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Columna de APPCU: la gran verdad

Ha tomado estado público la situación de un promotor en un barrio privado con el Sindicato, donde aparentemente cientos de obreros habrían sido despedidos.

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Aníbal Durán
Aníbal Durán.
Foto: APPCU

No voy a entrar en los detalles del insuceso, no significan el meollo de esta prosa.

Esto que sucedió hay que tomarlo como un hecho aislado donde los días venideros, traerán luz sobre lo sucedido. El hombre se equivoca de buena o mala fe y se suceden las cosas que suceden.

Pero aquí y en lo que concierne a los promotores privados de la construcción, que han invertido y construido este país desde hace infinidad de décadas (mucho antes de que se constituyera APPCU, en 1990), ha primado siempre la verdad en todo aspecto. Y esa verdad tiene que ver con el cumplimiento celoso de las obligaciones asumidas:
verbigracia, la propiedad toma forma y se le entrega al usuario. Se terminó hace muchos lustros la época de los esqueletos edilicios, iniciados por gente que no era del metier y que, aprovechando una buena oportunidad, se lanzó a invertir. Precisamente como no son del palo, dejaron las cosas por la mitad, pasándose por las “tumbas etruscas”, el devenir futuro de los acontecimientos.

Aquí y en este rubro se respeta la verdad. Ésta puede estudiarse como circunstancia subjetiva o como hecho objetivo. Subjetivamente todos tenemos nuestra verdad o nuestras verdades vinculadas al rumbo espiritual, intelectual, político, artístico, científico que nos haya cautivado.

Pero aquí nos referimos a la verdad objetiva, a la que es igual para todos, a la que hace acto de presencia en el acontecimiento, a la que rebosa del suceso.

Esa verdad palpable, comprobable, es muchas veces adulterada por la pasión y negada por la parcialidad.

La verdad objetiva no es una contingencia que dependa de nuestro gusto o de nuestra voluntad. Lo acaecido es, al margen de la reacción que provoque en nosotros, su jerarquía de episodio le da derecho a que se reconozco su existencia.

Los novelistas de la anécdota, para exaltarla o disminuirla, modifican muchas veces la verdad de la incidencia. Nos referimos a la anécdota del principio.

Así se escuchan voces profanas que ponen el grito en el cielo, lanzando a tambor batiente mentiras obscenas e inescrupulosas.

Pero por algo, inversores foráneos y compatriotas confían a rajatabla en el promotor privado y sin ningún atisbo de duda, invierten en la plaza sabedores que se les cumplirá con lo proyectado y prometido y usufructuarán en la calidad que sea, la unidad habitacional prometida.

Las cosas no pasan por casualidad. Seguridad jurídica, construcción seria y responsabilidad por alguna irregularidad edilicia posterior, son marca registrada en este ámbito y me enorgullece escribirlo porque lo vivo cotidianamente.

Sin embargo, las palabras no pueden expresar más que un pequeño fragmento del conocimiento humano; lo que podemos decir y pensar es siempre inmensamente menor de lo que experimentamos.

Por eso manda la experiencia y la realidad que va constituyendo aquella.

Por eso la gente sigue confiando y pagando en el pozo distintas edificaciones que comienzan a ser realidad.

El promotor privado ama su oficio, no solo lo que supone el riesgo de invertir un dinero muy importante, sino también la construcción cuando es del caso y exhibir con orgullo un edificio culminado.

Una simple anécdota que se vuelve exponencial y la prensa hurga (y tiene derecho), no puede menoscabar un ápice la trayectoria impoluta de tantas décadas y de tantos promotores privados que hacen de la buena fe un modo de vida.

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