También fueron los inversores extranjeros quienes se beneficiaron con los bajos precios de compra de los principales activos productivos. Compraron las tierras a la mitad del valor, pero además, por su experiencia, estuvieron a la vanguardia en el desarrollo de capacidades humanas, en innovación de tecnología, en la capacidad de gestión empresarial, en logística, almacenaje, etc. Tuvieron rentabilidad de punta en comparación con los mejores del mundo junto a costos de activos y servicios del tercer mundo. Un negocio parecido al que en la actualidad negocia UPM. En los años siguientes se fue dando un ajuste gradual de la situación inicial de bajos costos, alta rentabilidad y predominio de participación de extranjeros a una situación de subas permanentes de precios y costos, mayor participación de productores nacionales y caída de precios de productos y de rentabilidad. Desde 2014 se manifiesta un estrangulamiento de precios y costos que termina por anular la rentabilidad agrícola. Los precios de venta de los productos no cayeron significativamente pero los costos se hicieron incompatibles con la rentabilidad que hacía viable la expansión de la producción. Desde entonces se desaceleraron la producción y las exportaciones agropecuarias, obstaculizando la continuidad de un crecimiento sumamente promisorio para asegurar un motor de crecimiento de largo plazo. Una solución para poner una usina de crecimiento en todos los rincones del país, incluyendo los rincones olvidados sin servicios ni infraestructura. Aquellos que en los mejores años intentaron un despegue rápidamente abortado. Se optó por aplicar las energías al gasto público, a pagar déficit y a subir salarios por encima de la productividad. El resultado consistió en castigar la rentabilidad de los negocios competitivos para favorecer prioridades clientelísticas. Las empresas argentinas más rentables y de mayor escala —lo cual contribuía a mayor eficiencia— vendieron y se fueron a Argentina, Brasil o Paraguay. Así como se entiende que una planta de celulosa para acceder a la competitividad global requiere una gran escala y se entiende que las empresas que vengan a invertir al país deben contar con esta ventaja, no se admite desde la política que las empresas agropecuarias deban contar con escalas que les permitan ubicarse en las franjas más competitivas. Son parte de los frenos que se ponen al crecimiento.
SEGUIR Joaquín Secco García Introduzca el texto aquí Luego de un año 2016 que presentó una economía mundial débil y amenazante, el año en curso cambió su perfil y se presentó mucho más favorable para el crecimiento económico, el empleo y los ingresos. Se observó la recuperación de las economías centrales, a la par con un mejoramiento de los precios de las materias primas y los alimentos, que favoreció el crecimiento de las economías de los países de América Latina y África por encima de las cifras que habían sido pronosticadas. Europa, América del Norte, Asia y Japón han tenido un crecimiento importante que representa una oportunidad no solamente para los países beneficiados, sino también para aquellos que —como los de América Latina— son proveedores de los mismos y se han favorecido con un fortalecimiento de la demanda que estaba descartado por las tendencias de 2016. En este contexto, cabe mencionar también la reactivación de las economías de América Latina y especialmente de Argentina y Brasil, cuyos pronósticos tampoco eran lo positivos que lo están siendo en la actualidad. Un largo período de altos precios de la energía, de los alimentos y los minerales, hicieron posible en América Latina, una elevación de los ingresos y del empleo como no se había visto durante décadas. El mismo efecto riqueza también otorgó una expec- tativa de altos precios per-manentes y de cambios profundos en los partidos de gobierno que se parecieron más a las ideas y políticas que habían dominado en los años 60s. Gobiernos con mayor perfil populista y totalitario que no pudieron sostenerse, cuando los precios y los ingresos se contrajeron en los años recientes. El problema ha sido la coordinación entre las políticas durante las diferentes fases de aplicación de las mismas. Argentina, Brasil Venezuela o nuestro propio país mostraron desacoples entre los ingresos y el gasto, lo cual determinó fuertes desaceleraciones en el crecimiento que nos impidieron el mejor aprovechamiento de las oportunidades. La conflictividad, el manejo equivocado de las oportunidades, propician la corrupción y como se dice ahora, "la judicialización de la política". En todos los países hay un trabajo a destajo del sistema judicial al que se suman el narcotráfico y los delincuentes de cuello blanco. Entre todos hemos contribuido a deteriorar la convivencia. En la cuenta hay que poner además el tratamiento de la basura, el deterioro de la infraestructura, la pobreza que solamente se la mide por el ingreso, en una cuenta que parece muy mal hecha. La educación, la salud pública, donde también se ha colado la corrupción. En estos recuentos tampoco se puede dejar de mencionar la gestión de las empresas públicas, el modelo de Ancap que se defiende con todas las armas posibles o la ingenua negociación con UPM. Lo que no es posible evitar es el pésimo balance que hacemos entre las oportunidades a que accedemos y el mal resultado que obtenemos. En estos días hemos vuelto a conversar sobre nuestras estrategias de comercio exterior. Nos debería dar vergüenza los episodios de nuestra relación en el Mercosur y las conversaciones con la UE. Asimismo las eternas e inconducentes conversaciones sobre aranceles y lo que nos cuestan.
SEGUIR Joaquín Secco García Introduzca el texto aquí Como es aceptado en forma generalizada, nuestras capacidades humanas están por debajo de las que predominan en los países de mayor productividad, innovación y ventajas competitivas. También son estos países los que despliegan mayores capacidades en la gestión, en la organización en la creación de alianzas estratégicas transnacionales. Son países que diversifican sus fuentes de riqueza, innovan y crean las condiciones para que se difundan redes de negocios extensas y complejas, y que si su territorio es demasiado estrecho que se transnacionalicen de manera de alcanzar escalas apropiadas para continuar expandiendo la economía, la productividad del trabajo y el ingreso de las familias. Nosotros creamos el Mercosur y después pedimos ayuda, le pagamos al FMI, al BID y al Banco Mundial y les encargamos que diseñen y financien todo lo que se nos hace cuesta arriba. Y por si todo fuera poco le pedimos a UPM que vengan que le dejamos todo hecho. Después de tanto tiempo de intentarlo, deberíamos de habernos dado cuenta que las cosas no son tan sencillas y que deberíamos habernos dado cuenta que debemos poner bastante más empeño, creatividad y constancia. Hasta hace unos pocos años, muchos pensábamos que compitiendo nuestra posición en el mundo nos permitiría conservar ventajas competitivas, lo cual favorecería el progreso, la ganancia de escalas, el fortalecimiento de las capacidades de los trabajadores del campo, del comercio y de la industria. Que nuestros gobernantes pondrían las condiciones para la competitividad en una prioridad elevada que haría posible un progreso sostenido. No fue así. Es cierto que la contracción de los ingresos derivados de la caída de los precios se empleó para elevar el gasto público hacia actividades de reparto de bajo resultado económico así como hacia aumentos salariales hacia el partido político del Pit-Cnt. El resto de los trabajadores tiene menos salarios, menos estabilidad en sus empleos, mayor vulnerabilidad, creando condiciones de alta vulnerabilidad en las familias. Se tejen promesas para favorecer la pequeña empresa, la enseñanza, el acceso a mejores oportunidades pero estas metas se manejan desde el Estado y desde la burocracia. Los mayores beneficios repercuten sobre el gasto público y la burocracia. Asimismo, ha quedado bastante a la vista el progreso de la corrupción en estos manejos populistas a través de la administración de la energía petrolera. Todos somos un poco más pobres como resultado de los costos gigantescos que el sistema político ha filtrado al interior de la gestión pública. Para convencernos de que no existe una gestión cuidadosa de las finanzas públicas. Pero es bueno aquel proverbio que dice que el diablo pone la cola en los detalles. Los detalles son las tarjetas de crédito, los viáticos, el robo de naftas o de biromes o invitar al Pato Celeste a giras oficiales.
SEGUIR Joaquín Secco García Introduzca el texto aquí Las proporciones que se registran entre los diferentes componentes que conforman un sistema económico, determinan el reparto de los resultados y consecuentemente, la estructura de costos de producción y la competitividad del conjunto del sistema. La competitividad —o la productividad o la rentabilidad— depende de como se distribuyan los ingresos generados. Si se paga menos a quien es más productivo y más a quien menos lo es, el resultado será pobre. Si por el contrario el reparto es proporcional a la productividad, habrá incentivos mayores para elevar la productividad y mayor generación de riqueza. Asimismo, como es bien sabido, el fortalecimiento de las capacidades humanas, depende de los incentivos y cuanto mayores incentivos, también habrá mayores capacidades y mayor productividad. Asimismo, mayores capacidades incentivarán la creación de mayores y más eficientes empresas, mayores organizaciones y productividad. Mayor productividad e ingresos darán lugar a sociedades más equilibradas, mejor convivencia y mayor bienestar. En todos los renglones se podrían agregar las conclusiones opuestas con escasas excepciones. En nuestro país, desde hace un siglo, se han menospreciado los criterios de productividad y formación de capacidades y se ha preferido optar por diferentes grados de populismo y clientelismo, grados que variaban en función de los precios de los productos de exportación, la inflación o del endeudamiento. Con buenos precios de exportables, había mayores grados de libertad para el sistema político y con menores precios no había más remedio que apretarse el cinturón. Todos factores que quitan oportunidades para el crecimiento y su sostenimiento. Especialmente —y es el componente más desfavorable— desalientan la formación humana con especial severidad hacia los sectores más desfavorecidos. Exceptuando las elites de mayores ingresos y educación a lo largo de generaciones, resulta muy difícil para los jóvenes de los bolsones de marginalidad superar los obstáculos. Hay mucha alegría porque —de manera sorpresiva para los gobernantes— recibimos noticias que las políticas económicas de ultramar habían tomado decisiones que nos favorecen. Producto, inflación, déficit, acceso al financiamiento, aumento de salarios, rendición de cuentas, tarifas energéticas, … Todo con total comodidad. Pero claramente esta no es la manera de crecer que tenemos entre los compatriotas. Crecimos mucho porque los argentinos nos descubrieron la soja y el manejo conveniente para nuestros suelos, porque los finlandeses descubrieron primero los eucaliptus y después las plantas de celulosa que no contaminan, porque los chinos se han puesto intratables con la demanda de alimentos y porque los turcos ahora nos importan carne de ternero haciéndole bastante daño a nuestros frigoríficos. Mejor dicho de los brasileros. Ahora los ministros y presidentes enloquecen detrás de la tercera planta de celulosa. No son pasos que nos anuncien un camino sostenido y pacífico por la autopista del progreso. El gasto público, la corrupción, los salarios de los sindicatos más apreciados fuera de órbita y los pobres del campo y la ciudad que siguen soñando con dádivas de un partido que ofrecía otros caminos.

Publicidad